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Fernando Gómez Smith

Presentación de Bitácora Lacaniana – 3

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Por Fernando Gómez Smith

bitacora

Voy a trata un tema que podría llamarlo, para utilizar una frase popular “mata dos pájaros de un solo tiro”. Lo hace porque toma en primer lugar el eje central que ha tenido el texto de Bitácora Lacaniana número 3 y a su vez, si leemos los casos clínicos que vamos a encontrar en Bitácora Lacaniana número 4, son casos que tienen como orientación también el mismo eje.

Este eje al cual estoy haciendo referencia es lo que en psicoanálisis de orientación lacaniana llamamos “Goce femenino”. Voy a tratar de introducirlos, dar unas cuantas pinceladas, que les permita por lo menos de qué se trata.

Jacques-Alain Miller en el seminario que dictara en el 2011, que lleva por título “El ser y el Uno” va a decir que “Lacan generalizó el goce femenino hasta hacer de él el régimen del goce como tal”. ¿Cómo podemos entender esto?

La distinción entre lo masculino y lo femenino a partir de la biología no es tan exacta, el goce siempre fue organizado desde lo viril y por lo tanto el goce femenino era lo que escapaba a las leyes del goce masculino. Así lo hizo Freud y de alguna forma también Lacan. Pero posteriormente y paulatinamente a partir del Seminario 19, Seminario 20, se va haciendo más firma la idea de que en realidad el goce femenino no es algo que escapa del goce masculino sino más bien que es el goce primero del sujeto humano y posteriormente viene una forma de goce nueva que es el goce masculino, el goce masculino se establece sobre el goce femenino. Por lo tanto, el goce como tal, que es un goce no edípico, queda reducido, en cierta forma, a un acontecimiento del cuerpo.

Hay que ser claro, y hay que entender que lo que plantea Lacan es que lo femenino no son las mujeres, tampoco es el feminismo, sino que es un lugar. Este lugar se puede nombrar a partir de tres elementos fundamentales: el vacío, lo ilimitado y la ausencia de referente. El vacío no es la falta que bordea lo simbólico, es por definición ilimitado, aquello que no tiene límite, no tiene referente preciso. Mientras que el goce fálico, que tampoco es exclusivo para los hombres, por el contrario, está cercado por un límite que hace al lugar de la excepción.

Lo femenino es un campo al que las mujeres se ven especialmente convocadas desde su anatomía. Si acordamos con Freud, podemos decir que “hay consecuencias psíquicas de la diferencia sexual anatómica”: a las mujeres les habita un vacío. El problema es la dificultad que se suscita para saber manejarse en un territorio sin medida. Es más fácil moverse en un sitio acotado, medido, y simbolizado que “soltarse en los conjuntos abiertos de los cielos ilimitados”.

Por lo tanto, desde la perspectiva del goce, podemos hacer la distinción entre goce fálico: aquel que es claramente representado por el hombre y que se caracteriza por la medida, el límite y lo simbolizable; y goce femenino, ese que Lacan dice como suplementario al fálico. Goce Otro, que también llama en el Seminario 19 gozoausencia, lugar que no tiene representación ni límite alguno.

El niño cuando nace es un cuerpo vivo, y en ese cuerpo vivo entra el significante y produce goce, para que exista goce tiene que haber significante y cuerpo vivo, El Otro y el cuerpo, es decir no hay goce sin significante, no hay goce previo al significante.

Pero la vuelta que da Lacan a esta altura de su enseñanza, estamos en los años setenta, es que ese significante que entra y produce goce no es entendido como proveniente del Otro, sino desde el Uno.

Podríamos figurativamente hablando decir que es un compacto de significante y goce, que ese ser vivo siente en su resonancias que son de él, no vienen del Otro. El Otro no existe todavía. Esta es la gran diferencia con la primera enseñanza de Lacan, en ese momento lo que nos plantea es que el sujeto se encuentra con el Otro y el Otro penetra en ese sujeto pero ese sujeto ve que es el Otro quien interviene.

En esta concepción del Uno y no del Otro, este Otro está elidido, está desconocido, no existe. La experiencia de satisfacción que trae Freud en el Proyecto para neurólogos y posteriormente en la interpretación de los sueños, es una experiencia del Uno donde interviene la pulsión escópica, donde interviene también la función oral, como una experiencia de satisfacción donde Freud coloca al Otro como algo fundamental desde el primer momento.

Es verdad sin el Otro el niño no sobrevive, pero el niño no sabe que sobrevive por el Otro, incluso cuando el niño mama, para él, el pecho, no es de la madre sino que le pertenece. Esto es lo que podemos llamar el Uno, no es con el Otro, posteriormente se va entender que es del Otro.

Entonces se van a ir produciendo resonancias de goce, que Lacan llama en el Seminario 21 “una sustancia gozante”. A estos compactos de significante y goce, estos significantes que no son articulados, que son pegados uno al otro, es lo que Lacan va a llamar goce femenino. Es un goce sin ley, o que sigue las leyes del puro goce.

Desde la clínica

Sabemos, desde Freud, con Lacan, que la histérica desconoce qué es Una mujer, y que esta pregunta organiza su estructuración subjetiva. ¿Por qué? Mientras el lugar femenino es el No-todo, no todo fálico, la histérica se sitúa en un terreno Todo fálico, masculino.

¿Por qué la histérica no es femenina? Lacan lo responde en “…o peor” porque hay un “contrasentido radical”, podemos continuar, y ¿Cuál es? El sentido contrario al No-todo. Ese es el lugar al que puede acceder Una mujer cuando ya sabe hacer con el goce femenino. La histérica quiere llenar ese vacío propio de lo femenino con demandas, objetos, caprichos, busca saciarse pero el resultado es siempre el mismo: insatisfacción.

Lacan también nos habla de otro desconocimiento, nos dice: “el desconocimiento del hombre…constituye la definición de la histérica” Ella necesita ubicar al hombre en el lugar de la excepción, entonces le da un estatuto de omnipotencia y dice: “no hay otro igual, él es el mejor”, para luego barrarlo, hacerlo impotente ante la mínima falla, y así concluir: “todos los hombres son iguales”.

Lo que la histérica desconoce en los hombres es su castración, ya que le pide cosas imposibles. Un hombre no puede colmar totalmente a la mujer, porque la mujer es No-toda. Barrar al hombre no es sinónimo de admitir su castración, todo lo contrario. Barrar al hombre es denigrarlo, ridiculizarlo en tanto pesaba sobre él una exigencia de pura potencia. Admitir la castración es poder reconocer en el hombre el límite que lo constituye, ser dócil a su fantasma que difiere tantísimo de ser obediente. La docilidad al hombre es efecto del deseo, la obediencia es sucedánea del superyó.

Una mujer bella es quien puede enlazar el goce femenino con el fálico en un movimiento constante y distinto, cada situación de la vida requiere diferentes modos de hacer. A veces se puede estar más suelta, otras no tanto. Si una mujer se suelta totalmente a lo ilimitado cae en el horror desenfrenado, es mortí-fiera; si se restringe demasiado y rechaza el sin límite se torna rígida y masculina.

Un análisis nos da ese recurso, la experiencia en que cada Una puede hacer de su cuerpo una singular tela femenina: un modo de decir de la estética del goce femenino al fin de un análisis.

EL ampay[1]

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Por Fernando Gómez Smithla mirada

En la programación de un canal de televisión de señal abierta en el Perú existe un programa que durante muchos años ha sido el de mayor sintonía. Este tenía un formato en la cual la conductora mostraba lo que ella llamaba el “ampay”, es decir, videos donde salían personajes de la vida pública del país, especialmente del espectáculo, deportistas y en ocasiones políticos en situaciones comprometedoras, especialmente en escenas sexuales o consumiendo alguna sustancia toxica.

Desde su tribuna televisiva se coloca en el lugar de un ojo omnividente, que todo lo ve para sancionar, controlar, y tener una supuesta vigilancia de la moral social, ya que por otro lado, alimenta con sus comentarios, el morbo del televidente. Por otra parte y desde lo imaginario del cuerpo, la conductora del programa, en el transcurso del tiempo, se realizó una serie de intervenciones drásticas en el cuerpo con la finalidad de lograr tener al ojo del Otro una “figura” atractiva, al punto que comparativamente podríamos decir que sería muy difícil reconocerla.

Muchos personajes públicos se vieron involucrados, a partir de la difusión de los videos, en escándalos, estando en la portada de la llamada prensa amarilla y en la boca de un buen número de peruanos. Es claro que muchos de ellos si bien se colocan en el lugar de víctimas, utilizan este medio para tener una publicidad constante y asegurada.

Tenía a su vez un sistema muy efectivo, en realidad la mayoría de los peruanos trabajábamos para ella, pues si alguno le alcanzaba algún dato que a la postre terminaba siendo una noticia de impacto, porque mostraba escenas que alimentaba el morbo peruano, recibía una “jugosa” compensación económica. Más de 8 millones de ojos de peruanos prestos a colaborar con ella, no solo como cómplices informantes sino principalmente como parte de su auditorio.

Este es un ejemplo como otros donde encontramos que el campo visual que queda enmarcado en lo que podríamos llamar hoy día, “el espectáculo del mundo”, se ha constituido en una fuente de goce, la escopia corporal funciona como una provocación a un goce destinado a saciarse en la modalidad del plus de gozar. El mundo es “omnivoyeur”, decía Lacan[2] pero además deberíamos añadir que ha devenido también exhibicionista, obsceno, es decir, que se da a ver, excita la mirada, y en ese darse a ver borra las barreras de lo público y lo privado.

Vivimos una época en la cual lo imaginario ocupa un primer plano. Es el cuerpo que se introduce de entrada como imagen. Cuerpo imaginario donde las palabras de la lengua hacen entrar las representaciones, que nos constituyen un mundo ilusorio con el modelo de la unidad del cuerpo. Y es mediante su imagen como el cuerpo participa, en primer lugar, en la economía del goce.

Se ha insertado en la escena social de forma relevante lo visual. En lo “omnivoyeur” podemos reunir a la tecnociencia y al discurso capitalista donde el ojo omnividente está al servicio del control y la vigilancia.

La mirada absoluta es la mirada no enmarcada por el registro de lo simbólico, es la mirada del Otro que se hace presente por todas partes, irrumpe desde lo invisible al orden de lo visible, apareciendo en la dimensión de lo Unheimlich, lo extraño, lo siniestro, invadiendo el marco de la realidad del sujeto y produciendo su desvanecimiento.

[1] Término del argot popular que hace referencia a la acción de encontrar a alguien realizando actos prohibidos, inmorales y que por supuesto no desea ser descubierto.

[2] Lacan. J, El Seminario 11, Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis. Paidós, Buenos Aires, 1991, pág. 83.

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