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Notas sobre el odio, hoy por Marita Hamann

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Odio-8357Hemos visto ya, en la presentación anterior en la sede, diversas maneras de considerar el odio, esa pasión que, junto con el amor y la ignorancia, Lacan ubica inicialmente entre las pasiones del ser, mientras que las pasiones del alma, como la beatitud, el malhumor, el tedio suelen responder a estados del humor, incluso a lo que llamamos temperamento, que no necesariamente se localizan, como las primeras, en un sujeto en particular sino en un estado de cosas. El odio, más primitivo que el amor, como dice Freud, es la pasión que rechaza la alteridad y se afinca en la identificación; por eso, las mujeres, por cuanto son portadoras de un goce no todo fálico, no en todo análogo al del varón, han sido desde siempre uno de sus objetos privilegiados. En última instancia, vimos, el odio proviene del rechazo de uno mismo, del goce indecible que nos habita.

El sitio del odio, según Freud, es el yo ideal. Lacan dirá algo similar cuando sitúe la agresividad como estructural y derivada de la pulsión de muerte. Cuando el sujeto ve desmantelarse su yo ideal, -una imagen narcisista en la que consigue sostener el amor por sí mismo según el guion fantasmático-, una angustia emerge sin que necesariamente se percate de ello. Entonces, el sujeto se desconoce (o, más bien, se le revela un desconocimiento estructural) y, mediante la agresión, intenta recuperarse rechazando eso heterogéneo a lo que se ha visto confrontado, no solo merced al otro sino, fundamentalmente, en sí mismo a través del otro, ya que desestabiliza el escabel en el que se soporta sin saberlo: Extimidad insoportable.

Puede decirse que la violencia es efecto de un dolor, pero el odio no solo responde a la amenaza de una pérdida; esa arrolladora pasión, es goce del cuerpo.

Quisiera dialogar en esta oportunidad, sin embargo, sobre las coordenadas específicas de nuestro tiempo pues, es en función de ellas que conviene repensar los conceptos con los que estábamos familiarizados cuando considerábamos los hechos desde los primeros paradigmas de la enseñanza de Lacan y cuando creíamos que era posible ordenar el mundo sostenidos en la preeminencia del Padre, del Nombre del Padre.

De manera sumamente esquemática, dados los límites de esta presentación, recordemos al pasar los planteamientos de Deleuze[1], quien, avanzando sobre lo ya planteado por Foucault, describe lo que se ha dado en llamar las sociedades de control, la nuestra, en oposición a las sociedades disciplinarias correspondientes a los siglos XVIII, XIX y parte del XX: Ahora hablamos de empresas y de emprendedores antes que de fábricas y trabajadores. El hombre ya no está encerrado en la fábrica, la escuela o la familia y sometido a las leyes que rigen en su interior hasta pasar a otro campo, sino que, cuanto más pronto mejor, se convierte en el empresario de sí mismo y hace parte del mercado como  sujeto de una deuda antes que como sujeto de alguna falta o, mejor dicho, su falta se correlaciona con su deuda (contante y sonante) y con la culpabilidad que esta engendra. Para una sociedad así definida, el marketing se ofrece como el instrumento de control social antes que las instituciones que ostentan el poder de castigar, doblegar o encerrar los cuerpos. O sea, el sujeto está sometido a la demanda pulsional tanto o más que a la de algún agente externo cuya autoridad reconozca como tal. Antes que remitirse a otro a quien reprochar o culpar, en calidad de Ideal o como factor de coacción, es a sí mismo a quien culpa y es allí que soporta la exigencia, a solas, en primer lugar. En pocas palabras, como han planteado diversos autores, las coordenadas principales son: la continuidad, frente a la ausencia de frontera o límite que distinga exterior o interior, y la ausencia de centro -así como la de primacía o jerarquía-. Señalemos, entonces, a partir de aquí, dos campos que conviene tener presente para situar la época: la virtualización de todos los procesos (económicos, comunicacionales, etc.) y su independización, cada vez más acentuada, respecto de su concreción o realización o, en suma de su soporte simbólico o real (como es, por ejemplo, el caso de la moneda, que hace mucho tiempo ya que dejó de regirse por el patrón oro para medirse en función del valor comparativo que cada una cobra en el mercado de divisas y que, incluso, últimamente, ha conseguido desprenderse de la moneda o el papel billete en concreto). También, como es evidente, las guerras han cambiado. Todavía hay ejércitos, desde luego, pero se trata principalmente de guerras por los mercados que se desarrollan en muy diversos planos, o de adversarios que no necesariamente se presentan abiertamente como tales ni que ocupan algún terreno delimitado por espacios territoriales. En todas partes, el enemigo es interno, cuasi virtual y surge en el momento menos pensado.

Como dice Lacan en su seminario sobre La ética, si Dios ha muerto, no hay a quién culpar; todo parece posible y, al mismo tiempo, todo se vuelve imposible. Se trata del imperio del Superyó tal y como Freud lo presenta en su texto sobre el Presidente Wilson: la instancia que empuja a lo imposible contra el sujeto mismo. Digámoslo así: el sujeto se encuentra comandado por una orden omnipotente que le susurra “si es posible, hazlo. ¿Por qué no?”; orden insensata que se profiere independientemente de cualquier consideración respecto de los límites del propio cuerpo y de la sujeción a la Ley que es, finalmente, Ley de la palabra y del deseo. Pero lo que no ha sido reconocido en lo simbólico retorna en lo real.

El debilitamiento de los ideales es correlativo del fortalecimiento del Superyó. Y el odio se generaliza, casi cualquiera puede ser su depositario. El miedo se convierte en uno de los principales factores de la política. Se multiplican las diferencias tanto como se acentúa el anonimato en el barullo incesante de las comunicaciones instantáneas.

Es la sociedad de las fratrías, de los hermanos, rivales celosos que compiten por no desaparecer en el mar de los nombres propios…[2] La red conducida por el goce, sin excepción y sin límite, hasta encontrar al enemigo que, repentinamente, radicaliza un sentido[3].

Es quizás por eso, si nos remitimos a una clínica estructural que no deja de ser útil pero que resulta insuficiente para orientarnos en el momento presente, que la categoría de la perversión ha desparecido, prácticamente, al lado de la neurosis y la psicosis. El perverso antiguo se dirigía al Ser Supremo en Maldad, cuyo goce suponía conocer, para someterse, él, en primer lugar, a su mandato. El sujeto contemporáneo, de manera patente, se somete a las leyes del mercado, que se pretenden univerzalizables, sin que pueda identificarse con claridad desde dónde ni por quién son proferidas; en cualquier caso, parecen imbatibles. El discurso capitalista se extiende promoviendo la homogenización y avalando, por otra parte, el anhelo de unicidad de cada individuo en particular.

Habitamos en un mundo donde, en apariencia, se goza de más libertad y en el que los prejuicios tienden a ceder, pero su modelo es el del cliente satisfecho: una realidad… virtual y eficaz. En consecuencia, todos deben trabajar y ser atendidos en pos de una satisfacción total, y unos y otros deben sentirse felices de lograrlo: es así en la familia, en la escuela, en el trabajo, de manera continua. “De la época post-68, dice E. Laurent en Racismo 2.0, zumban aún palabras sobre el fin del poder de los padres y el advenimiento de una sociedad de hermanos, acompañadas del hedonismo feliz de una nueva religión del cuerpo. Lacan arruina un poco la fiesta añadiendo una consecuencia que entonces no se advertía: ‘Cuando regresamos a la raíz del cuerpo, si revalorizamos la palabra hermano, […] sabed que lo que asciende, que aún no se ha visto hasta sus últimas consecuencias, y que, este, se enraíza en el cuerpo, en la fraternidad del cuerpo, es el racismo’”[4].

Para el odio de hoy, no hay discurso que se sostenga ni lógica que le dé borde. Es la destrucción del discurso como tal y, en consecuencia, del lazo. El goce elaborado allí aparece desnudo y el sujeto presume que tiene derecho de dejarse tomar por él, amenazado como siempre está por el malentendido y por la disparidad que surge donde se suponía merecedor de alguna reciprocidad. Cada uno es reenviado a su soledad y, cuanto mayor su desamparo, más grande el miedo, la angustia, el pánico y, también, la turba que se reúne para dar rienda suelta a sus pasiones.

Es que la palabra que introduce el acuerdo, también implica el desacuerdo ya que es por acción de la palabra que surge la alteridad. Solo en el silencio los sujetos se presumen parte equivalente de un mismo conjunto.

“Mentiroso, mentiroso”, se gritan unos a otros los protagonistas de la política local, “felón, traidor, nada de lo que dices es cierto, nos engañas”. ¿Se aspiraría a un discurso sin sesgos, equivocidades o metáforas? Pues sí. Uno igual a uno y uno más uno da dos. Y si el tres es dos más uno, solo hay equivalencias y una entidad, la del Uno. En suma, no hay, realmente, tres. Este, es un efecto, en primer lugar, de la ideología científica; solo el número y la medición es supuestamente idéntico a La Cosa en juego. Fuera de la ciencia y la estadística, todo es dudoso y opinable. La lengua única borra la enunciación y el único esperanto contemporáneo responde a la lengua particular y unívoca que regula el comportamiento de las agrupaciones más sólidas, como hemos visto recientemente en los chats de cierto grupo político: “aplaudan, enseñen su voto, etc.”. Es el conductismo a la moderna. Pero, en lo sustancial, y pese al desconcierto, solo se cree en la existencia del goce. Todos mienten, se grita, porque cada uno esconde un goce que roba a su semejante para sí mismo y esa sería su única y más profunda motivación. En otros términos, cada uno supone que el otro, su hermano y rival, pretende lo mismo. A este nivel, supuestamente, no hay diferencia alguna. Desde luego, esto es guerra, como se titula un programa de televisión muy popular, y esa guerra, por sí misma, conlleva desde ya, una satisfacción en acto.

Queda por elucidar el papel de las religiones evangelistas que avalaron el ascenso de Trump o Bolsonaro: una correlación posible entre la caída del Nombre del Padre y el intento de restablecerlo a toda costa mediante algún pastor más próximo y afín al Superyó contemporáneo. Como fuere, las segregaciones se multiplican y los fundamentalismos también.

Si el odio es una pasión lúcida por desvestir lo real del goce en juego, no por eso es menos cierto que los no engañados se engañan porque el discurso es, al fin y al cabo, el único tratamiento posible para situar el goce indecible e inalcanzable. “Sigue, en efecto, -ha dicho E. Laurent en Roma, en febrero de 2018-,  no solamente una política de los derechos, sino una política del síntoma. La orientación en el síntoma permite proponer un modo de goce suficientemente fuera del cuerpo para no identificarse en un repliegue comunitario y narcisista. Es decir que apunta a un síntoma tal que no buscaría que su cuerpo se identifique con él. Un modo de civilización se deduce, que tendría como objetivo mantener ese fuera-del-cuerpo herético, índice de la elección de goce de cada sujeto[5].”

Resulta imprescindible acoger la singularidad del goce de cada quien, contra la homogenización, porque este es la sede de un saber y una palabra menos adormecedora, más vital.

[1] Deleuze G., Conversaciones 1972-1990, Edición electrónica de http://www.philosophis.cl/

Escuela de Filosofía Universidad ARCIS., p. 143-154.

[2] Como dice J. Lacan en otro contexto (“Subversión del sujeto y dialéctica del deseo”).

[3] Tal y como conviene considerar los ataques islamitas: no se trata tanto de que la religión del Islam se radicalice sino de que la radicalización (del narcisismo) se “islamiza”.

[4] Laurent, E., “Racismo 2,0”, http://www.eol.org.ar/biblioteca/lacancotidiano/LC-cero-371.pdf

[5] Laurent, E., “El extranjero éxtimo (Parte II)”, La libertad de pluma, Revista Digital N° 5 – Año 1, Noviembre 2018, http://lalibertaddepluma.org/eric-laurent-el-extranjero-extimo-parte-ll/

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Photo sin Shop

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Por Gustavo Dessal. Miembro ELP y AMP.

Ayer era solo la imagen de un niño sirio de tres años, pero hoy sabemos su nombre. Se llamaba Aylan. En el naufragio, a su padre se le escapó de las manos, y de esas manos se escapó la vida del niño y también la del padre, a quien más le habría valido morir en vez de convertirse en el espectro de un superviviente. No cualquier muerte es el límite absoluto: Lacan sugirió que es la de un hijo. La varia boca del mar, que es infinita, tuvo al menos la piedad de devolverlo intacto, con su ropa compuesta, su mejilla apoyada sobre la arena blanda, como si durmiese. Los hombres no tuvieron esa compasión.

Desde el ángulo que esa foto fue tomada, casi no vemos el rostro de Aylan. Vemos, en primer plano, las suelas de sus zapatillas. La crónica del mundo se escribe en los libros, y también en las suelas de unas zapatillas, solo que esta vez el relato se interrumpió demasiado pronto. No sin razón Borges calificó de universal la Historia de la Infamia: porque no conocemos la fecha de su inicio, pero estamos seguros de su eternidad. Todos los días se añade una página, del mismo modo que todos los días mueren miles de niños y nos hundimos un palmo más en la ignominia.

Continuando con el repaso del espanto, leo que los medios de prensa discuten sobre la conveniencia o no de publicar la foto. Notable y docto debate, en una época donde la obscenidad de la imagen se ha convertido en un valor sagrado. La prensa del país que hace unos meses se partía el pecho por la defensa de la libertad de expresión, ayer manifestó contención y pudor en sus portadas. El argumento es compartido por muchos: no comerciar con el dolor. Por supuesto. ¿Por qué dar especial relieve a esta tragedia cuando centenares se suceden diariamente sin que una foto las registre? Tal vez exista una objeción válida a este atendible argumento. Porque de tanto en tanto necesitamos un uno. No el Uno de la unificación, el de la totalidad, o el de la globalización, sino el uno que podemos extraer de un conjunto. Desgraciadamente, una montaña de cadáveres, una sucesión interminable de horrores, acaba por reactivar la función más primaria de los sentidos: la función de no querer saber. ¿Acaso no es eso lo que Lacan enseñaba cuando solía recordar las palabras del Eclesiastés: “Tienen ojos para no ver, oídos para no escuchar”? Por eso hemos necesitado la foto del niño judío con los brazos en alto, detenido junto a su familia por las SS, y también la foto de Kim Phuc, la niña vietnamita de nueve años que corre desnuda quemada por el napalm, esa foto que abrasó la conciencia de una buena parte del pueblo americano. Hemos necesitado esas fotos -y otras tantas- porque tienen la propiedad de desencadenar un efecto de identificación, sin el cual el otro es solo un número vacío, invisible en la contabilidad de las víctimas, o el espejo negro de lo peor de nosotros mismos, que nos obliga a apartar la mirada.

Freud refundó la condición humana, y la situó en el sorprendente espacio de la infancia. Si Shakespeare inventó al ser humano, según la famosa y provocadora afirmación de Harold Bloom, Freud inventó al niño. La infancia freudiana no es un período evolutivo. Es la subjetividad misma que perdura inalterable a lo largo de la vida, suspendida por siempre del hilo del desamparo radical. Aylan es el retrato de una derrota, la fotografía de la civilización como fracaso irremediable, el que se muestra cuando lo real hace trizas el velo ilusorio del progreso. Lacan advirtió que el hombre ha perdido el sentido de la tragedia. En su lugar, es la tragedia del sentido lo que se apodera de la colectividad humana. Que actualmente el sentido haya alcanzado su nivel crítico en el fratricidio islámico, es un avatar histórico: los otros monoteísmos también aportarán su veneno, como siempre han sabido hacerlo.

Por fortuna, la hipocresía no ha llegado esta vez a la playa turca, y no veremos una nueva foto de los mandatarios europeos desfilando tomados del brazo mientras una multitud de imbéciles aplaude embargada de emoción y patriotismo a los defensores de la libertad. Esa otra foto, que bien podría ser la cubierta del catálogo de la Europa teratológica, ha servido para una cosa distinta: recordarnos que existen distintas calidades de víctimas y de muertos, que hay crímenes que ofenden a la Humanidad, y masacres que en cambio se consideran actos de legítima defensa.

Como tantos otros, Aylan no ha podido cumplir el sueño de alcanzar la Tierra Prometida. ¡Qué mueca grotesca de la Historia! Hoy el Paraíso tiene su sede central en Alemania.