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Comentario del Comentario a María Elena Lora. Por Pilar Cerna

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Comentario del Comentario a María Elena Lora *

Por Pilar Cerna**

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Por encargo de María Hortensia Cárdenas, a quien agradezco la invitación, esta Noche de Escuela quiero compartir con Uds. más que un comentario al comentario sobre la pregunta encomendada a María Elena Lora: ¿Cómo se presenta hoy la agresividad ante la fugacidad y precariedad de las identificaciones?1

Esbozaré algunas ideas sueltas y dejaré algunas interrogantes para la conversación. Ha sido muy valioso preparar este trabajo pues me ha permitido lograr un primer acercamiento para investigar las tesis sobre Agresividad en la enseñanza de Lacan, tema que se viene trabajando para el XIX Seminario del INES que se realizará la próxima semana en el marco del congreso del ENAPOL en Sao Paolo- Brasil.

 

María Elena Lora indaga con suma claridad y nitidez y parte argumentando que” para comprender la naturaleza de la agresividad en el sujeto y su relación con la formación del yo y sus objetos, Lacan plantea una encrucijada estructural llamada estadío del espejo, organización pasional a la que llamará yo. El “yo es otro” y cristaliza una tensión conflictual interna al sujeto que precipita la competencia agresiva, de donde nace la tríada del prójimo, el yo y el objeto. “2

 

En 1928 en su texto Psicología de las masas y análisis del yo, sostenía Freud “El hombre no es una criatura tierna y necesitada de amor que sólo osaría defenderse si se le atacara, sino, por el contrario, es un ser entre cuyas disposiciones también debe incluirse una buena porción de agresividad. La pulsión agresiva es una disposición pulsional inherente a la naturaleza humana e independiente.”

En el texto Freud aborda también, diversos aspectos vinculados a la violencia que se producen en la masa y sostiene que la identificación sería el núcleo de las agrupaciones sociales. La masa se articula en torno a una persona o a un ideal con quien se ve identificada. Esta identificación al ideal posibilita la regulación del goce y el soporte del lazo social.
En 1948 Lacan aborda la noción de agresividad en sus Escritos 1 bajo el título La agresividad en psicoanálisis, y postula cinco tesis, siendo la cuarta, donde propone: “La agresividad es la tendencia correlativa de un modo de identificación que llamamos narcisista y que determina la estructura formal del yo del hombre y del registro de entidades característico de su mundo.”

Lacan sostiene que es en el estadio del espejo donde se presenta esta “pasión narcisista “que está en relación con la imagen, “relación erótica en la que el individuo humano se fija en una imagen que lo enajena a sí mismo, tal es la energía y la forma en donde se origina esa organización pasional a la que llamará su yo.”3

Así pues, el Yo se cristalizará junto con esa tensión agresiva que es interna al sujeto, conflicto que determina el despertar de su deseo por el objeto del deseo del otro y que lo lleva a una permanente competencia agresiva con su semejante.

Hay agresividad entonces, y esta agresividad es constitutiva de la primera individuación del sujeto.
Lacan nos dice: El yo se constituye por identificación con su propia imagen, lo cual estructura al sujeto como rivalizando consigo mismo, esto implica a la agresividad en el registro de lo imaginario en las relaciones con su semejante.

En esta tesis la agresividad queda ubicada en la relación del yo con el semejante. Nos dice Lacan: “…es en una identificación con el otro como vive toda la gama de las reacciones de prestancia y de ostentación, de las que sus conductas revelan con evidencia la ambivalencia estructural, esclavo identificado con el déspota, actor con el espectador, seducido con el seductor”.
Con Lacan nos dice Lora, la noción de agresividad es correlativa a una identificación primaria estructurante del ser hablante, terreno de tensión y pasiones narcisistas, que se reacomodará por la función pacificante del ideal del yo, lugar desde el cual nos sentimos mirados y pretendemos resultar amables.

 

Hemos visto que toda relación con el otro conlleva cierta dosis de agresividad hay un mal que amenaza al yo, y es el semejante. La semejante amenaza porque es yo, pero como al ser semejante no resulta siendo “idéntico”, esta sería la razón por la que esa “pequeña diferencia” se torna insoportable. Podemos decir entonces que la agresividad es como una respuesta ante la intimidación o amenaza de perder y perderse. Amenaza que siempre estará vinculada al semejante.
Nos dice M E Lora, “hoy asistimos a un culto al yo, que pone en juego la fragilidad de las identificaciones en busca de una “identidad radical”, otorgando un lugar preeminente a la agresividad, hasta el punto de confundirla con la fuerza, reconocida actualmente como una virtud. Esta promoción de la identidad articulada a la ética utilitarista, ocasiona el surgimiento de un “imperativo identitario” religioso, racial o de género conducente a actos crueles cuya lógica implacable no precisa del sí mismo, ni del Otro, ni del mundo.”

 

Y agrega que ” Este imperativo identitario evidencia la utilización social de la agresividad estructural; cómo esta última es extrapolada y es extraída de modo similar a la extracción de la plusvalía. Así, el discurso del amo apela a un saber, el saber del enemigo, un saber hacer con el aniquilamiento y la muerte; en lugar de la producción, los objetos de goce pasan por la destrucción del otro, haciendo del otro una escoria. En consecuencia, vivimos en un discurso de guerra, aunque no hay guerra declarada, pues nunca como hoy se ha producido una potenciación tal de la constitución del yo; una guerra actual donde las masacres al otro se dan inclusive sin haber vislumbrado su imagen. Estamos ante un discurso cuya vertiente capitalista y científica introduce la infernal dialéctica del “o tú, o yo”.

 

La agresividad es entonces inherente a la relación con el semejante; la agresión o violencia es el síntoma social que emerge cuando la diferencia se vuelve insoportable. y esto lo constatamos en las reacciones agresivas en la comunidad en la que se inscriben sus efectos, y que requieren comprender el sentido que las sostiene.  la agresividad no puede entenderse como hechos aislados, azarosos, que aparecen casualmente.

Ante lo señalado, es fácil sostener que a mayor semejanza mayor violencia. Así, las relaciones con los semejantes donde se anulan las diferencias se constituyen en relaciones de intimidación; en contraste, en las relaciones con los semejantes donde se incluyen las diferencias se posibilitan vínculos de intimidad.

Muy por el contrario, es necesario situar la agresividad en la dialéctica de la constitución subjetiva, en la perspectiva de desentrañar la naturaleza de los actos agresivos, su fuente, en relación con el encuentro originario con el otro, que funda una dinámica particular de relaciones del sujeto con su mundo

Para terminar, Lacan en su abordaje de la agresividad enseña que cada época articula sus mecanismos para expandir y mantener la agresividad y nuestra época esta avocada en anular las diferencias.

La agresividad de la época es una constatación de ese mandato de homologar, de globalizar o de competir sea en la escuela, en la profesión, en la empresa, en el hogar. Siendo la moral, aquella que condena la agresividad. es la moral aquella que, aislando, individualizándola, la incuba. Todo ello requiere de nuestro interés y atención en nuestra práctica analítica actual.

 

Si antes Freud sostenía que la masa existía a partir de un ideal, hoy estamos ante la caída de los ideales o de algún líder que goce con un mínimo de credibilidad por lo que imposibilita hacer lazo social, constituir grupos o masas

 

Al final de su análisis Lacan nos propone una fraternidad discreta por cuyo rasero somos siempre demasiado desiguales” es la salida a la difícil convivencia con el Otro, donde a mayor semejanza, mayor agresividad.

Todas las acciones sociales que se dan para anular las diferencias lo que logran es hacerlas más insoportables bajo la modalidad de la segregación, anulación del otro, la compasión, la caridad, el aislamiento o la autoflagelación.

 

Hoy estamos frente a una carrera frenética, paranoica hacia el placer por los objetos de consumo empuja a la descarga inmediata. Somos espectadores del consumo de armas virtuales de los videojuegos, cada vez más sofisticadas, son juegos accesibles a todo el mundo, a los que acceden cada vez niños más pequeños. Son juegos que se expanden en el mercado ante la demanda. El mercado es para ellos. no es que estas pulsiones agresivas se hayan incrementado, sino que siempre han habitado en el sujeto.

 

Es preciso traer a colación que aun 70 años después, del texto de Lacan encontramos que hoy goza de la misma actualidad en el tiempo, y, por ejemplo, si pensamos en las restricciones actuales en Europa en relación a la práctica psicoanalítica lacaniana para el tratamiento del autismo, (hecho además que amenaza con expandirse) entonces podemos decir que somos conscientes que también ahora, en la actualidad, son los fundamentos del psicoanálisis los que son atacados. Entonces mi pregunta sería ¿Habremos superado los

¿Temores de Lacan?

* Psicoanalista en La Paz, Bolivia. Analista Miembro de la Escuela (AME) de la Nueva Escuela Lacaniana (NEL) y de la Asociación Mundial de Psicoanálisis (AMP).

**Psicoanalista en Lima, Perú. Analista Asociada de la NEL Nueva Escuela Lacaniana
1 el Correo del INES N°7, XIX Seminario del INES La agresividad en Psicoanálisis Jacques Lacan.  Pregunta a María Elena Lora ¿Cómo se presenta hoy la     agresividad ante la fugacidad y precariedad de las identificaciones? Nueva Escuela Lacaniana del Campo Freudiano  www.nel-amp.org | comunicados@nel-amp.org
2 Lacan, J., “La agresividad en psicoanálisis”, Escritos 1, Siglo veintiuno, Bs. As., 1986, p. 106.

3 Lacan, J., “El estadio del espejo como formados del yo (je)”, Escritos 1, Sigloveintiuno, Bs. As., 1986, p. 89.

 

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Esa insondable agresividad. Por María Hortensia Cárdenas

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Esa insondable agresividad

María Hortensia Cárdenas *

JL-5401
En su Seminario La ética Lacan cuestiona el amor al prójimo cuando recuerda a Freud en “El malestar en la cultura” que dice de la maldad como el núcleo más profundo del hombre:

“…el ser humano no es un ser manso, amable, a lo sumo capaz de defenderse si lo atacan, sino que es lícito atribuir a su dotación pulsional una buena cuota de agresividad. En consecuencia, el prójimo no es solamente un posible auxiliar y objeto sexual, sino una tentación para satisfacer en él la agresión, explotar su fuerza de trabajo sin resarcirlo, usarlo sexualmente sin su consentimiento, desposeerlo de su patrimonio, humillarlo, infligirle dolores, martirizarlo y asesinarlo”.1

Freud se topa con algo imposible de traspasar. En el fondo, lo que aparece es el mal del prójimo, hay una tendencia innata en el hombre a la maldad, a la agresión, a la destrucción y a la crueldad. ¿Quién no flaquea en nombre del placer y da rienda suelta a su goce? Es lo que la experiencia analítica nos enseña.3 La maldad fundamental es la paranoia fundamental del hombre, tanto la del otro como la mía. ¿Por qué amar al prójimo –pregunta Lacan– si lo que habita en ese prójimo es la maldad fundamental? Pero también en mí mismo. Lo que me es más próximo es el goce, el núcleo de mí mismo del que no quiero saber nada. “Pues una vez que me aproximo a él… surge esa insondable agresividad ante la que retrocedo”.4

Lacan reafirma que la psicosis paranoica y la personalidad son la misma cosa.5 Bajo las coordenadas del estadio del espejo, querer el bien del otro es anularme a mí mismo, el otro me despoja de mi ser. La intrusión del semejante, los celos y la envidia son la base de las pulsiones destructoras del prójimo. La aparición temprana del hermano es vivida como una intrusión e inaugura el vínculo social.  El otro me resulta insoportable y se fija la rivalidad imaginaria. De ahí que toda búsqueda del bien del otro social implique el esfuerzo de mantener a raya el goce con el que no se las puede arreglar. Tarea inútil porque las pasiones no se hacen esperar hoy en día, especialmente las pasiones fundamentales que Lacan subraya: “del poder, de la posesión y del prestigio en los ideales sociales”,6 que no hacen posibleamar al prójimo como a mí mismo. La fraternidad esconde la cara auténtica de la segregación. Por eso Lacan dirá que los buenos sentimientos son un desplazamiento: “Ustedes son moldeados como cuerpos por el discurso del amo. Entre el cuerpo y el discurso están… los afectos. Es muy evidente que ustedes son afectados en un análisis… Los buenos sentimientos, ¿con qué se hacen? …en el nivel del discurso del amo, se hacen con jurisprudencia”.7

Así como con la sexualidad, nunca hay una buena relación del sujeto con la agresividad, algo ahí permanece inasimilable y, por lo tanto, hay traumatismo. Se trataría en la experiencia analítica de encarnar el traumatismo, el analista; que acompañe al sujeto a acercarse a sus modos singulares de gozar y a las defensas que construyó frente a lo real. Sin embargo, estamos advertidos de la agresividad del sujeto proclive a la transferencia negativa, nudo inaugural del drama analítico. La clínica de la sospecha, de la desconfianza, que es propia de la estructura del Otro, no es solo patrimonio de la paranoia. El Otro es malo, el Otro quiere gozar de mí. Por eso Lacan pudo indicar el análisis como una paranoia dirigida. El análisis revela que el sujeto quiere el mal del prójimo que implica el goce en sí mismo, el goce es el mal. En otras palabras el goce hace surgir un principio paranoico que pone en acto la maldad que habita en el prójimo y en nosotros.

Pero así como la agresividad es la del otro y la mía, Lacan invita al analista a mantenerse más cerca de su propia maldad. “Encarnar el traumatismo supone no recular ante la propia maldad, no dejarse fascinar por “hacer el bien y ser bueno”. Hay una maldad del goce que está imbricada a ustedes, que los corroe, los atrapa, los conquista, que los arrastra y los desborda. El analista está allí para encarnarla”.8

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Psicoanalista en Lima, Perú. Analista Miembro de la Escuela (AME), de la Nueva Escuela Lacaniana (NEL) y de la Asociación Mundial de Psicoanálisis (AMP).
1 Freud, S., “El malestar en la cultura”, Obras completas Vol. XXI, Amorrortu, Buenos Aires, p. 108.
2 Ibíd., p. 116.
3 Lacan, J., El Seminario, Libro 7, La ética, Paidós, Buenos Aires, 2000,  p. 224.
4 Ibíd, p. 225.
5 Lacan, J., El Seminario, Libro 23, El sinthome, Paidós, Buenos Aires, 2006, p. 53.
6 Miller, J.-A., Piezas sueltas, Paidós, Buenos Aires, 2013, p. 160.
7 Lacan, J., El Seminario, Libro 19, …o peor, Paidós, Buenos Aires, 2012, p. 224.
8 Miller, J.-A., “Vida de Lacan”, Curso de la Orientación Lacaniana, clase del 3 de febrero 2010, inédito.