“La surmoitié, el rostro feroz de lo femenino”, Un comentario de El Atolondradicho

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Por Yovana Perez

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“El Atolondradicho” es conocido como el último gran escrito de Lacan; texto oscuro y arduo, no sorprende que sea uno de los menos comentados. Es como si su escritura imitara el equívoco contenido en el propio título: en efecto, “L´ Etourdit” se traduce como “el dicho atolondrado” y también como “las vueltas de lo dicho”; dicho que, lo mencionará luego Lacan, será  siempre un medio–dicho, una verdad a medias que gira en torno a lo imposible del decir. La lectura parece evocar esta circularidad del dicho y a la vez, esta confrontación con un decir que no se atrapa.

Concluido en el año 1972, se enmarca en el –denominado así por Miller- sexto paradigma del goce cuya marca central es el “no hay”: no hay relación entre el significante y el goce, entre el saber y el goce. No hay relación sexual. Sólo hay de lo Uno. Y justamente lo primero que nos muestra Lacan, con la frase que trabaja al inicio: “Que se diga queda olvidado tras lo que se dice en lo que se oye”, es la imposibilidad de escribir la relación entre el dicho y el decir.

De acuerdo a Colette Soler[1], lo que nos plantea esta frase, de manera muy sucinta, es lo siguiente: “lo que se dice en lo que se oye” designa al inconsciente estructurado como un lenguaje, -lo que se dice apela al significado, lo que se oye al significante-. Se trata entonces del dicho inconsciente que está sujeto a los valores veritativos de la lógica proposicional; es decir, se enmarca en el registro de lo verdadero y lo necesario. El decir, en cambio, aparece en la frase formulado con el subjuntivo “que se diga”, y esto lo coloca bajo el régimen de otra la lógica diferente a la proposicional, la lógica modal, que ya no se dirime en términos de verdadero y falso sino que  se coloca bajo el dominio del acto, la contingencia. Tiene que existir un decir para que haya dicho, pero por el decir ya no responde la verdad sino la existencia. El decir es la condición de la estructura del lenguaje pero, como tal, ex –siste a ella, no se atrapa en el dicho.

El decir, aclara Lacan, está del lado de aquello que en el discurso de las matemáticas aparece como lo incompleto, lo indemostrable, lo indecidible, lo que nos pone contra el muro de lo imposible, de ese real que implica siempre un “no es eso”.

Entonces, decir y dicho  no hacen pareja como, sabemos, tampoco lo hacen el hombre y la mujer. El nudo del texto es la logificación que hace Lacan de las posiciones sexuadas, desarrollo en el que no me voy a detener salvo para resaltar cómo el lado masculino y el lado femenino se relacionan con el dicho y el decir respectivamente, y luego centraré mi comentario alrededor de un elemento que Lacan situó más allá de estas dos mitades: la surmoitie, el superyó, en este texto vinculado directamente a una cara del goce femenino, y también, al dicho y al decir.

Al dicho inconsciente Lacan lo denomina el “homodicho” para destacar su ubicación en el lado hombre; se trata de la dimensión sintomática del sujeto, de lo interpretable, del dominio del falo. Es en ese sentido que el inconsciente es “hommesexuel”[2]. Por otro lado, lo propiamente heteros se coloca del lado mujer, de aquello que se designa como segundo sexo. Será heterosexual, dice Lacan, todo el que ama a lo femenino más allá de su posición sexuada.

Lo heteros, sabemos, se sostiene en el no-todo que “no puede saciarse de universo” (pág. 491); esto es, desde el no-todo de la mujer no se configura una clase o un conjunto cerrado en tanto no existe el Uno (ese Uno de la excepción) que le diga que no a la ley del falo. “No se puede hablar de LA mujer y sí de LA mujer… la mujer se coloca bajo el falo mediante ese uno de la inexistencia.”[3] Esto implica que en última instancia la mujer, lo heteros, se escabulle. “El heteros se escabulle mediante un decir” precisa Lacan. O sea, el decir está del lado femenino.

Al cuantor del no-todo Lacan le adjudica en el texto la calidad de un confín, y esto –nos dice- para que “haga a la potencia lógica del notodo habitarse en el receso del goce que la feminidad sustrae”. (pág. 490). El estar no toda bajo el imperio fálico tiene como correlato un goce en más, un goce que no recesa, que es continuo, que no está regulado por los bordes que instala el intervalo significante. Una de las acepciones del vocablo “confín”, según el diccionario, es: “el último término a que alcanza la vista”, lo que podría evocar la paradoja de Aquiles y la tortuga: si se avanza un tanto hacia ese goce Otro, el límite demarcado por el confín avanzará también un paso más allá, y será necesario dar otro y así sucesivamente, hasta que ese goce se alcance… en el infinito.

Y es acá que, luego de revelar a la mujer como no toda, su condición de heteros, su cercanía a lo real del decir y la naturaleza suplementaria de su goce, que Lacan enuncia la posición femenina vinculada a un superyó. Es acá cuando nos habla la surmoitie (superyomitad), neologismo que apunta a un resto que, como ya se mencionó, crece en un más allá de las dos mitades sexuadas distribuidas por el falo.

Y la voz de la sumoitie aparece en la lectura puesta en la boca de la esfinge griega, en uno de los párrafos más hermosos e incomprensibles de todo el texto, párrafo prolijamente comentado por Eric Laurent en su libro “Posiciones femeninas del ser”, de cuyo análisis me he servido para llegar a un esclarecimiento más propio.

La esfinge se dirige nuevamente a Edipo, que es nombrado con el término “thombrecito”[4] para plantearle un nuevo acertijo. Como sabemos, el enigma que en el mito clásico debió responder Edipo fue: “¿Qué criatura camina a cuatro patas por la mañana, sobre dos a mediodía y con tres por la noche…?”. En L´ Etourdit el nuevo enigma a descifrar no está en relación al ser del hombre sino al goce de la mujer, a ese goce al que Lacan, antes de hacer hablar a la esfinge, sitúa en una clara relación de exterioridad no sólo en relación al falo, sino a todos los pies simbólicos con los que camina el sujeto.

Lacan nos presenta estos pies simbólicos haciendo una alusión implícita al enigma clásico: las cuatro patas matinales de Edipo las equipara al cuadrípodo del discurso -la verdad, el semblante, el goce, y el plus de goce-; es decir, el discurso en tanto aparato que permite el tratamiento del goce por la vía de lo simbólico, que permite  la transformación del primero en metáfora significante. Los dos pies del mediodía son, dice, “El bípodo cuyo intervalo muestra el ausentido de la relación…”; se trata del bípodo compuesto por el hombre y la mujer que ingresan a la relación sexual como elementos  significantes -quo ad matrem y quo ad castrationem, decía Lacan en el seminario 20-, des-encarnados de lo real del sexo, lo que hace que la proporción verdaderamente sexual no se pueda escribir. Y finalmente, en la noche edípica aparecen los tres pies: “el trípode que se restituye con la entrada del falo sublime que guía al hombre hacia su verdadero lecho…” Es el falo el elemento tercero que ante la imposibilidad de escribir la relación entre los otros dos facilita, al menos, que hombre y mujer puedan acostarse.

El no-toda llega, no se reconoce en estos elementos de lo simbólico, y con el rostro de la esfinge lanza este nuevo enigma a Edipo:

 “Me has satisfecho thombrecito. Te diste cuenta, era lo que hacía falta. Anda, atolondradichos no sobran, para que te vuelva uno después del mediodicho. Gracias a la mano que te responderá con que Antígona la llames, la misma que puede desgarrarte porque esfinjo mi no–toda, sabrás incluso, alrededor del atardecer, equipararte a Tiresias y como él, por haber hecho de Otro, adivinar lo que te dije.” 

El párrafo se inicia no con una incógnita a descifrar sino con la afirmación de un goce: “me has satisfecho thombrecito…”. Entonces, ya no se trata de la pregunta por el ser sino de dar respuesta a la exigencia de satisfacción que plantea la esfinge. Y ella está satisfecha –afirma- porque Edipo se ha percatado de algo. Lo que él ha constatado, en pocas palabras, no es sino la existencia del goce femenino, de un goce que rebasa la medida fálica. Veamos cómo se va precisando esto en las líneas que siguen.

Anda, atolondradichos no sobran, para que te vuelva uno después del mediodicho….”

Con “atolondradichos” Lacan se refiere a la movilización de las cadenas del lenguaje, a las vueltas del significante en torno al vacío recortado por la ausencia de relación sexual. Al hombrecito, de ese agujero le retornará sólo un “mediodicho”, una verdad que se dice a medias, que es a lo único que puede aspirar la verdad inconsciente.

El término francés “midit” (traducido como “mediodicho”) es un neologismo que condensa “mediodía” y “medio dicho”. El mediodía de Edipo, según el enigma clásico, es el momento en que la criatura humana camina en dos patas, y en las equivalencias que hace Lacan con los pies simbólicos del sujeto, estas dos patas están representadas por el bípodo hombre-mujer. Entonces, el hombrecito ha comprendido que en lo concerniente a la verdad de la relación sexual, a la verdad de la relación con ese heteros que encarna lo femenino, sólo hay vueltas y vueltas de lo dicho, vueltas que intentan circunscribir un goce Otro, sin lograrlo nunca.

Luego de haberle concedido a Edipo el crédito de haber captado la naturaleza del goce femenino, la esfinge formula inmediatamente el llamado del superyo:

“Gracias a la mano que te responderá con que Antígona la llames, la misma que puede desgarrarte porque esfinjo mi no–toda…”

El pequeño hombre llama y una mano viene a tomarlo, una mano de mujer, la mano de Antígona, que es quien acompaña y sostiene a Edipo en el ocaso de su vida. Pero esa mano que responde y  sostiene también puede desgarrar “porque esfinjo mi no-toda”. Es en esta breve frase donde se localiza la operación salvaje de la surmoitie: “yo enmascaro, finjo el cuantificador del no-toda con la máscara de la esfinge, la máscara del misterio y del enigma, y por ello te puedo quebrar.”

¿Qué significa lo anterior?

Laurent comenta que la surmoitie, la voz del superyo es un llamado, un canto de sirenas que ordena al sujeto acercarse al Otro goce, al goce más allá del falo. Tal y como lo dice el mismo Lacan en este pasaje, es un llamado a hacer de Otro, a convertirse en Tiresias, quien sí tuvo acceso a ese suplemento.

“…sabrás incluso, alrededor del atardecer, equipararte a Tiresias y como él, por haber hecho de Otro, adivinar lo que te dije”.

Al atardecer, cuando Edipo anda sobre tres pies, lo que implica el trípode al que Lacan incorpora el falo, podrá Edipo hacer de Tiresias, es decir, podrá Edipo ir más allá del emblema fálico y encarnar eso Otro, tener acceso al igual que Tiresias al goce infinito de la mujer.

Es desde esta perspectiva que se entiende el superyó lacaniano como un empuje al goce o como un empuje al crimen. Se trata de un llamado, un llamado femenino a alcanzar un goce incesante, siempre en más, una invitación a convertirse  en “mujer”, a igualarse a ese goce no simbolizado.

Ya Lacan desde 1958, en “Ideas directivas…” nos decía que de lo que se trata no es de que el hombre sea Otro para la mujer sino que él pueda ser “el relevo para que la mujer se convierta en ese Otro para sí misma como lo es para él”. Y nos dice luego algo similar en el Atolondradicho, que el hombre sirve mejor a la mujer de la cual quiere gozar, al resucitar ese goce que no la hace toda suya.

¿Qué implica esto? Brevemente: el no todo femenino trae consigo la exigencia de amor, esto es, que la mujer quiera ser reconocida como la única por la otra parte. Y es en la palabra de amor que ese goce que sobrepasa al falo encuentra una especie de inscripción en el campo del Otro. Porque la palabra de amor instala la estructura del reconocimiento, la palabra de amor nombra: “Tú eres mi mujer”. Sin embargo, la palabra de amor no debería sino revelar la experiencia del goce femenino en tanto divide a la mujer, como dice Lacan en el texto, “convirtiendo su soledad en su pareja”. La experiencia del amor vehiculiza la soledad de la mujer fundada en un goce al que ningún hombre puede seguirla, en un goce que la ausenta de sí misma, que la hace Otra.

Por ello Lacan, una vez que identifica la voz del superyó en tanto lo que “es-finje” el no-todo femenino, afirma que la tarea verdadera del pequeño hombre ante estos dichos es “refutarlos, inconsistirlos, indemostrarlos, indecididirlos”; verbos que apelan al  teorema de la incompletud de Gödel; en realidad diferentes maneras de nombrar el S(A). Frente a la surmoitie el camino es refutar sus dichos, en palabras de Lacan: “a partir de lo que ex – siste de las vías de su decir.”

¿A qué se refiere con “las vías de su decir”?

Laurent nos dice que a las voces de sirenas que piden: “hazte todo para mí” hay que responder: no hay Otro del Otro, nadie tiene la última palabra, la palabra que convendría a la exigencia del llamado femenino. Hay que partir de ese goce en tanto ex-siste, es preciso que haya un mínimo desplazamiento que permita acceder a las vías del decir, al punto del S(A).

Este es el lugar que Lacan le asigna al analista en el texto: “¿… de dónde sabría él encontrar qué volver a decir a lo que abunda de los enredos lógicos cuya relación con el sexo se extravía, por querer que sus caminos lleven a la otra mitad?” (pág 493).     

Se trata, explica Laurent, del analista en tanto sabe responder al superyó femenino, en tanto puede reenviarlo a la verdadera lógica de la posición femenina que es denunciar los semblantes que le dan consistencia al Otro. El superyó para Lacan es un mandato que enuncia una orden “Goza” (jouis), a lo que sólo se puede responder “oigo” (j´ouis). La vía psicoanalítica consiste en movilizar los recursos del decir, de la interpretación, para mostrar que la voz de la surmoitie sólo es mortífera cuando se rechaza enfrentar la originalidad de la posición femenina, cuando se niega que el origen de un decir femenino está allí donde hay una incidencia directa del Otro barrado.

La vía psicoanalítica es asumir la posición de “ocúpate de tu propio goce” o “¿cuál es tu goce?”. El analista tiene que ser el que recuerda que la última palabra siempre escapa y que todos tenemos que enfrentarnos con el vacío del lenguaje. En cierta medida esta posición de indecidir, refutar, inconsistir e indemostrar es una reformulación lógica del imperativo ético del psicoanálisis “Wo es war soll ich werden”: allí donde estaba ese otro goce, debe advenir el sujeto.

Yovana Pérez

Presentado en la NEL Lima el 15 de noviembre de 2013


[1] “La querella de los diagnósticos”, capítulo VI.

[2] Juego de palabras usado por Lacan que significa tanto “hombre sexual” como “homosexual”

[3] Jorge Alemán, “Para una izquierda lacaniana”, Grama 2009, p. 65.

[4] Juego de palabras que incluye a “hombrecito” y al verbo francés “tomer” que significa, entre otras cosas, dividir en tomos o lugares.

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