IX Enapol

Cólera y amor en la comedia de los sexos. Por Darío Calderón

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Cólera y amor

Texto para la noche de carteles del IX ENAPOL

NEL-4264

La convocatoria para la formación de los carteles del IX ENAPOL Odio, cólera e indignación pedía elegir entre uno de los tres conceptos del título. La elección fue rápida al asociar una frase que me resulta familiar: “¡Me da cólera que te quedes callado como si no te importara!” Palabras algo usuales en boca de mi esposa ante mi silencio. Casi sin notarlo -pues fue necesario esperar a la primera reunión de trabajo- ya había perfilado mi sujeto de cartel: cólera y amor en la comedia de los sexos.

Inicialmente fuimos cinco en el cartel, pero actualmente lo componemos Liliana Bosia, miembro de la APEL  Santa Cruz como más uno, Luciana Méndez, asociada de la NEL Maracaibo y yo. Nos reunimos quincenalmente a través de una llamada por Skype. Las reuniones suelen girar en torno a bibliografía que leemos en conjunto, como el argumento, extractos de los seminarios o algún artículo y comentamos cada quien a partir del rasgo elegido. La dinámica ha sido bastante libre, con presentación de algunas ideas personales y discusión abierta de los temas que nos interesan. Para darles una idea más concreta, para la última reunión de cartel antes de esta presentación, yo contaba apenas con tres párrafos y algunas ideas sueltas, así que aprovecho esta nueva convocatoria para producir algo más.

Más allá de lo dicho en el argumento del ENAPOL no encontramos mucho acerca de la cólera así que Liliana nos invitó a revisar la fuente. En el seminario 6 El deseo y su interpretación, Lacan comenta:

“[…] La cólera no es otra cosa que esto: lo real que llega en el momento en que hemos hecho una muy bella trama simbólica, en que todo va muy bien, el orden, la ley, nuestro mérito y nuestra buena voluntad. De repente nos damos cuenta de que las clavijas no entran en los agujeritos. Ese es el origen del afecto de la cólera. Todo se presenta bien para el puente de pontones en el Bósforo, pero hay una tormenta que agita el mar. Toda cólera es agitar el mar.”

Me gusta la imagen que plantea Lacan. Un puente de pontones –conocido por mí como puente flotante- consiste en un tablero apoyado sobre una serie de elementos flotantes que sirven para mantenerlo en una situación más o menos fija, pero capaz de adaptarse a las subidas y bajadas de la marea. Parece que la cosa anda, pudiendo ser incluso más estable que un puente fijo. Para mayor seguridad podemos recurrir a la ciencia con sus cálculos, los avances en la física y en la ingeniería, pero de pronto llega la naturaleza, la tormenta agita el mar y supera la adaptabilidad del puente fuera de todo pronóstico.

A estas alturas, el texto ya resuena en mí de manera especial, pero vamos por un detalle más. La referencia al Bósforo como un estrecho que separa la parte europea de Turquía de su parte asiática hace del puente algo casi romántico, con la función de unir aquello que por naturaleza está separado. Me recuerda a esa imagen de una media naranja unida rudimentariamente con un medio limón, a modo del monstruo de Frankenstein.

Entonces, leyendo la referencia de Lacan a los ojos de mi sujeto de cartel puedo tomar el estrecho del Bósforo como la no relación sexual. El puente podría ser el amor que genera la ilusión de una unión entre un hombre y una mujer. En este caso, Turquía europea y Turquía Oriental. El orden simbólico supone un escenario más o menos calmo, donde el puente se mueve ligeramente siguiendo el ritmo de la marea, pero permite la conexión de un lado con el otro. Es ese estado de la relación en que las cosas van bien, cuando uno se la pasa lindo. Lo real es la contingencia, el malentendido, la discusión, eso que sucede y uno se pregunta ¿y por qué está molesta?

Cuando el puente está en pie, aunque algo tambaleante por la corriente pero funciona, se da lo que Gerardo Arenas denomina goce del encastre. Etimológicamente encastre es el acoplamiento de dos piezas y en este caso para Arenas es la satisfacción por la creación de algo nuevo a partir de dos elementos diferentes. Entiendo que, si primero tenemos A y B separados, luego la unión AB es algo distinto y produce un goce.

Tenemos de un lado al sujeto femenino, con una idea más o menos clara de qué le falta y de dónde puede buscarlo. El sujeto femenino amante cree que del otro lado del puente se encuentra su amado, con aquello que ella necesita. Mientras tanto, del lado masculino el sujeto se encuentra amenazado por la castración, temiendo cruzar el puente y muchas veces prefiriendo gozar en silencio a partir de su fantasma.

Es momento de retornar a la frase del inicio. Cuando mi esposa dice “¡Me da cólera que te quedes callado como si no te importara!” son muchas las cosas que están sucediendo. Cuando ella habla y uno escucha, se sostiene el puente. Pero cuando deja de hablar y el silencio continúa, es decir, no obtiene la respuesta que esperaba, la clavija no entra en el agujerito.

Ahí donde no llegó la palabra de amor, el sentimiento de injustica ocupa su lugar. Se formula algo así como “yo que me parto contándole a este hombre todo lo que me sucede para que a él no le importe un comino”. Luego pasamos al deseo de venganza, pero no contra lo real de la no relación sexual sino dirigida a alguien, a aquel que debía estar del otro lado del puente y cruzarlo, pero no lo hizo. Ahí es cuando el mar se agita y las olas no sólo azotan contra las bases del puente, sino también contra ambas orillas. El rostro se enrojece, las palabras vuelan…

“Felizmente” hay un punto de elección de goce. ¿A qué me refiero? A que pasada la tormenta uno puede tratar de restablecer el puente y sostenerlo hasta la siguiente contingencia. Estando advertido que tarde o temprano sucederá. Pero también habrá quien decida pasarla mal, hacer de cada aumento de marea una tormenta y sabotear las bases del puente.

Hasta aquí he llegado. Un tema que tengo pendiente es revisar las fórmulas de la sexuación en búsqueda de las diferencias en la cólera del lado masculino y del lado femenino. El trabajo continúa.

 

Darío Calderón

 

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