Desaparecer a la mujer

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Por Fernanda Gómez de La Torre

Trabajo presentado en las Jornadas de la NEL-Lima, hacia el ENAPOL, en la mesa “La clínica con las mujeres de hoy”, que tuvo lugar el 12 de setiembre de 2013

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Quemarlas se ha puesto de moda. Cortarles el rostro también. Matarlas a golpes y enterrarlas es otra opción. Feminicidio es, en realidad, la palabra de moda. ¿Qué está sucediendo en nuestra sociedad? ¿De dónde surge esta violencia hacia la mujer?
En el presente trabajo trataré de hacer una aproximación al tema de la violencia contra las mujeres, tema amplio, difícil de resolver.
Desde la psicología la propuesta es construir una teoría acerca de la constitución de las mujeres maltratadas: que sean reconocidas por lo menos como un “tipo” de mujer. Esta teoría sostiene que, muchas veces, han pasado como mujeres con personalidad “borderline” o depresivas, cuando en realidad lo que pasaba es que habían vivido situaciones de abuso y maltrato. Se sugiere que estas mujeres vean que son víctimas del abusador, que no se crean causantes ni merecedoras de la violencia, que son “sobrevivientes” (Survivor Therapy). Hasta aquí, probablemente sea una buena aproximación, sin embargo, desde la psicología ya no se dice mucho sobre el dejar de sostener la posición de víctima, hay un límite, que el psicoanálisis sí llega a pasar, al ir más allá y tratar de orientar la cura hacia la “desvictimización”, trabajando el uno a uno.
Lacan en su texto “La agresividad en psicoanálisis” nos dice que la agresividad proviene de la “pasión narcisista”: “…todo lo que el yo desatiende, escotomiza, desconoce en las sensaciones que lo hacen reaccionar ante la realidad, como todo lo que ignora, agota y anuda en las significaciones que recibe del lenguaje” y añade: “La noción de una agresividad como tensión correlativa de la estructura narcisista en el devenir del sujeto permite comprender en una función muy simplemente formulada toda clase de accidentes y de atipias de este devenir”. Entonces, podríamos decir que la agresividad está ligada a estructuras narcisistas, que no soportan la alteridad del semejante, la ajenidad el prójimo. Sobre este no soportar y rechazar al otro, Irene Greiser en “Guerra entre los sexos: feminicidio” (Virtualia #25) nos dice: “…en la actualidad hay una epidemia, “la quema de mujeres”. Un tratamiento de lo femenino que implica su rechazo. Hay otras modalidades de rechazar lo femenino, la misoginia, la ética del soltero, pero ¿qué goce puede llevar a un hombre a querer quemar a una mujer y ver cómo ese cuerpo se consume? Las Fórmulas de la sexuación sostienen una virilidad que cuenta con un padre que hace de modelo de la función y objeta el para-todo, pues hay uno que dice que no. Esa objeción permite alojar a lo femenino. El hombre violento, golpeador, el hombre que no puede hablar con ella ni alojarla es una modalidad del macho que al no contar con una excepción que amenace su potencia fálica se ve arrastrado a un goce en el cual esa potencia fálica aparece ilimitada”.


Cuando hablamos de violencia hay algo de ese “ilimitado”; una vez emprendida no hay algo que ponga coto a la agresión. Efectivamente, cuando se escucha el testimonio de mujeres que han sido violentadas, ellas trasmiten el haber sentido que eso nunca iba a acabar y que no había manera de salir de esa situación; más allá de la posición subjetiva de cada mujer, los brazos de la violencia parecen alcanzarlas siempre.
Lacan en el Seminario 5, dice: “La violencia es ciertamente lo esencial en la agresión, al menos en el plano humano. No es la palabra, incluso es exactamente lo contrario. Lo que puede producirse en una relación interhumana es o la violencia o la palabra. Si la violencia se distingue en su esencia de la palabra, se puede plantear la cuestión de saber en qué medida la violencia propiamente dicha, para distinguirla del uso que hacemos del término agresividad, puede ser reprimida, pues hemos planteado como principio que sólo se podría reprimir lo que demuestra haber accedido a la estructura de la palabra, es decir a una articulación significante”. No se trata de reprimirla, entonces, en la medida en que incumbe a lo no simbolizado. Eso explicaría también por qué tantas mujeres víctimas de violencia, callan.
Sobre esta imposibilidad de dialectizar, José R. Ubieto, nos dice en su texto “Posiciones subjetivas en los fenómenos de maltrato” (Virtualia #18) lo siguiente:
“La posibilidad de pensar en una relación basada en el amor implica que los lugares del amante y del amado deben poder dialectizarse, que aquel que es amado debe poder también convertirse en amante y viceversa, proceso que difícilmente se da en las relaciones maltratador -maltratado donde los roles son inamovibles y donde la primera condición del amor – que al otro le falte algo – no se cumple. Si el amor, por definición, alude a la posición de debilidad de cada sujeto (tonto, ciego, flojo) es justamente esto lo insoportable para el maltratador y de lo que este huye mediante la violencia”. Este texto es muy interesante y los animo a leerlo completo ya que el autor nos habla sobre cómo no se trata de una cuestión masoquista de las mujeres maltratadas sino de un “amor patológico”.
Caso Irma:
La primera vez que atendí a Irma, esta rompió en un llanto inconsolable. Al calmarse dijo querer saber cómo hacer para olvidar lo que le pasó ya que su hija acaba de pasar por lo mismo y quiere ayudarla. Relata que a raíz de que su hija le cuenta haber sido víctima de tocamientos por parte de un primo, ella recuerda algo olvidado por más de 35 años: tenía 4 o 5 años, despierta por el dolor que le causó que un tío la tocara y sentía “feo” por la parte de atrás, relata. Se pone a llorar y le dice que quiere irse a su casa. Ante tanta insistencia, el tío la regresa. En esa misma sesión cuenta que a los 13 años un primo la “fastidiaba”, la agarraba, la tocaba, hasta que un día “hizo lo que quiso” con ella. Esta vez sí hubo respuesta por parte de la madre quién la lleva a examinar al médico legista. Ella siente esta situación de examinación como una repetición del abuso. Sale corriendo, quiere tirarse de un cerro.
Irma viene a Lima (es de Cajamarca) y empieza una relación con un hombre algo mayor, ella tenía 17 y él 25; cuenta que los primeros 4 años fueron maravillosos hasta que empezó el abuso psicológico.
Relata lo culpable que se siente por el abuso de su hija por parte de este primo, a quien ella recibió en casa a pesar de las advertencias de que algo similar había sucedido con otros familiares.
Con respecto al esposo, siente que no puede perdonarlo pero que tampoco puede dejarlo porque se siente “en deuda”.
Llega un momento en que deja la habitación que comparte con la pareja y duerme en el cuarto de su hija. No quiere tener relaciones con él, le llega a contar lo del abuso, le pide que no la toque dormida y menos cuando está de espaldas a él (esto le hace recordar el primer abuso). El esposo le pregunta si algún día podrá perdonarlo, pero también pierde la paciencia por momentos y le reclama por no querer tener relaciones con él. Hacia el final del tratamiento, el esposo deja la casa.
Irma llega a trabajar el rencor hacia su madre, siente que no la protegió ante el primer abuso; ve que así como ella misma, la madre no quiso darse cuenta de lo que realmente sucedió esa noche con el tío. A pesar de que había sangre en su ropa interior, la madre sólo le pregunta si se ha golpeado y la manda a dormir, no investiga más. Este gesto es para Irma una muestra de que la madre no quiso hacerse cargo de lo que pasaba y por consiguiente, falló en cuidarla.
En un punto del tratamiento ve cómo el asunto de la hija tiene algo que ver con la repetición y llega a preguntarse si de alguna manera ella quiso que su hija pasara por la misma situación que ella. Fue una pregunta importante que no terminó de trabajarse.
Podemos ver en este caso la puesta en marcha de la dinámica: el primer tiempo cronológico del trauma (la violación) es el segundo tiempo lógico. El primer tiempo lógico tuvo lugar ante el abuso de la hija: solo en este momento puede considerarse como repetición propiamente dicha, cuando se escribe el hilo que vincula el hecho de que Irma alojó al sobrino en la casa a pesar de haber sido advertida sobre otras situaciones de tocamientos. La subjetivación ocurrida acontece, sin embargo, acompañada de un gran sentimiento de culpa; para Irma, todo lo ocurrido resulta insoportable pese a que la hija le dice que lo sucedido con su primo no representa para ella un abuso. Pero la situación es diferente para Irma, quien llega a cuestionar radicalmente el vínculo que hasta entonces sostenía con su pareja y, aparentemente, decide, a partir de aquí, rectificar el descuido de su propia madre desde el modelo de la madre ideal: ella no descuidará a su hija, como su madre lo hizo. El estrago materno, es entonces, lo que habría quedado por trabajar, lo que ella denuncia en acto y lo que retorna como culpa. En última instancia, el personaje abusador remite a la madre fantasmáticamente. Irma sostiene así, paradójicamente, una posición de víctima a lo largo de su vida y toma decisiones que la van a dejar siempre en ese lugar, posición que es también de goce.
Ella vive en la creencia de que lo que le sucede es cosa de un destino enigmático: “a veces me pregunto por qué me pasó esto a mí”, dice. Y es que el sujeto no admite la contingencia; en ese lugar, en cambio, alberga alguna significación intolerable de su ser como deshecho. Durante el tratamiento se empiezan a trabajar cuestiones relacionadas con “todo esto que le sucedió y sucede” y comienza a ver que, si bien no pudo evitar el abuso (pues era muy pequeña) hay muchas otras cosas de su vida de las que tiene que hacerse responsable para realizar un cambio. Comienza el proceso de “desvictimización”.
Caso Paula
Paula tiene mucho rencor a su padre por maltratar a su madre, a ella y a sus hermanos, se siente culpable porque golpea a sus hijos, se siente culpable porque tuvo varias parejas sexuales antes de su esposo, dice que odia ser mujer.
Relata cómo golpea a sus hijos porque “la sacan de quicio”, luego se golpea a ella misma, por la culpa. Se tira cachetadas, golpes de puño, golpea sacos de arroz hasta pelarse los nudillos. Aquí podemos ver claramente cómo la violencia, en un principio dirigida al otro, es algo que regresa hacia la persona que la ejerce, como un boomerang. Es la paradoja de cuando la respuesta de aniquilación del otro implica, a su vez, la desaparición del sujeto mismo que imparte la violencia.
Dice que no le gusta arreglarse ni maquillarse, llega a la conclusión de que es porque no quiere atraer a los hombres. Esto sumado a lo que dijo anteriormente de odiar ser mujer, tiene relación con el desprecio y el des-alojamiento de lo femenino en el mundo de hoy y tal vez con una identificación con el padre, que es violento con la madre y con las hijas, una suerte de repetición y de disparo de violencia que salpica todo.
Cuenta también su deseo de trabajar y salir de la situación tan precaria que atraviesa, pero el esposo no quiere, eso le da mucha rabia, pero le hace caso. Ser objeto del goce del Otro le da mucha rabia, claro, y como no puede cambiar de posición, la única salida es la violencia.
Llega a decir que no merece vivir, que es una mala madre y que le ha vuelto a pegar a sus hijos. Habla del hombre del que se enamoró antes de su esposo, le era infiel, se reprocha seguir pensando en él y desearlo. Nuevamente se dice mala madre y esposa. Cuenta que su madre le dice que sus hijos son de lo peor, como ella de chica, malcriados. No llega a asociar sus palabras con las de su madre.
También vemos en este caso cómo las representaciones insoportables de su infancia, si bien no están olvidadas, se repiten en la violencia hacia sus hijos e inmediatamente hacia ella misma. Paula es una víctima a tiempo completo: sufre los maltratos del padre y la madre, es muy pobre y el esposo no la deja trabajar, maltrata a los hijos pero inmediatamente se castiga para seguir siendo una víctima, víctima de ella misma. Se queja todo el tiempo pero no encuentra forma de salir. Nuevamente aparece el no hacerse cargo y el no saber qué hacer con la contingencia real, que aparece y reaparece, de una manera insoportable para ella. Paula es prisionera del odio, la suprema afirmación del ser, como señala Lacan en uno de sus tempranos seminarios.

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