Siete versiones reversible

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Por Gonzalo Falla

Cuando mi amigo Renato me convocó a participar, le comenté que más que una invitación, la suya era una interpelación. ¡Y vaya si la situación es interpeladora! Intentaré estar a la altura, de pie hacia el ya.

 

  1. La alegría está encarnada en una serie de dispositivos que nos conectan con lo común, con la experiencia del encuentro y la vida inmanente. Algunos ritos cumplen esa función, como la Navidad que, para católicos y no católicos, suele ser un rito de renovación del vínculo, de dar y recibir, de comer, beber y contar historias y reventar cohetes. Pero la última será recordada como la Navidad en que una decisión gubernamental trastocó y dañó la fiesta a muchas familias, especialmente a aquellas que fueron afectadas directamente por el indultado. La nuda vida atravesada por la decisión soberana, sin más.

 

  1. Pero esa misma noche salieron muchas personas a protestar, tanto los de mi generación (como veinte años antes) como los más jóvenes, aquellos a los que el establishment conservador los acusa de “pulpines que no vivieron el terrorismo”. La trasmisión de la historia de violencia política, de manera estándar ha estado acompañada de empatía con los vencedores, es decir, las Fuerzas Armadas y su entonces comandante en jefe, es decir, Fujimori. De manera que poner en entredicho este relato, dudar de él o siquiera imaginar otros relatos posibles, ya es visto como traición. Pero, ¿traición a qué?

 

  1. Precisamente “traición” ha sido el significante empleado por el “pueblo antifujimorista” para ubicar la decisión de Kuczysnki. La traición es un acto de violencia contra lo común, contra aquello que es posible desde el encuentro. Pero quizá simplemente se reveló como inconsistente el anhelo de un posible acuerdo entre un patrón capitalista y un puñado de familias peruanas. El presidente nunca habría tenido una firme voluntad de cumplir el pacto (a pesar de haberlo firmado públicamente) o, en todo caso, esa voluntad siempre habría estado sujeta a los hechos del contexto.

 

Hace unos años conversaba con un hombre que entre los años 80 y 90 había sido narcotraficante en el Alto Huallaga. Había sido uno de los duros del valle de Sión, cerca de Tocache, pero diversas circunstancias cambiaron su vida. Ya entrando en confianza, le pregunté si alguna vez había matado a alguien. Se quedó en silencio unos segundos, los únicos en que me sentí en riesgo, me dijo gravemente: “en defensa de mi trabajo nomás”. ¡Vaya que hubiera sido una respuesta digna de nuestro presidente! Después de todo, Kuczynski se precia de mostrarse como una hombre negocios que no tiene escrúpulos para tomar decisiones.

 

  1. En muchas zonas de nuestra Amazonía se habla de un personaje mítico llamado el Chullachaqui. En quechua, chulla es “al revés” y chaqui es “pies”. Se llama así porque uno de sus pies está volteado. Sin embargo, se presenta a las personas adoptando la forma de un familiar, un amigo o incluso un animal, para hacer que su víctima se interne en el bosque y se pierda irremediablemente. Desde hace más de dos décadas, nuestro chullachaqui es Fujimori. Muchos (demasiados) los debates, políticas e indignaciones lo tienen como referencia a él o a su fuerza de choque, recolocando contradicciones y antagonismos que bien podrían plantearse de modo distinto.

Temas tan diversos como el currículo escolar, las contrataciones estatales, la educación superior, entre tantos otros, pasan por el eje fujimorismo – antifujimorismo, confundiendo a los participantes del juego político y haciendo que se haya retrocedido en libertades civiles y políticas.

 

  1. De la experiencia de mi generación durante y contra el fujimorismo de los noventa, una de las lecciones que quedaron fue que el régimen capitalizó lo peor de los ciudadanos: la delación, el chisme, el sabotaje, la crueldad. Nunca una invasión es exitosa si no hay colaboracionismo de los traidores y de esos hubo varios. El régimen de Vichy, es el modelo de gobernabilidad del Perú del capitalismo tardío.

 

  1. Admitamos que los indignados somos minoría, activa sí, pero minoría al fin. En los años ochenta, el psicólogo social francés Moscovici sostenía que las minorías influyen de manera indirecta o por denegación: el activismo intenso de las minorías moviliza un mayor esfuerzo intelectual en los defensores del establishment, lo cual a la larga hacía que se la posición de mayoría se revele como inconsistente. Moscovici ofrecía abundantes ejemplos de ello y tras su planteamiento se podía rastrear cierta confianza en la razón (que yo quiero sostener tercamente, por cierto). Aquí y ahora, con la arremetida oscurantista y anti-ilustrada de nuestros días, ya no parece tan evidente. Las tinieblas han llegado para quedarse. Todavía está por verse qué tan largo es este tiempo.

 

  1. Me tocó estar en una de las marchas de fines de diciembre y fue inevitable compararla con las de fines de los noventa y el 2000. Sinceramente, eché de menos una retórica más agresiva, palabras soeces, alusiones sexuales y grotescas, etc. Elementos que puedan encarnar pasión política tal como yo pude experimentarla en mi juventud. En su lugar, me pareció percibir otra sensibilidad, una que se ha forjado estas dos últimas décadas y en la que la mirada del otro compromete el ser: cuidado de no ofender a mujeres ni gays, respeto al camino trazado por la autoridad, miradas desaprobatorias a intentos de desmanes, etc. ¿A qué formas de acción política nos llevará? Quisiera, con optimismo, mantenerme en suspenso.
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