marita hamann

Estrago

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VIII JORNADAS NEL, “LO FEMENINO NO SOLO ES ASUNTO DE MUJERES”

Eje 1.B. Relación madre-niña

Marita Hamann

 

El estrago es efecto de un goce deslocalizado que irrumpe arrasando al sujeto, quien carece de soporte para situarse respecto de ese goce sin nombre ni medida (mientras que el síntoma intenta fabricar alguno). Su modelo clásico es el de la relación entre la madre y la hija y, por desplazamiento, la relación de una mujer con su pareja[i].

Ha sido Freud quien ha identificado este efecto devastador que se produce a menudo en la relación entre una hija con su madre a partir de cierto fracaso inevitable de la metáfora paterna[ii] para suplir un demás que subsiste a la solución fálica: es aquí donde del modo más manifiesto se demuestra la insuficiencia de la función paterna para resolver todo el goce en el sentido sexual. En esa franja abierta, Lacan ubicará luego lo que a la altura del S. XX llamará goce suplementario, verdadero Otro del goce inherente a la feminidad, situable solamente en su discurrir entre centro y ausencia.

Una relación es estragante cuando no se admite la imposibilidad de la solución fálica para domeñar un goce real. Y cuando, visto de otro modo, ninguna letra consigue indicar esa existencia. En otras palabras, el estrago se produce tanto desde la lógica fálica masculina que se revuelve en la impotencia como desde la lógica femenina, cuando todo sentido o valor es arrasado para hacerse subsistir en un nada de nada.

Al decir de Lacan, la hija “parece esperar como mujer más sustancia que de su padre –lo que no va en su ser segundo en este estrago”[iii]. Que el padre sea segundo es una observación que responde a los hallazgos freudianos. No solo porque, como es evidente, la maternidad no suple íntegramente al goce femenino —al menos, no sin consecuencias indeseables—, sino que la dirección al padre puede ser efecto, en parte, de una metonimia antes que de una metáfora: la niña no necesariamente abandona por ello su demanda inicial hacia la madre, quien permanece como su objeto privilegiado[iv]. Y la pareja no es sino un sucedáneo que arrastra las marcas de quien fuera “la primera seductora”.

El estrago materno, ¿es estructural? Lo es si se considera que la niña reclama a su madre una substancia que no puede transmitirse: cada mujer es el resultado de su propia invención. A diferencia del varón, que encuentra apoyo en el padre para alcanzar la identificación masculina, la madre no puede ofrecer a la niña un rasgo unario (simbólico) que la sostenga como mujer; en este terreno, el silencio reina. Sin duda, la madre puede transmitir ciertos semblantes que favorezcan la construcción de la mascarada, pero es insuficiente.

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Seminario de Escuela: …O peor

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ou pire

A modo de introducción

Hay de lo Uno, es la conclusión de este seminario. En tanto que tal, se vuelve imprescindible para abordar la clínica del Uno, fundamento de la práctica analítica que invita a reconsiderar lo que entendemos por interpretación así como por la función misma del analista, —del deseo del analista y del acto que lo plasma—.

Tenemos, en Freud, dice Elisa Alvarenga[i], diferentes versiones del Uno: “una sola libido, el falo, el trazo unario —que se inscribe en el inconsciente— y el Uno de Eros, que supuestamente unifica. Tenemos, en Lacan, el Uno del goce, singular, de cada uno, pero también el S1, significante amo, o Uno del Ideal que identifica, el menos-uno, el más-uno, el al-menos-uno, el Uno de la excepción, el Uno del sinthoma. (…) al final de análisis, en el momento en que se hace evidente la inexistencia del Otro (…) el Uno puede ser una forma de pensar lo que Lacan llamó al final de su enseñanza, de inconsciente real, S1 sin S2, o todavía, cómo el sujeto vive la pulsión después de atravesar el fantasma”.

[Se trata], dice Marcus André Vieira[ii], del Uno de un goce que se repite como una perseverancia en ser, sin ser esto o aquello. Se reitera sin instaurar ninguna repetición específica: no podría tratarse aquí, estrictamente hablando, de una repetición por cuanto se hace forzoso constatar que lo que insiste es un goce no negativizable que escapa a la función fálica (la del sentido, la del conjunto, la de la representación). “Uno que aparece cuando el Otro agotó toda significación y puso en evidencia que nada en él nombra el ser: no hay una marca, un deseo, un origen. ¿Hay cómo apoyarse en ese Uno que no es? ¿En ese Otro que no existe? Esa es la gran interrogación clínica sacada a la luz por ese seminario.”

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Miquel Bassols: Cuatro minutos plenos de rigor y sencillez sobre lo real y la Escuela

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La Escuela es el quinto concepto fundamental de la enseñanza de J. Lacan (inconsciente, pulsión, repetición, pulsión y Escuela).
La Escuela es una experiencia subjetiva fundamental para la formación del analista. Quinto concepto que toca un real muy especial: La Escuela es el tratamiento de lo real en que se funda el grupo psicoanalítico (todo grupo se funda sobre un real y está condenado a ignorarlo).
La lógica de la Escuela trata lo real del grupo en contra de la inercia de la identificación: Liberar al grupo de sus efectos obscenos y apresar lo real que rompe con la identificación en una comunidad. (La comunidad analítica es una comunidad de lo(s) que no hace(n) comunidad, al decir de M. Blanchot). La razón es que no hay categoría universal del analista al que se dirija lo real del inconsciente, el mismo que, además, no se dirige de entrada a nadie.
La transferencia  (la suposición de algún saber) es un modo de tratar lo real (la ausencia de saber escrito en lo real). Un real se construye, no se aprende por la repetición sino por la novedad a la que la repetición puede llevar.
La experiencia y la lógica de la escuela constituyen el instrumento por el cual es posible abordar un real para el s. XXI.
(Marita Hamann)

Del goce femenino al sinthome[i]

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Marita Hamann

texto marita

La noción del goce femenino como sustrato de todo goce es un nuevo paradigma del goce que JAM extrae de su lectura de la muy última enseñanza de Lacan, especialmente, de lo que se desprende del seminario XX en cuanto a la existencia de un goce no-todo atravesado por la función fálica, y del seminario XXIII, por cuanto las elaboraciones de Lacan en torno a Joyce permiten avizorar maneras de hacer con el goce que involucran una suerte de inconsciente real, allí donde la dimisión paterna es patente (lo que ocurre siempre en algún grado, en todos los casos).  Vale decir, no lo encontraremos explícitamente señalado por J. Lacan como tal.

El hilo que sigue JAM está expresado en su discurso para la presentación del próximo Congreso de la AMP, donde, entre otras cosas, dice lo siguiente:

“Lacan ha utilizado el lenguaje matemático que es lo más favorable a la ciencia. En las fórmulas de la sexuación, por ejemplo, ha tratado de captar los callejones sin salida de la sexualidad en una trama de lógica matemática. Y eso ha sido como una tentativa heroica de hacer del psicoanálisis una ciencia de lo real como lo es la lógica.

Pero eso no se puede hacer sin encarcelar el goce en la función fálica, en un símbolo. Implica una simbolización de lo real, implica referirse al binario hombre-mujer como si los seres vivientes pudieran estar repartidos tan nítidamente, cuando ya vemos en lo real del siglo XXI un desorden creciente de la sexuación.

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La actitud analítica

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Comentario en torno al capítulo XI de Sutilezas analíticas, “Mutaciones del goce”

Marita Hamann

Desde el comienzo, JAM nos dice que se propone tomar las cosas desde la experiencia y, a partir de allí, reconstruir la teoría. “No apunto a construir —­explica—sino más bien a describir, a acercarme a lo que es, a lo que hay”.[ii] Hasta podría decirse que su disposición obedece a una aspiración: “¡Es difícil hacerse el ingenuo después de tantos años de análisis y de práctica de análisis! —exclama—. Evidentemente, no lo logro,… En fin, no demasiado, aún”.[iii]

Llevado por este ánimo, nos alcanza con sencillez algunas pistas clínicas sutiles. Por ejemplo, presenta al obsesivo como aquel que reflexiona en las sesiones, mientras que la histérica está tomada por el acting, y de allí su hablar irreflexivo. El sujeto del inconsciente solo aparece cuando surge la opacidad de la palabra, una suerte de “yo no sé”; aquí, analista y analizante están del mismo lado, apuntando a que se abra la puerta del inconsciente, que es el lugar donde eso sabe. La psicoterapia, en cambio, se distingue por tratarse de un contrato entre dos “yo sé”.

Es un hecho de estructura que todo ser que habla no encuentra la referencia de sus dichos. El analista se constituye entonces como el lugarteniente del objeto perdido, de un “sí mismo” perdido, podríamos decir también, lo que da lugar al apego del analizante, y esto es lo que llamamos transferencia, prosigue JAM. El pensar no tiene autonomía, tampoco el inconsciente; se trabaja con el obstáculo. Por eso, la actitud analítica despierta el yo no sé del analizante. Ocurre entonces que, cuando el analista alcanza la actitud que suscita el no saber, puede contentarse con eso. Es que hay una satisfacción en el hecho de ejercer la práctica, al punto de que, nos cuenta, cuando él comenzó a ejercerla, alguna vez le ocurrió quedarse dormido; pero esa satisfacción se perdió cuando fue confrontado con algo que lo forzaba a pensar: “Estar en relación con lo que los fuerza a pensar, es a mi entender, la única investigación que vale”, sentencia, y por la misma razón, agrega, Lacan imputaba su esfuerzo de enseñanza a su superyó.[iv]

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A propósito de 5×2 (cinco veces 2), de F. Ozo

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Marita Haman

El malentendido entre los sexos o la relación entre exiliados 

5X2 3

El director, F. Ozon,  ha dicho en una entrevista sobre este film que quería hacer una película “sin psicoanálisis”, pero eso nole ha impedido, como veremos, obtener una narración que revelase las particularidades de la estructura inconsciente en cada sexo y los malentendidos que se tejen entre ambos.

Ozon quería que el espectador no pudiera encontrar un detalle que le permitiera decir rápidamente, “ah, ésa es la razón por la que fracasaron”. En eso tiene mucha razón: cuando suponemos comprender rápidamente algo, por lo general, nos equivocamos. Por el contrario, pretendía, dice, que la causa fuera opaca para que cada uno pudiera poner de lo suyo y que de alguna manera la historia, entonces, mostrara algo de índole universal.

Tampoco quería contar la historia de manera cronológica, para evitar la impresión de que se trataba del relato de una tragedia excepcional, la historia de una relación que no funcionó como si fuera un caso particular. Nuevamente, su justificación es que de esta manera se podría impedir la identificación del espectador, cuando lo que buscaba es que cada uno intentara explicarse desde sí mismo las razones de este fracaso. Aquí, ha logrado algo muy singular: evitando contar una historia trágica, su relato está todo él acompañado del sentimiento de la tragedia inevitable.

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Lecturas fragmentarias sobre el cuerpo

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Marita Hamann  
La sede del Otro es el cuerpo, íntimo a la vez que extranjero. Un cuerpo que se tiene, sin ser. El ser no existe como tal ya que solo un discurso lo soporta. Se requiere que algo haya para que ese Otro, falta en ser que existe, se sostenga. En primer lugar, lo que hay, es el trauma.
Como demuestra bellamente Ph. Lacadée, a propósito de la anécdota que Lacan cuenta en el Seminario. 11, el Otro para el niño, es un significante viviente que, como se ilustra aquí, surge de un encuentro que es traumático, aunque también pacificante. Significante único que impacta en el niño pequeño sin que para él eso tenga sentido ni significación; “este niño que, desde entonces, ante la ausencia de respuesta del Otro, no dirige nunca más un llamado, ingresando en una suerte de mutismo, incluso de autismo, y que encuentra por la vía del sueño en los brazos de Lacan ‘el acceso al significante vivo que yo era desde la fecha del trauma’”. Es que el Otro portador del significante “vive y goza en otra parte, fuera de él” y, cuando se aleja, inevitablemente, lo deja caer: si nadie responde al llamado, la palabra estraga, el silencio que la sucede se equipara al grito que la antecede, pulsión invocante pura.
¿Es inocente el niño? Se plantea Ph. Lacadée. Y responde: “Notemos cómo, para Lacan, el niño freudiano es culpable de dejarse llevar por un goce masoquista que ha sentido o experimentado. Hay en el niño una pendiente que lo empuja a hacerse el objeto caído del Otro. Hay en él una disposición temprana a la ruina, un masoquismo primario que lo lleva a sufrir su propia ruina y a extraer de eso una satisfacción fundamental, un goce”. Para Lacan, se trata de algo que pone a cada uno a merced de ser dejado caer por aquel que lo sostiene simbólicamente en su experiencia de nominación. Entonces, el niño no es inocente, es culpable del goce que extrae valiéndose del significante y del que obtiene cuando se deja llevar por ese masoquismo primario.