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Entre la mujer y la madre. Eje 1.B. Relación madre-niño.

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VIII JORNADAS NEL, “LO FEMENINO NO SOLO ES ASUNTO DE MUJERES”

Laura Arciniegas S.

 “Lo verdadero, en el sentido de Lacan en una mujer se mide, por su distancia subjetiva, de la posición de la madre. Porque ser una madre, ser la madre de sus hijos, es para una mujer querer hacerse existir como La. Hacerse existir como La madre, es hacerse existir como La mujer en tanto que tiene.” (Miller J. A. De mujeres y Semblantes).[i]

Esta cita, ubicada en los ejes de trabajo de nuestras próximas Jornadas tiene para el tema todo su lugar y pertinencia. Introduce en principio una cuestión central: la de la diferencia entre mujer y madre. Acaso ¿transformarse en madre es la solución a la posición femenina?, pregunta Miller. Esa sería la solución Freudiana que aparece fundamentalmente del lado del tener, o mejor de la suplencia a la falta en el tener, al no tener. En esa vía, hacerse madre es transformarse en la que tiene por excelencia.

Lacan se diferencia de esta perspectiva y plantea que hay la solución por el lado del ser: “la solución del lado del ser consiste en no colmar el agujero, sino en metabolizarlo, dialectizarlo, y en ser el agujero. Es decir fabricarse un ser con la nada”.[ii]

Ello abre otra perspectiva y nos introduce en otra orientación clínica a la que se anuda la tesis de Lacan: por un lado La mujer no existe y por otra, hay verdaderas mujeres… Pero no olvidemos que la verdad tiene estructura de ficción y por ende se anuda al semblante. Lo que insiste: lo verdadero en una mujer, se mide por su distancia subjetiva de la posición de la madre, es decir, tanto más madre menos mujer. Se trata de que el niño no colme, sino que divida el deseo de la mujer que no es el de la madre.

Es preciso entonces que se preserve el no-todo del deseo femenino, de tal forma que la madre no aplaste en ella el agujero. Cuando la maternidad se vuelve una manera de suplencia a La mujer que no existe, funciona como tapón del No-toda, dejando al niño fijado en el lugar del falo de la madre, obturando la posibilidad de que ella pueda tener acceso a su propia verdad y dejando al niño en el lugar de satisfacer la exigencia materna.

La mujer no existe, ubica en principio que ese lugar permanece esencialmente vacío. Y si no existe hay que inventarla, en esa relación con la nada. Verdadera, entonces solo se puede decir una por una, y en cada ocasión. El acto de una verdadera mujer, tiene la estructura del acto de Medea, es decir, el sacrificio de lo que tiene de más preciado y precioso para abrir el agujero en el hombre al que lo dirige y que no podrá ya colmar. En este sentido se explora una zona desconocida, más allá de los límites y las fronteras. Es la zona del sin límites femenino, sin sentido. De allí que a partir de la sexualidad femenina se haya podido ubicar el goce propiamente dicho en tanto que desborda al falo y a todo significante. Son ellas, “las mujeres quienes recuerdan a los hombres que son engañados por los semblantes, y que esos semblantes no valen nada en comparación con lo real del goce. Es en esto que las mujeres son más amigas de lo real….”

[i]Miller J.-A., “De Mujeres y Semblantes”, en Cuadernos del Pasador 1, Buenos Aires, 1994, p. 90.

[ii]Ibíd., p. 88.

¿Qué fue para ese niño su madre? Eje 1.B. Relación madre-niño.

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VIII JORNADAS NEL, “LO FEMENINO NO SOLO ES ASUNTO DE MUJERES”

Mónica Febres Cordero de Espinel

En Juventud de Gide, o la letra y el deseo, Lacan pregunta: “¿Que fue para ese niño su madre?” y dice que hay muchas maneras de amar en exceso a un hijo, entre ellas, la de la madre del homosexual (1).

Insinúa, en el trasfondo de la homosexualidad de Gide, la de ella, repetida en la escena que el niño vislumbra entre las sirvientas: “reino taciturno de poderes sombríos” (2). Los fantasmas de la madre se trasmiten al niño, y esa transmisión encierra la pista de las futuras elecciones afectivas del escritor. En la hiancia que da origen a su vida fantasmática aparece lo insondable de la sexualidad femenina: existen tantas cosas que a esa edad uno no se explica…, escribirá Gide. En ese contexto aparece el goce solitario del niño, clandestino, porque le hizo falta la palabra del padre, la “que humaniza el deseo” (3).

El padre en ocasiones reía y los paseos con él tenían cierto encanto; para la madre, en cambio, era bueno vivir bajo la ley. Cuando el padre muere Gide tiene 11 años y queda a expensas de ella, “completamente envuelto por ese amor que en adelante se concentró en mí” (4).

Lacan habla de momentos decisivos en la vida de Gide, encuentros que se transfieren de un texto a otro. Se detiene en el encuentro con la tía, mujer seductora, mujer otra que la madre del deber que era la suya. Acontecimiento de cuerpo, en el cual la feminidad se dibuja como lo real, lo indecible.

La tia, esposa de Emile Rondeaux, es la madre de Madeleine. Mujer de amores ilícitos, se va con otro hombre y amenaza a Madeleine con el abandono. Gide se ofrece a protegerla para toda la vida. En este voto, escribe: “Descubrí el místico oriente de mi vida”, así como también descubre el secreto de su destino (5). Para Miller, la posición de Gide se inscribe en relación a las mujeres y son tres las que orientan su vida: la madre, la tía y Madeleine.

En la escena de seducción por la tía, Gide deviene objeto de deseo. De ella toma el rasgo de lo prohibido (la atracción por los jóvenes vagabundos). De la madre, su forma de amar, “amor embalsamado contra el tiempo”, y formula el voto de amor hacia Madeleine (6).

Madeleine, ella también ama según un amor detenido, pues por la infidelidad de la madre se encerraría en la nostalgia por el padre y ya no desearía a un hombre. Madeleine quiso el matrimonio blanco con Gide. Sin embargo, cuando él se marcha a Londres con un joven amante, ella realiza el acto terrible de quemar la correspondencia, a la que Gide se refirió como lo más hermoso que había escrito en su vida. Intento quizá de abrir en él la falta en donde se habría alojado el deseo que no existió.

No es la homosexualidad de Gide lo que retiene a Lacan sino esa elección hacia una sola mujer, y cree que el secreto del deseo que los unió, es “la pieza faltante” (7) en su biografía. Para Miller es la relación con la madre la determinante en el acceso de Gide al Otro sexo, bajo la forma de una sola mujer (8).

Así, son dos los hechos que Lacan subraya en la posición subjetiva de la madre de Gide: su homosexualidad y la relación no normativizada con el falo, de ahí su amor por el hijo único. Gide reproducirá esta abnegación, y el goce que queda, el goce clandestino, permanecerá fuera de la ley.

(1)    Lacan, J. Juventud de Gide, o la letra y el deseo, Escritos 2, Siglo XXI, Bs. Aires 1985, p. 729

(2)    Idem. p. 730

(3)    Idem. p. 732

(4)    Gide, A. Si la semilla no muere…(Autobiografía), Losada, Bs. Aires, 1951

(5)     Idem.p. 94

(6)    Op. Cit. en 1, p.743

(7)    Op. Cit. en 1, p.737

(8)    Miller, J.A. Acerca del Gide de Lacan, Malentendido 7

Relación madre-niño (a); estrago materno. Eje 1.B.

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VIII JORNADAS NEL, “LO FEMENINO NO SOLO ES ASUNTO DE MUJERES” 

Marita Hamann (coordinadora), Laura Arciniegas, Mónica Febres Cordero, Luz Elena Gaviria

 

A modo de preámbulo: La madre en los tres registros[i]

La madre imaginaria es la matriz de los objetos imaginarios, tal como se evidencia en el conocido relato de San Agustín; aquí se sitúa la frustración.

La madre simbólica es la que encierra el enigma de un deseo que conduce al NP y se resuelve en la metáfora paterna mediante la cual se instala el sentido sexual: ella quiere el falo. Por este artificio, la madre desaparece en tanto que tal y su ausencia se constituye en matriz de un deseo (la madre es el objeto perdido cuya ausencia remite al falo). No obstante, algo permanece como enigma (si no desapareciese, no habría enigma) aspirando a un sentido “real” que la respuesta según el falo no termina de absolver. El juego del Fort Da circunscribe el objeto mediante una estructura que le otorga cierta constancia, pero: “¿Qué pasa si la madre escapa a su rol de símbolo que responde, que entra en este cálculo? Desde que sale del símbolo, cuando no responde a este aparato, a esta regularidad (a esta ficción, esta construcción conceptual), no tiene ya el estatuto simbólico y no se sabe lo que va a hacer. Es diferente cuando se sabe perfectamente que el objeto va a volver y que al Fort va a suceder el Da. Pero si no se lo sabe, ella se transforma en una potencia misteriosa que puede o no dar, que puede o no volver, de modo que sus objetos adquieren otro valor, no valen por ellos mismos sino como signos de amor”[ii].

La madre real es abordada por Lacan en La ética del psicoanálisis, a partir de la noción freudiana de Cosa. La madre ocupa el lugar de Das Ding porque ella es no-toda sujeta a la Ley del deseo y la castración, Otro absoluto que no puede ser resuelto por la cadena de las representaciones y, entonces, extranjero. En este sentido, La Cosa no es el objeto del todo perdido sino que empuja a un reencuentro y la madre tiende a ocupar ese vacío éxtimo. Pero, atención, no es que la madre sea efectivamente La Cosa, sino que ella imaginariza ese lugar situado entre lo simbólico y lo real, como en el caso de la histeria, cuyo rechazo hacia la madre proviene de la consistencia otorgada a la figura del Otro gozador que su madre ocupa. Ello, porque la madre introduce un goce que no es del todo simbolizable. Otro del goce que evidencia que el Otro del significante es inconsistente. Pero no hay Otro del Otro así como la madre no es, tampoco, algún Otro en oposición al Otro del padre.

Esta dimensión real, a la que apuntan principalmente nuestras Jornadas, deja sus marcas en el cuerpo así como en los lazos de amor. También el niño encarna para ella la dimensión real de un goce del que ha sido el fruto. Nada garantiza de antemano el amor y el lugar en el deseo que soportarán lo contingente de su existencia.

Tres ángulos a desbrozar

  1. La relación entre el niño y su madre: El niño es un objeto condensador de goce, pero “el acento puesto sobre el valor del sustituto fálico del niño… hace olvidar que el niño no divide menos en el sujeto femenino que accede a la función maternal a la madre y a la mujer. El niño no solamente colma, divide”[iii]. “La mujer no satisfecha… concentra en ellos [los niños] su necesidad de amor y despierta una prematura madurez sexual”[iv].
  1. La distancia entre la mujer y la madre, el empuje a ser madre: El niño puede ser para una mujer una suplencia respecto a ese goce que la hace no-toda, ausente de sí misma. “Se rehúsa la perversión a las mujeres porque la clínica reserva a los hombres alienar su deseo o encarnar su causa en un objeto fetiche. Eso es no ver que la perversión es de algún modo normal del lado mujer —el amor maternal puede ir hasta la fetichización del objeto infantil—…”[v].
  1. La mujer y su madre, el estrago. Dos citas de Freud, entre otras, hacen de éste un tema ineludible: “… hube de aceptar la posibilidad de que muchas mujeres queden detenidas en la primitiva vinculación con la madre, sin alcanzar jamás una genuina reorientación hacia el hombre”[vi], y “llegamos a la convicción de que no es posible comprender a la mujer si no se tiene en cuenta esta fase de la vinculación a la madre, anterior al Complejo de Edipo”[vii].

[i] Revisar al respecto el artículo de Brousse M.-H., «La mère dans la psychanalyse», Quarto, n° 47, mai, 1992, p. 25-33, que nos ha servido de orientación aquí.

[ii] Miller, J.-A., «La logique de la cure du Petit Hans selon Lacan», La Cause freudienne, Navarin, n° 69, 2008, p. 111.

[iii] Miller J.-A., «L’enfant et l’objet», La petite girafe, n° 18, Agalma, 2003, p. 6-11.

[iv] Freud, S. «La moral sexual “cultural”’ y la nerviosidad moderna», Obras Completas, T.II, Biblioteca Nueva, 1973, p.1260.

[v] Miller, J.-A., ibíd.

[vi] Freud S., «Sobre la sexualidad femenina», Obras Completas, ibíd., p. 3077.

[vii] Freud S., «Nuevas lecciones introductorias, XXXIII. “La feminidad”». ibíd., T.III, p. 3168.

“Allí donde el padre tienela ley, la madre tiene el capricho”[i]

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VIII JORNADAS NEL, “LO FEMENINO NO SOLO ES ASUNTO DE MUJERES”

Eje 1.B. Relación madre-niño.

 

Luz Elena Gaviria

En “Los usos del lapso”, dice Miller: “…sería un gran progreso de civilización, el de haber pasado del capricho a la ley”[ii].Afirmación que se basa en la historia de la humanidad: antes de que llegaran las tablas de Moisés, existían divinidades caprichosas como Zeus, Júpiter, quienes eran Dioses del capricho, igualmente sus hijos.

Desde el psicoanálisis, se vuelve a decir esto de otra manera. El Nombre del Padre, en la metáfora paterna, sustituye para el hijo el deseo de la madre, que Lacan llamaba la ley caprichosa del deseo materno. Pero no basta para operar lo suficiente sobre el capricho del deseo de la madre. Es necesario que este padre sea un hombre que haga pareja con una mujer que causa su deseo. De lo contrario, ese goce materno no logra ser limitado, lo que incide en el niño. “Surge el padre no solamente como nombre, sino el padre como nombrante”[iii] de un deseo y de un goce.

La lógica caprichosa, dice Miller en Los usos del lapso, es un “yo quiero”, es la lógica de una voluntad fuera de la ley de los universales:“Cuando estamos en el universo del capricho, maravillosamente, estamos desanudados de eso que se llama, en el lenguaje del psicoanálisis, la racionalización…. Un capricho no da sus razones, hay ausencia de la ley, un verdadero capricho no se discute, tiene esa calidad absoluta del “yo quiero” y en este punto estamos verdaderamente en otra atmósfera que la de la ley del padre, lo cual hecha a perder la aparición del reglamento. No harás esto, no harás aquello, no harás nada de lo que tienes ganas….Aquí la fórmula correspondiente es menos la del fantasma que la de la pulsión, es decir, la de la voluntad propiamente y naturalmente acéfala, donde el sujeto desaparece, en la medida en que allí es actuado. Hay un agujero y allí surge como sin razón un objeto, un enunciado que es un objeto desprendido y que merece ser llamado objeto (a), objeto vuelto causa de lo que hay que hacer. …La lógica del capricho radica en que el sujeto asume en él como propia la voluntad que lo mueve. Lo divino en el capricho, es que quiero —no la ley para todos— quiero aquello que me pulsiona, un yo quiero absoluto, aquello que me acciona como pulsión[iv].

Ahora bien, tratándose específicamente del querer ser madre de algunas mujeres, se debe introducir el detalle clínico a escuchar en cada caso. Se puede encontrar mujeres todavía orientadas desde la metáfora del amor, pero también escuchamos a mujeres que eligen accionadas por su goce pulsional. Es el querer del consumidor capitalista, solamente orientado por el valor de uso del objeto, lo quiero y lo obtengo.

Ante la caída de los semblantes clásicos que ordenaban a la familia, se encuentra Otro que habla hoy a todos todo el tiempo, es una voz que suple este vacío y que propone como relevo de esos semblantes en desuso, el deber imperativo de ser feliz.

Esto nos precipita en una vertiente a investigar en la clínica: qué sucede con aquellas mujeres que deciden tener un hijo solas, por ejemplo a través de un banco de esperma, qué suple la autoridad del padre. Tal vez, el síntoma del niño consiga producir un marco, o podría tratarse de una procreación fantasmática, “del amor de la histérica por el padre… No creo que una mujer pueda soportar sola el poder de la creación”, opina A. Vicens.[v]

Esta y muchas otras cuestiones nos convocan a participar de nuestras próximas Jornadas de la Nel.

[i]Miller J.- A., Los usos del lapso, Paidós, Buenos Aires, p. 160.

[ii]Ibíd., p. 160.

[iii]Lacan J., El Seminario, Libro XXII, R.S.I., lección del 21 de enero de 1975, inédito.

[iv]Miller J.- A., Ibíd.

[v] Vicens A., “Madres contemporáneas”, Registros Tomo Verde Madres y Padres, Buenos Aires, Colección Diálogo, Año 12, 2014, p. 63-66.

Estrago

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VIII JORNADAS NEL, “LO FEMENINO NO SOLO ES ASUNTO DE MUJERES”

Eje 1.B. Relación madre-niña

Marita Hamann

 

El estrago es efecto de un goce deslocalizado que irrumpe arrasando al sujeto, quien carece de soporte para situarse respecto de ese goce sin nombre ni medida (mientras que el síntoma intenta fabricar alguno). Su modelo clásico es el de la relación entre la madre y la hija y, por desplazamiento, la relación de una mujer con su pareja[i].

Ha sido Freud quien ha identificado este efecto devastador que se produce a menudo en la relación entre una hija con su madre a partir de cierto fracaso inevitable de la metáfora paterna[ii] para suplir un demás que subsiste a la solución fálica: es aquí donde del modo más manifiesto se demuestra la insuficiencia de la función paterna para resolver todo el goce en el sentido sexual. En esa franja abierta, Lacan ubicará luego lo que a la altura del S. XX llamará goce suplementario, verdadero Otro del goce inherente a la feminidad, situable solamente en su discurrir entre centro y ausencia.

Una relación es estragante cuando no se admite la imposibilidad de la solución fálica para domeñar un goce real. Y cuando, visto de otro modo, ninguna letra consigue indicar esa existencia. En otras palabras, el estrago se produce tanto desde la lógica fálica masculina que se revuelve en la impotencia como desde la lógica femenina, cuando todo sentido o valor es arrasado para hacerse subsistir en un nada de nada.

Al decir de Lacan, la hija “parece esperar como mujer más sustancia que de su padre –lo que no va en su ser segundo en este estrago”[iii]. Que el padre sea segundo es una observación que responde a los hallazgos freudianos. No solo porque, como es evidente, la maternidad no suple íntegramente al goce femenino —al menos, no sin consecuencias indeseables—, sino que la dirección al padre puede ser efecto, en parte, de una metonimia antes que de una metáfora: la niña no necesariamente abandona por ello su demanda inicial hacia la madre, quien permanece como su objeto privilegiado[iv]. Y la pareja no es sino un sucedáneo que arrastra las marcas de quien fuera “la primera seductora”.

El estrago materno, ¿es estructural? Lo es si se considera que la niña reclama a su madre una substancia que no puede transmitirse: cada mujer es el resultado de su propia invención. A diferencia del varón, que encuentra apoyo en el padre para alcanzar la identificación masculina, la madre no puede ofrecer a la niña un rasgo unario (simbólico) que la sostenga como mujer; en este terreno, el silencio reina. Sin duda, la madre puede transmitir ciertos semblantes que favorezcan la construcción de la mascarada, pero es insuficiente.

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Eje II. Neurosis obsesiva y defensa

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Es sabido que el interés de Freud y el surgimiento del psicoanálisis tiene mucho que

ver por el interés que despertó la neurosis histérica. Sin embargo, la neurosis obsesiva, es la que interroga a Lacan especialmente en su última enseñanza, y lo hace por las luces que señalan los obstáculos en una cura.

Durante el primer desarrollo de Freud y Lacan, la dimensión del inconsciente – se presenta como una apertura, y de ello testimonian algunos textos como La interpretación de los sueños1, Psicopatología de la vida cotidiana2, El chiste y su relación con lo inconsciente3, y otros. Así mismo, encontramos en el primer Lacan el privilegio de lo simbólico.

Luego de 1920 y el concepto de pulsión de muerte se plantean nuevas cuestiones en la dirección de la cura, y son los obstáculos de un análisis, especialmente para su conclusión. Gracias a estos obstáculos Freud elaboró sobre algunas resistencias en el trayecto de un análisis, una de ellas es el superyó.

Si bien para la histeria se trata de un inconsciente que se sostiene en la armadura del padre, en el amor al padre, éste funge como una defensa a lo real del goce femenino. Mientras que para la obsesión se trata de un redoblamiento defensivo respecto la histeria, que Freud ya ubicaba como un dialecto de la histeria.

Lacan subraya que el concepto de defensa presente en un análisis, invita al analista a perturbar, no sin prudencia – las defensas. La solución lacaniana al impasse freudiano, sabe hacer un uso de lo que conocemos desde el psicoanálisis como lo femenino y lo masculino, es decir el goce complementario y/o suplementario, pues nadie puede estar únicamente en la posición femenina. He aquí un tema para elaborar en nuestras próximas Jornadas de la NEL “Lo femenino no es sólo asunto de mujeres. El pivote irreductible de un análisis”.

Raquel Cors Ulloa

 

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1 Freud, S., La interpretación de los sueños (1900) Volumen 4., Amorrortu Editores., 1996
2 Freud, S., Psicopatología de la vida cotidiana., (1901) Volumen 6., Amorrortu Editores., 1996
3 Freud, S., El chiste y su relación con lo inconsciente (1905) Volumen 8., Amorrortu Editores., 1997

Homosexualidad y otras sexualidades

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EJE 1: EL LAZO SOCIAL CONTEMPORÁNEO Y MUTACIONES DE GOCE

Sabemos que lo femenino es un enigma tanto para el hombre como para la mujer, que interroga ese más allá del falo, goce del que no se sabe nada. ¿Qué relación entre lo femenino y otras sexualidades? Las distintas formas que la sexualidad ha ido adquiriendo en relación con el Otro social, que aparecen bajo los nombres de gay, lesbianas, queer, el tercer sexo, inter-sexo, entre otras, serán retomadas. También es de interés abordar los efectos de la evolución del abordaje social de la homosexualidad, que va desde la sanción judicial hasta la ley igualitaria, así como la diferencia y/o los puntos de encuentro entre la histeria de hoy y la homosexualidad.

El grupo de trabajo sobre este eje, conformado por Gloria González, Aliana Santana y Marcela Almanza y Clara M. Holguin presentará una serie de “notas” sobre el tema que permitirá diferentes aproximaciones.

………………………………….

Nota 1
La homosexualidad femenina se dirige a lo femenino

¿De qué habla la homosexualidad femenina?, ¿qué nos enseña? ¿No es acaso una contradicción en sí mismo hablar de la conjunción homosexualidad y femenino?
En el texto “Ideas directivas…”, Lacan habla de la homosexual femenina, como aquella que se dirige a lo femenino, a lo hétero: “No es propiamente el objeto incestuoso el que esta escoge a costa de su sexo [….] Lo cual no significa que ella renuncie por ello al suyo: al contrario, en todas las formas, incluso inconscientes, de la homosexualidad femenina, es a la feminidad adonde se dirige el interés supremo”.1 Ella no renuncia del todo a su sexo, ya que es a la feminidad a la que se dirige. Y termina Lacan preguntándose, si “¿no se podría considerar en el movimiento más accesible de Las Preciosas el Eros de la homosexualidad femenina, captar la información que transmite, como contraria a la entropía social?” En otras palabras, Lacan propone pensar que el Eros de la homosexualidad femenina, del que da cuenta el movimiento de Las Preciosas, pero también el amor cortés, logra transmitir algo de ese goce Otro, que es contrario a la homosexualidad masculina, en tanto que, la homosexual femenina pone en juego un “amor encarnecido en lo real”2.

Es el mismo Freud que tomando como punto de partida el caso de la Joven homosexual, nos hace percatar que el “desafío reemplazado” al padre, como dice Lacan, es la puesta en juego de la exigencia de este amor, que toma las formas paradigmáticas del amor cortés: “se puede divinizar a una mujer dándole lo que no se tiene, investirla de brillo fálico mediante este instrumento: el falo que falta”.3

Este amor encarnecido en lo real da cuenta de un amor a lo Otro, lo hétero, es decir, un amor no engañoso, vacío de objeto, que puede aceptar que no hay objeto que lo complete: Dar lo que no se tiene, es un amor que intenta transmitir algo de ese Otro goce.

Podemos decir que la “homosexual femenina” enseña sobre la dirección que propone el Psicoanálisis, ir contra la versión hommo-sexuada del inconsciente, para apuntar a un más allá del Edipo, un amor que se acerca al vacío de significación. Sin embargo, sabemos también, como Lacan menciona en el Seminario …o peor, que ese Eros en que se sostiene la homosexual, la excluye del discurso psicoanalítico, en tanto no arriesga a tomar el falo como significante y lo que está en juego para el psicoanálisis es, más que restituir el objeto en el lugar de la Cosa, restituir el objeto en el lugar de la causa.4

Clara M. Holguín

1 Lacan, J., “Ideas directivas para un congreso sobre sexualidad femenina”, Escritos 2, Siglo XXI Editores, Buenos Aires, 1987, pp. 713-715.
2 Ídem, p. 713.
3 Petracci, S., “Homosexual femenina: entre amor y goce”, Uniones del mismo sexo, Grama, Buenos Aires, 2010, p. 135.

4 Alvarenga, E., “Entre la posición masculina y la aspiración a la feminidad, ¿qué lugar para el amor?”, Bitácora Lacaniana N° 2, Revista de Psicoanálisis de la Nueva Escuela Lacaniana, Grama, Buenos Aires, 2013, p. 56.

 

Lacan y el goce femenino

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El goce femenino fue un enigma para los psicoanalistas:

En el Seminario 14 “La lógica del fantasma”, Lacan se queja de que el psicoanálisis no ha dicho nada sobre el goce femenino: Clase del 10 de mayo de 1967: “Hace falta agregar que durante sesenta y siete años los forjadorcillos psicoanalíticos no han hecho nada para que sepamos más sobre el goce femenino, aunque de la mujer, de la madre hablemos sin parar, es algo que vale la pena resaltarlo”.

Clase del 24 de mayo de 1967: “Hay una cosa que vale la pena que sea remarcado, observada: que el psicoanálisis parece que en una cuestión tal como la que acabo de producir, volverá incapaces a todos los sujetos instalados en su experiencia, principalmente los psicoanalistas, de afrontarla mínimamente. La prueba está hecha abundantemente; en esta cuestión de la sexualidad femenina no se ha hecho jamás un paso que sea serio, viniendo de un sujeto aparentemente definido como macho por su constitución anatómica. Pero lo más curioso es que las psicoanalistas mujeres, aproximándose a este tema, muestran todos los signos de un desfallecimiento que sugiere que están, por lo que podría tener que formular, aterradas de suerte que la cuestión del goce femenino no parece próxima a ser puesta en estudio ya qué ¡mi Dios! es el único lugar donde se podría decir algo serio. Al menos de evocarlo así, sugeriría a cada uno y especialmente a quien pueda tener algo de femenino entre los que parecen mis auditores, el hecho que se pueda expresar así en lo atinente al goce femenino; nos basta ubicarlo para inaugurar una dimensión que, aún si no hemos entrado por no poder, es esencial situarlo”.

En el Seminario 17 se queja, pág. 75: “Evidentemente, Freud a veces, nos abandona, se escabulle. Abandona la cuestión cuando se aproxima al goce femenino”.

La cuestión del capricho.

Lacan estudia la cuestión del capricho en el Seminario 6. Allí hace equivaler la voluntad presente en el capricho, a la pulsión como voluntad de goce, cuando lo real aparece como el amo. “Así lo quiero, así lo rodeno”, cita de Juvenal refiriéndose a una mujer que no cesa de exigir a su marido de repente que mate a un esclavo. Lacan comenta el film “La regla de Juego” de Renoir.1 Este pasaje fue comentado por Miller en Los usos del lapso2 y en “Teoría del capricho”3

Lacan empieza por diferenciar el goce y el deseo, así como también el goce femenino y el masculino

Lacan, J. Seminario 10 La angustia. El objeto (a) se forja a partir del objeto que se llamaba pregenital, es decir, cuando se aísla en la experiencia analítica un “goce” llamado pulsional exterior al deseo y relativo a la demanda del Otro. “El goce es algo que no es del orden de esta actividad armoniosa que llamaríamos actividad psíquica (…) Este término es en sí mismo el índice de un disfuncionamiento absoluto”4. (…) En el goce la relación es con el objeto más bien que con el partenaire.

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Dos citas de J. Lacan sobre las mujeres y sus goces

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Contrariamente a lo que se dice, del goce fálico, “la” mujer, si puedo decirlo puesto que no existe, no está privada de él. No lo tiene menos que el hombre a lo que se engancha su instrumento (organon) con poco de que está provista (reconozcamos que es delgado), ella no obtiene menos el efecto de lo que limita el otro borde de este goce, es decir, el inconsciente irreductible.
Es así mismo en eso que “las” mujeres, quienes, ellas, si existen, son las mejores analistas, a veces las peores.
Es con la condición de no aturdirse de una naturaleza antifálica, de la que no hay ella en el inconsciente, que ellas pueden oír lo que de este inconsciente no es para ser dicho, pero alcanza a lo que de eso se elabora, como procurándoles el goce propiamente fálico.
El Otro falta. Me parece extraño a mí también.
(J. Lacan, Disolución, Clase 2, inédito).

Puesto que es necesario que termine con el malentendido de las mujeres, de las que dije en mi último seminario no estar privadas del goce fálico. Se me imputa de pensar que son hombres. Les pregunto un poco.
El goce fálico no las acerca a los hombres, más bien las aleja de ellos, porque este goce es obstáculo a lo que la aparea al sexuado de la otra especie.
Prevengo esta vez el malentendido, subrayando que eso no quiere decir que ellas no puedan tener, con uno solo, elegido por ellas, la verdadera satisfacción fálica. Satisfacción que se sitúa en su vientre. Pero como respondiendo a la palabra del hombre.
Es preciso para eso que ella caiga bien. Que caiga sobre el hombre que le habla según su fantasma fundamental, el de ella. De eso saca, como efecto, amor a veces, deseo siempre.
Eso no sucede tan a menudo. Y cuando sucede, no hay relación, en tanto escrito, que sea avalada en lo real.(,,,) El goce fálico es aquél justamente que consume el analizante.
(J. Lacan, Disolución, Clase 3, inédito).