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El cuerpo en la experiencia y en la clínica psicoanalítica

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El cuerpo en la experiencia y en la clínica psicoanalítica

Sumilla

Aunque pueda pensarse que el psicoanálisis se limita a ser un “tratamiento del alma” –como el propio Freud lo definió en un momento – el cuerpo estuvo presente en la experiencia psicoanalítica desde los inicios del psicoanálisis, cuando Freud interrogó y supo escuchar los síntomas conversivos de la histeria. Recordemos que el propio Freud definió la pulsión como el “representante de lo somático en lo psíquico”, poniendo de relieve el hecho fundamental de que lo que acontece con el “soma”, debe inscribirse en el psiquismo. De ahí que sus primeros esfuerzos epistémicos intentaran formalizar cómo acontece dicha inscripción.

Por lo demás, el cuerpo es la sede de nuestros afectos y afecciones: la angustia, el temor, la alegría, la pena, pero también la sexualidad y el amor –para nombrar sólo algunos- tienen asiento en el cuerpo, incluso lo atraviesan.

Una segunda cuestión a tomar en cuenta para una adecuada comprensión de la cura analítica es el hecho de que esta tiene como condición de posibilidad que la palabra pueda tocar el cuerpo, incidir sobre él, y producir efectos sobre los síntomas, entendidos como modos en los que se tramita el anudamiento del cuerpo y el psiquismo en el ser humano.

A lo largo del curso exploraremos esta temática, recorriendo algunos hitos de la episteme psicoanalítica de Freud a Lacan en lo concerniente al cuerpo y a la especifidad del tratamiento analítico.

Programa:

  1. Introducción
  2. Pulsión, cuerpo, y libido
  3. El cuerpo en Freud (1): el trauma
  4. El cuerpo en Freud (2): la problemática de la satisfacción y la perspectiva económica
  5. El cuerpo en Lacan (1): la incidencia de la imagen del propio cuerpo  en la constitución subjetiva
  6. El cuerpo en Lacan (2): el cuerpo como acontecimiento
  7. El cuerpo en Lacan (3): trauma y sinthome
  8. Clínicas del cuerpo: enganches y desenganches

Docente: Patricia Tagle

Fecha de inicio:  Martes 11 de agosto 2015

Horario: 7:30 p.m. a 9:30 p.m.

Frecuencia: Quincenal

CID LIMA

Sin diferencia sexual ni cuerpo

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B26 2Ángela Fischer

Se aprecia que en muchos de los estudios culturales dedicados al género, que la problemática sexual tiende a diluirse en discursos que otorgan prioridad a  elaboraciones de índole social o cultural, de derechos, de, igualdad. Lo que está implícito en la noción de gender, es “burlar el imposible” ese real que el psicoanálisis nos señala como lo central ,el no hay relación sexual, entonces  los esfuerzos nominalistas de los estudios de género , se dirigen a  borrar la diferencia y alcanzar la llamada identificación sexual , Lacan en el seminario 18 De un  discurso que no fuera de semblante dice “Lo importante es esto .La identidad de género no es otra cosa que lo que acabo de expresar con estos términos, el hombre y la mujer (…)en esta instancia debe percibirse que lo que define al hombre es su relación con la mujer e inversamente.(2)

Cuando Lacan se  refiere a la mal-dición del sexo en Televisión, no lo hace en  los términos de la etimología sino en términos lógicos, entendiendo mal-dición como lo imposible, y esta imposibilidad es que entre los sexos femenino y masculino no haya una proporción que permita una relación. “Lo que tienen  en común  la maldición y lo imposible es que los dos términos designan algo que escapa al alcance del sujeto”. Es en el seminario 20, Aún, donde desarrolla  esta falla fundamental de la estructura  —la no relación sexual—, a partir de las elaboraciones sobre la sexualidad femenina, sobre el goce femenino, porque no hay  cómo nombrar a la mujer sin que se la mal-diga, es decir  que solo se la puede nombrar  desde el lado masculino, del lado fálico, por lo tanto, se la mal-dice. Los discursos de genero la mal-dicen por el forzamiento a hacer entrar la diferencia sexual al todo, al universal mediante las palabras amo, como queer, trans etc. Así como modalidades de goce que se acepten como adecuadas, permitidas, como un derecho, para borrar la perturbación que cualquier goce produce, con Lacan sabemos que la relación con el  propio goce tanto para el sujeto masculino como el femenino, plantea siempre una relación insatisfactoria, perturbada, entre el ser hablante y su cuerpo.  Lo que se produce como efecto por el contrario es una mayor perturbación.

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Lecturas fragmentarias sobre el cuerpo

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Marita Hamann  
La sede del Otro es el cuerpo, íntimo a la vez que extranjero. Un cuerpo que se tiene, sin ser. El ser no existe como tal ya que solo un discurso lo soporta. Se requiere que algo haya para que ese Otro, falta en ser que existe, se sostenga. En primer lugar, lo que hay, es el trauma.
Como demuestra bellamente Ph. Lacadée, a propósito de la anécdota que Lacan cuenta en el Seminario. 11, el Otro para el niño, es un significante viviente que, como se ilustra aquí, surge de un encuentro que es traumático, aunque también pacificante. Significante único que impacta en el niño pequeño sin que para él eso tenga sentido ni significación; “este niño que, desde entonces, ante la ausencia de respuesta del Otro, no dirige nunca más un llamado, ingresando en una suerte de mutismo, incluso de autismo, y que encuentra por la vía del sueño en los brazos de Lacan ‘el acceso al significante vivo que yo era desde la fecha del trauma’”. Es que el Otro portador del significante “vive y goza en otra parte, fuera de él” y, cuando se aleja, inevitablemente, lo deja caer: si nadie responde al llamado, la palabra estraga, el silencio que la sucede se equipara al grito que la antecede, pulsión invocante pura.
¿Es inocente el niño? Se plantea Ph. Lacadée. Y responde: “Notemos cómo, para Lacan, el niño freudiano es culpable de dejarse llevar por un goce masoquista que ha sentido o experimentado. Hay en el niño una pendiente que lo empuja a hacerse el objeto caído del Otro. Hay en él una disposición temprana a la ruina, un masoquismo primario que lo lleva a sufrir su propia ruina y a extraer de eso una satisfacción fundamental, un goce”. Para Lacan, se trata de algo que pone a cada uno a merced de ser dejado caer por aquel que lo sostiene simbólicamente en su experiencia de nominación. Entonces, el niño no es inocente, es culpable del goce que extrae valiéndose del significante y del que obtiene cuando se deja llevar por ese masoquismo primario.