Pasamayo maldito

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Por Enrique Delgado

Empezando el año 2018, un bus cayó al abismo de Pasamayo. Días antes, mientras estábamos pendientes de la posible vacancia presidencial, un Decreto Supremo ampliaba de diez a doce el número máximo de horas diarias de conducción de los choferes. A partir del suceso, nos enteramos también que, cuando el estado concesionó la vía, no incluyó que se colocarán medidas de seguridad, como las bandas que, contrariamente a lo señalado por las autoridades, sí tienen la capacidad de detener a un vehículo pesado. Ambas medidas beneficiaban claramente a las empresas, no a los ciudadanos. La relación de medidas como estas, o peores, durante las últimas tres décadas es enorme. Salvo excepciones, no suelen ser noticia.

Entre un gobierno y otro, un escándalo, una obra, una denuncia u otra, el modelo neoliberal implementado en nuestro país desde la década de los noventas, continúa avanzando, como una combi o un bus desbocado, llevándose por delante todo aquello que le haga obstáculo: derechos conquistados, pueblos indígenas, el medio ambiente, el cumplimiento de las leyes, los compromisos con los electores o lo que fuera. No lo hace, ciertamente, de manera homogénea. Si el dinero alcanza para tener automóvil, puedes ir de forma más segura “por arriba” o acudir a una escuela o una clínica que estafe menos. Puedes avanzar por la costa verde por un tercer carril innecesario y almorzar en restaurantes frente al mar que, en plena capital, y a la vista de todos sus habitantes, vulneran la Constitución privatizando el espacio público. La mirada es enrejada por las coordenadas de la hegemonía.

Vivimos a la peruana los efectos de la profundización del discurso capitalista. Somos gobernados, hasta el momento, por un empresario “exitoso”. O quizá también eso sea una ficción y él sea solo una pieza de una maquinaria que exige siempre más. Como señaló Renzo Pita en un estado de FB, las declaraciones de PPK sobre Odebrecht mostraban la posición subjetiva del sujeto capitalista. Mostraban también, de manera clara y distinta, lo que es la plusvalía y por qué esta es “causa del deseo”. Solo le faltó sonreír, como señaló Marx, “ante el encanto de algo que brota de la nada”. En su defensa, PPK coincidió con Alan: la plata llega sola; pero para el capitalista, no para los trabajadores. No hay, pues, reconciliación posible entre el capital y el trabajo.

Pero el discurso capitalista es en realidad un falso discurso, pues atenta contra el lazo social. Y la urgencia de nuestro tiempo es que, de un lado, el capital no necesita ya de la democracia para continuar su expansión ilimitada y, de otro, que no vislumbramos, hoy por hoy, una alternativa viable en el ámbito colectivo (en el uno por uno, un psicoanálisis puede suscitar que, en el fraseo de Alemán, allí donde era el individuo neoliberal del goce autista, advenga el sujeto excéntrico del inconsciente).

De un lado, el antifujimorismo no constituye un proyecto más allá del rechazo y la denuncia. Parte del mismo es una izquierda funcional al capital, emprendedora, que plantea reformas liberales importantes (como las de género) que, sin embargo, no objetan el modelo, la economía política de goce en la que estamos inmersos. Así como en la segunda guerra mundial nazis y aliados cometieron barbaridades, o durante el CAI, campesinos e indígenas “indefensos” fueron también agentes de crueldad; el destacado rendimiento del fujimorismo en cuanto a violaciones de derechos no significa que tenga la exclusividad de la corrupción o de la barbarie. El antifujimorismo corre el riesgo de la pureza, del goce de la segregación.

De otro lado, una mayoría de peruanos considera a Fujimori como aquel que ocupa un lugar de excepción: el que pudo contra el terrorismo y la hiperinflación. Aquel al que no le temblaba la mano para cerrar el congreso, matar a “los terrucos”, meternos la yuca (en el fraseo de aquella década, que PPK ha actualizado con el indulto), o también para esterilizar ciudadanos en condición de pobreza (“se reproducen como animales”). El fujimorismo autoriza el goce del exterminio. De allí que no sorprenda que una de las preguntas que han hecho circular sus representantes, desde su retórica narcinista, sea: ¿Por qué tanto odio?

Finalmente, en el marco del declive institucional, diversos colectivos se han pronunciado sobre el indulto, sus motivaciones y sus consecuencias sobre el tejido social y la memoria. No ha sido el Colegio de Psicólogos sino un grupo particular de psicólogos, incluyéndome y a varios de los presentes. Tampoco la Sociedad Peruana de Psicoanálisis sino un grupo al interior de la misma.

¿Y la NEL? Pienso en este momento en lo ocurrido en Cataluña. Me sorprendió lo oportuno del comunicado de la ELP, once días antes del referéndum. Pienso también en los términos del primer comunicado de la AMP sobre Venezuela, asumiendo una narrativa extendida sobre el proceso de ese país. ¿Un pronunciamiento corresponde necesariamente a un momento de concluir?, ¿qué significa en el Perú de la República Empresarial incidir en la política desde el psicoanálisis lacaniano?, ¿hay alguna salida al discurso capitalista?, ¿O, como país, podemos estarnos yendo, otra vez, al abismo?

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