El odio en el laberinto. Por Enrique Delgado

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El odio en el laberinto

Enrique Delgado

No habrá nunca una puerta. Estás adentro
Y el alcázar abarca el universo
y no tiene ni anverso ni reverso
Ni externo muro ni secreto centro.

(El laberinto, Jorge Luis Borges)

NEL-4261

El odio es polifacético. Tiene más de una cara, más de un lado. Lados que, en una suerte de topología laberíntica, pueden llevarnos hacia lugares conocidos o insospechados. Un primer lado, usualmente destacado en los textos lacanianos, es el del ser, el del odio como una de las pasiones fundamentales junto al amor y la ignorancia[1].  Desde este lado, se destaca al odio como una pasión que apunta a la destrucción del ser, al rechazo de la alteridad, del goce del Otro. Otra cara,  contigua a la primera, es la del saber. Desde allí el odio  puede ser, también, faro de lucidez. El trabajo realizado por Lacan nos permite, precisamente, orientarnos en este laberinto de pasiones y pulsiones en el cual “El verdadero amor desemboca en el odio” (Lacan, s.f. a, p.16).

Ahora bien, el lado del saber no es uno sino, cuando menos, dos. O, más precisamente, uno pero doble: el odio como condición para el saber y el odio como de-suposición de saber. Lacan nos recuerda cómo Freud retoma el dicho de Empédocles según el cual  “Dios debe ser el más ignorante de todos los seres, porque no conoce el odio” (Lacan, 2011, p.110). Asimismo, señala cómo la de-suposición de saber propicia una buena lectura. Sea esta la de Aristóteles o la que  Jean Luc Nancy y Philippe Lacou- Labarthe (1992) hacen de la obra del propio Lacan. En esta línea, señala Lacan, se ama a quien se le supone un saber y se odia a quien se lo de-supone (Lacan, 2011, p. 83).

Esta cara del odio, contigua a su vez a la del amor, nos sitúa entonces del otro lado de la ignorancia[2]. Pasión entendida por Lacan menos como déficit que como “una manera de establecer el saber, de hacer de él un saber establecido” (Lacan, 2012, p. 15). Es en este sentido que el odio, o cierto odio, puede suscitar un efecto de verdad. De allí que,  en Los objetos de la pasión, Eric Laurent nos recuerde cómo  en el Seminario XX Lacan “muestra a la transferencia negativa como un momento de lucidez” (2002, pp. 45-46). Y es también desde este lado que la interpretación misma, como señala Miller (2000, p. 21) puede implicar una de-suposición de saber “en tanto que interpretar es decir al sujeto<<tú no sabes lo que dices>>”.

Por supuesto, el elogio del odio o de la transferencia negativa podría llevarnos muy lejos y es preciso detenerse.[3] Por doquier nos topamos con los efectos mortíferos del odio en los sujetos y en el lazo social. El odio es un personaje en busca de autor. O más de uno. Una pasión desbocada en busca de un sujeto, un partenaire, un grupo, un bando, algo en lo cual colocar imaginariamente lo insoportable y, concomitantemente, intentar destruirlo. Esta es, justamente, la entrada desde el ser. O, más precisamente, la entrada desde  el rechazo del ser. Así como Lacan habla del verdadero amor, quizá este lado podría ser considerado el verdadero odio. Se odia el goce del Otro que no es otro sino el goce del Uno[4]. Este lado del odio es, paradójicamente, el reverso del primero. Mientras un lado permite o favorece el saber, el otro le hace obstáculo y cumple más bien una  función de desconocimiento.  Está al servicio del no querer saber nada de eso, del rechazo de la alteridad.

Pero en un laberinto podemos creer que estamos en un lugar y estar en realidad en otro. La entrada del saber nos  puede conducir también a la de la destrucción del ser.  Siguiendo la elaboración de  Rosa López (2019, 2012), es necesario distinguir el deseo de saber de un sujeto sobre la letra de su goce, propio de la experiencia analítica, del deseo de saber sobre el goce del partenaire. El segundo conduce a lo peor.

Partiendo del odio, este breve recorrido por el laberinto nos ha llevado también por el goce, el amor, el deseo, la ignorancia, el saber y la verdad. Podemos ahora retomar y, quizá,  releer el neologismo lacaniano del odioamoramiento (hainamoration) poniendo de relieve sus posibilidades para condensar algunas de las caras del odio. Como una puerta giratoria que lleva a más de un destino. La traducción al español más usada  coloca al odio en primer lugar,  a la manera freudiana. Pero ya que estamos en un laberinto podemos explorar la  otra posibilidad y colocar primero al amor.  Nos autorizamos a ello menos por una exquisitez en la traducción  que por el hecho de que es Lacan quien coloca en primer lugar al amor. Es el más grande amor o el verdadero amor el que termina en odio (ver Lacan, 2011, p. 176 y Lacan, s.f a, p. 16).

Pasemos entonces del odioamoramiento al En-amor-odio-miento. Tenemos expresado allí el viraje del amor en odio así como  la función de desconocimiento de este, de mentira. Pero el neologismo nos conduce también hacia otros lugares del laberinto. Permite dar cuenta sobre cómo esa invención  que llamamos amor (que suple la no relación sexual y que no es sin odio) se haya en relación con la verdad. Y, en tanto tal, miente.  Al final no es ella, ni él, ni elle. Pero no se trata de la mentira pueril y cobarde ante el deseo, sino al hecho de que la verdad falla pues “el significante no es sino un mero semblante frente a lo real” (Monribot, 2019, p.6)[5].Como comenta Lacan en el seminario 15 (s.f. b, p. 110), a veces no hay otra forma de enunciar la verdad del deseo que por la mentira. Una otra mentira. Una que considera amores y odios. Una de aquellas que, como dice la canción de Joaquín Sabina, valen la pena.

 

Referencias

Lacan, J. (1981). El seminario de Jacques Lacan: libro 1: los escritos técnicos de Fredu. Barcelona: Paidós.

(2011). El seminario de Jacques Lacan: libro 20: aún. Buenos Aires: Paidós.

(2012). Saber, ignorancia, verdad y goce. En: Hablo a las paredes (pp. 11-46).Buenos Aires: Paidós.

(s.f. a). Clase 13. En: El seminario 20. Otra vez/Encore. Versión crítica de Ricardo E. Rodríguez Ponte. Recuperado de https://www.lacanterafreudiana.com.ar/2.1.9.13%20CLASE%20-13%20%20S20.pdf

(s.f. b). Clase 9. En: El acto psicoanalítico. Seminario 15. 1967-1968. Inédito.

Laurent, E. (2002). Los objetos de la pasión. Buenos Aires: Tres Haches.

López, R. (2012). El goce del Uno no es signo de amor: una reflexión sobre el odio. Letras, 6, 61-62. Recuperado de http://letraslacanianas.com/images/stories/numero_6/clinica/11_letras_6_clinica.pdf

(2019). Amar demasiado no es signo de amor. Recuperado de http://discordia.jornadaselp.com/rubricas/odioamoramiento/amar-demasiado-no-es-signo-de-amor/

Miller, J.A. (2000). La transferencia negativa. Buenos Aires: Tres Haches.

Monribot, P. (2019). Comentarios del capítulo IV del Seminario XVII: “La verdad, hermana del goce”. NODVS, LIV. Recuperado de http://www.scb-icf.net/nodus/contingut/arxiupdf.php?idarticle=684&rev=73

Nancy, J.L. y Lacou Labarthe, P. (1992). The title of the letter. A reading of Lacan. New York: University of New York Press.

 

[1] En el seminario 1, Lacan articula las tres pasiones del ser con los tres registros del siguiente modo: “en la unión entre lo simbólico y lo imaginario, esa ruptura, esa arista que se llama el amor; en la unión entre lo imaginario y lo real, el odio; en la unión entre lo real y lo simbólico, la ignorancia” (1981, p. 394).

[2] “Hace un rato me vieron flotar, retroceder, vacilar en inclinarme en un sentido o en otro, hacia el amor o hacia lo que llaman el odio, cuando los invitaba de manera apremiante a tomar parte en una lectura cuyo filo está dirigido expresamente a desconsiderarme (….) Si digo que me odian es porque me de-suponen el saber” (Lacan, 2011, p. 83).

[3] Al respecto Laurent señala que: “Podríamos ir muy lejos en la idea de un gran elogio de la transferencia negativa pero no se debe ir demasiado lejos. Este es también un punto en el que no se debe ir hasta el delirio” (2002, p. 47).

[4] “La expresión goce del Otro es un oxímoron. El goce es siempre del Uno y al Otro le corresponde el deseo” (López, 2012, p. 61).

[5] Monribot (2019, p.6) retoma en su texto el Prefacio a la edición inglesa del Seminario 11 en el que Lacan trabaja el concepto de “verdad mentirosa”.

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