Seminario 19,… o peor Reseña del capítulo XI: Cuestión de Unos (charla)

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Por Luis Alberto Lópezconjunto vacío

Lacan empieza su intervención señalando que había escrito algo para ese 04 de mayo de 1972 y agrega enseguida que, antes de hablar, leerá. Para efectos de lo discutido en la presentación del capítulo IX, esta indicación resulta conveniente para enmarcar desde un inicio la diferencia entre el Uno y el Ser o, si se quiere, entre la escritura (lo que ex-siste) y la palabra.
En el Desnivel entre el Ser y la Existencia, clase del curso El Ser y El Uno del 23 de marzo de 2011, Jacques-Alain Miller nos habla de la escritura de la existencia y no de la palabra. En esa escritura el significante operaría separado de la significación. Al tratarse entonces de la escritura, es claro que se privilegiaría la lectura y no la escucha. JAM menciona que en la escucha lo que llama la atención son las significaciones y que éstas evocan la comprensión puesto que hay siempre una modalidad de goce imputado en ello. Es decir, partimos de un significado para llegar a un significante.
Miller profundiza en la diferencia entre la escritura y la palabra, insistiendo en la distinción planteada por Lacan entre la Existencia y el Ser vista al momento de presentarnos su lectura del Parménides. Ahora bien, es verdad que la Existencia no nos hace salir del lenguaje, pero para acceder a ella hay que tomarlo en un nivel diferente al del Ser. Hay algo en lo escrito que puede convertirse en autónomo del lenguaje. Miller nos dice entonces que al Ser -que depende de la palabra- lo llamamos Ser del lenguaje o, dicho de otro modo, si se puede llegar a Ser es dentro de la palabra.
Convengamos además que a este Ser, si se quiere el Sinn, se le escapa la referencia o bedeutung. El Ser, y la ontología en tanto su elaboración, pueden hablar de lo que quieran, incluso de lo que no existe. Es sin embargo desde la lógica que apreciamos su inexistencia y, a través de ella, podemos decir que la referencia es el conjunto vacío. Parafraseando a Miller, el conjunto vacío deviene en el basurero de la ontología, ya que es el canal de evacuación de todos los seres que no pasan por el filtro de la existencia.
Sugiriendo que lo anterior opere como una suerte de guía de lectura de la presente reseña, en la página 148 del capítulo XI del Seminario 19, Lacan nos dice que en el discurso “(…) es esencial la posición como tal del significante” y, en la siguiente página, agrega que “[c]omprender es siempre estar comprendido uno mismo en los efectos del discurso, discurso que ordena los efectos del saber ya precipitados por el mero formalismo del significante” (p.149).
Lacan resalta la posición del significante para luego destacar y rastrear el goce envuelto en los efectos del discurso. Así, “[e]l psicoanálisis nos enseña que todo saber ingenuo está asociado a un encubrimiento del goce que en él se realiza y plantea la cuestión de los límites de la potencia que en él se delatan, o sea que nos enseña el trazado impuesto al goce” (Ibíd.). Lacan agrega que “[e]n el estado actual de nuestros conocimientos, sólo en el hecho de hablar es posible percatarse de que lo que habla, sea lo que fuere, es lo que goza de sí como cuerpo, lo que goza de un cuerpo al que vive como lo que ya enuncié con el tu-able, es decir, como tuteable, de un cuerpo al que tutea y un cuerpo al que dice “máta-te” [tue-toi] en la misma línea” (Ibíd.).
De lo expuesto se desprende la pregunta que Lacan se formula en torno a qué es el psicoanálisis, respondiendo inmediatamente que es la localización de aquello que es opaco o que se oscurece en la comprensión debido a un significante que marcó un punto del cuerpo (Ibíd.). Lacan continúa y, en la página 150, aborda directamente cuestiones ligadas a la clínica: un psicoanálisis reproduce una producción de la neurosis (convergir en un significante que emerja de ella). Estableciendo cierta equivalencia diferida entre la posición de todo padre traumático (productor inocente) y aquella del psicoanalista (reproductor), Lacan indica que se trataría de reproducir el significante “(…) a partir de lo que fue su florecimiento”.
Lacan señala complementariamente que la operación del discurso analítico buscaría constituir un modelo de neurosis en aras de quitar la dosis de goce. Respecto a este último, afirma que toda reduplicación lo mata, que éste sobrevive únicamente si su repetición es vana (p. 150). Vemos entonces cómo opera este goce, el cual, parafraseando a Miller en El desnivel entre el Ser y la Existencia, es repetitivo y puede ser llamado un goce no de adición, sino de adicción. Acudo a Miller para insistir sobre la importancia de este punto, este goce tiene relación con el Uno, con el S1 solo, lo que significa que no entra en relación con el S2. El goce repetitivo se encuentra fuera del saber. Podemos decir que es autogoce del cuerpo por la solitud del sesgo del S1, un goce autoerótico. Miller precisa adicionalmente que lo que desempeña la función de S2 en la materia, la función del Otro, es el cuerpo mismo.
En consecuencia, retornando el capítulo XI del seminario 19, la operación que encierra el discurso del analista parte de este esfuerzo de concordancia entre un significante y la reproducción de su florecimiento. En esa línea, Lacan habla del significante marca (amo) cuando habla del Haiuno , estableciéndolo como el Uno de la repetición que falta (se podría decir en términos lógicos que correspondería con el conjunto vacío; es decir, aquel que existe y que, por ejemplo en el triángulo de Pascal, se repite para dar posibilidad a la serie). Lacan dice luego que en un discurso hay que apuntar a lo que en él cumple la función de Uno, es decir, no buscar el sentido ni el saber; por el contrario, hay que abrirlo a la dimensión de la ausencia . Nos dice entonces que él hace henología.
Prosiguiendo con el desbroce del discurso del analista, Lacan expresa el diferente manejo que, al menos al inicio, tienen del goce el analista y el analizante. Para el primero el goce cumple función de real, mientras que el analizante lo toma como un efecto de discurso no subjetivado, es decir, en tanto “(…) sujeto él está determinado por un discurso del cual proviene desde mucho tiempo atrás, y esto es lo analizable” (p. 153). Siguiendo a Lacan, se ha de precisar que el analista no es nominalista, teniendo -al contrario- que dirigir su intervención sobre el discurso del analizante para procurarle un suplemento de significante (Ibíd.).
Lacan establece aquí al sexo como real, es decir, dual (el sexo real está estructurado en dos). De manera irónica señala que ni Berkeley, gran idealista empírico, se atrevió a decir que en realidad no hubiese dos sexos. Usando a los gametos como ejemplo nos hace ver que si no hay relación entre los dos, cada uno sigue siendo uno. Cuando los gametos se unen, no se produce una fusión entre ambos, “[a]ntes de que eso se realice, hace falta una tremenda evacuación: la meiosis” (p. 155). Lacan demuestra su malestar en torno a cómo se comprende a Eros (siguiendo una vocación fusional), sentenciando que habría que exorcizarlo de la doctrina freudiana. Lacan estaría indicando con ello que la relación sexual es de a dos y que éstos no llegan a ser uno o, si se quiere, que la relación sexual fisiona y no fusiona (el Uno de la falta no accede al dos).
El último punto a desarrollar en la presente reseña se relaciona con la teoría de los conjuntos y, puntualmente, con el conjunto vacío. Para entrar de lleno a dicho propósito, conviene aclarar de antemano que en la teoría de los conjuntos no hay similitudes entre los elementos que pertenecen a un conjunto. Es decir, éstos no se ordenan en función a un predicado o a una propiedad imaginaria, sino que cuentan uno por uno. De este modo, dos conjuntos serían iguales si contienen la misma cantidad de elementos, recordando complementariamente que el conjunto vacío no cuenta con ellos . A partir de la correspondencia biunívoca, Lacan recuerda que en otra ocasión explicó que “(…) la noción del Uno surge cuando falta un compañero en las dos series comparadas. Hay uno que falta. El Uno surge como efecto de la falta” (p. 156).
Lacan retoma el conjunto vacío y afirma que, en el discurso analítico, el Uno se situaría en la base de la repetición. “Aquí se trata entonces del tipo de Uno que resulta marcado por nunca ser más que el Uno de una falta, de un conjunto vacío” (p. 160).
Finalmente, Lacan nos habla de lo que en la teoría de conjuntos representa lo equivalente y lo distinto, siendo el conjunto vacío aquel que justamente representa la diferencia radical. Para ilustrar lo afirmado, a continuación se presentan dos citas de Lacan (p.162):
“(…) conviene percatarse de que en la teoría de conjuntos todo elemento es equivalente. Y justamente así puede engendrarse la unidad. Distinto sólo quiere decir diferencia radical, ya que nada puede parecerse. No hay especie. Todo lo que se distingue del mismo modo es el mismo elemento”.
“Al tomar el elemento sólo como pura diferencia, podemos verlo también como mismidad de esa diferencia. Quiero decir que (…) un elemento en la teoría de conjuntos es equivalente a un conjunto vacío, ya que el conjunto vacío también puede intervenir como elemento. Todo lo que se define como elemento es equivalente al conjunto vacío. Al tomarla como aislable y no captada en la inclusión conjuntista, si me permiten, que la volvería subconjunto, la mismidad de la diferencia absoluta es contada en calidad de tal”.
A modo de conclusión de este último punto se puede decir que el Uno que se repite es aquel de la diferencia, es el Uno solo.

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