A propósito de 5×2 (cinco veces 2), de F. Ozo

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Marita Haman

El malentendido entre los sexos o la relación entre exiliados 

5X2 3

El director, F. Ozon,  ha dicho en una entrevista sobre este film que quería hacer una película “sin psicoanálisis”, pero eso nole ha impedido, como veremos, obtener una narración que revelase las particularidades de la estructura inconsciente en cada sexo y los malentendidos que se tejen entre ambos.

Ozon quería que el espectador no pudiera encontrar un detalle que le permitiera decir rápidamente, “ah, ésa es la razón por la que fracasaron”. En eso tiene mucha razón: cuando suponemos comprender rápidamente algo, por lo general, nos equivocamos. Por el contrario, pretendía, dice, que la causa fuera opaca para que cada uno pudiera poner de lo suyo y que de alguna manera la historia, entonces, mostrara algo de índole universal.

Tampoco quería contar la historia de manera cronológica, para evitar la impresión de que se trataba del relato de una tragedia excepcional, la historia de una relación que no funcionó como si fuera un caso particular. Nuevamente, su justificación es que de esta manera se podría impedir la identificación del espectador, cuando lo que buscaba es que cada uno intentara explicarse desde sí mismo las razones de este fracaso. Aquí, ha logrado algo muy singular: evitando contar una historia trágica, su relato está todo él acompañado del sentimiento de la tragedia inevitable.

Ozon no ha querido hacernos soñar, como hubiera sido de haber comenzado el film presentándonos el primer  encuentro de la pareja.  Solo se ha permitido, dice, recrear una atmósfera de ensueño en la escena final, cuando la pareja nada junta bajo el sunset que la ilumina.

Es que la causa fatal reside en que no hay complementariedad entre un hombre y una mujer, que los dos no hacen Uno, y eso, como veremos, está escrito desde el inicio aunque los amantes lo ignoran, cegados como están por el amor que se inspiran.

La elección de los actores siguió el mismo criterio: no prefirió actores muy conocidos para que la fascinación que pudiera suscitar su imagen no restara peso a la narración, para hacer de esta historia, en lo posible, una historia común.

El protagonista fue elegido porque, a pesar de su planta masculina, tiene un aire frágil y parece estar siempre algo ausente, además de tener una mirada infantil, dice el director. A la inversa, la mujer, aunque tiene un aire vulnerable, evoca, dice, una poderosa fuerza interna. Como veremos, en un estilo narrativo más o menos continuo, sin grandes sobresaltos ni sorpresas, el director nos ofrece un relato paradigmático de lo que sería una tragedia previsible, vista desde el final, claro está.

Para desembrollar el enigma, retomemos ese relato en el que, paso a paso, puntuaremos algunos detalles.

 

5. El divorcio

Después de una lectura burocrática del divorcio, la pareja se va a un hotel.

Para qué cerrar las cortinas, dice ella. No hay complicidad sino vergüenza: ella es carne frente a él, la mirada del esposo despierta el pudor antes que la libido, como si se tratara de un extraño. Ella no consigue recuperar el deseo; no hay misterio, solo el acto sexual descarnado en el que no se encuentra sino como objeto del goce del hombre. Para ella, el encuentro se convierte en violación. El goce del Otro, el goce del cuerpo que es símbolo del Otro, como dice Lacan, no es signo del amor.

Sin embargo, ella sabe que él la ama, al punto de que piensa que él podría haberse suicidado a causa de su rechazo, pero él ha dejado de ser el hombre a partir del cual ella pueda encontrar la cifra de sus ser.

“¿Lo conozco?”, “¿quién es él?”, le ha preguntado Gilles, curioso por el posible amante de su ex mujer. Ella sonríe, la pregunta es por el rival, el otro hombre, y no por ella. Gilles, sin embargo, no le ha ocultado que sale con otra; la sonrisa de ella revela un ligero desprecio frente a este hecho. ¿Qué es entonces para él una mujer, su mujer? Todo acabó. Ella quiere estar sola. Tampoco vale la pena responder a su última pregunta (“¿lo intentamos?”), él no tiene nada que más que decirle, tan grande es la distancia, el desencuentro.

4. La separación

La pareja homosexual es la pareja del goce. Ella, en cambio, intenta defender algunos ideales en el terreno del amor y del deseo. Se sorprende, por ejemplo, del pragmatismo de la inseminación por la cuchara. Ella aboga porque sea “algo más” lo que de valor a una relación, por ejemplo, dice, intentando dar cuenta de eso, ha de haber confianza o respeto. Es decir, lo que une es una creencia, algo que envuelve la nada concreta que, pese a todo, habría de convertirlos en seres especiales el uno para el otro.

Los celos del esposo por la presunción de goce de la pareja homosexual lo mueven a la competencia por el goce fálico. También estuvo con hombres, les cuenta. Se había prestado a la escena, aclara, porque su mujer lo había animado, ella quería verlo con otras y, viéndose así, supuestamente libre para entregarse al goce, se dejó llevar. Mientras él narra la historia ella suelta unas lágrimas. El se muestra como ser de goce, ignorante del amor. Si la mujer lo impulsó para verlo con otra, no por eso aspiraría menos que luego regresara donde ella para reconocerla como el objeto verdadero de su deseo, pero él no ha entendido el juego que debió permanecer velado, en la intimidad, para funcionar. Su jactancia pudo más y lo que debió haber sido un secreto para dar soporte al objeto oscuro del deseo, deviene en el objeto banal del goce.

Luego ella baila sensualmente entre los hombres de la cena, se da a ver, se muestra entre ellos para capturarse como objeto de deseo  merced a la mirada de algún Otro que fuera capaz de distinguirla.

Si no hacen el amor no están enamorados, alega Gilles cuando su esposa defiende la felicidad de esta unión. Ella guarda silencio. Como vimos anteriormente, el goce sexual no es signo de amor, ambos planos no son equivalentes para ella, por lo menos, quien baja la cabeza ante el comentario de su esposo. En cambio, para él, aparentemente, la existencia de uno es la prueba del otro. ¿Habría sido éste un reproche velado hacia la esposa que se sustrae al goce en la cama? El director nos deja con la duda. Todo lo que sabemos es que después él aparece al lado de su hijo. No consigue permanecer al lado de su mujer. ¿Por qué?

El niño lloraba, dice. ¿Quién lloraba? ¿No habrá sido éste el efecto de un sentimiento de culpabilidad? El ya no tiene lugar en ella como el hombre portador del falo y lo va a buscar al lado del niño, como el padre que lo cuida. Es así como se expresa su división subjetiva, su relación con lo inconsciente: dividido entre el sentimiento de culpa y la contrapartida del mismo, el rechazo de la culpa, ya que sentirse culpable es equivalente a rechazar la culpabilidad. Consecuentemente, Gillles se aleja de sus culpas y de ella. Dormido en la cama del niño, él consuela a su niño y es asimismo otro niño. Ella regresa sola a su cama, tampoco ella puede encontrarse más en él. Están separados, el  malentendido es patente.

3. El parto

El bebe pudo haber muerto, como el primer hijo de la madre, debe haberlo sabido, pero él está aterrado, no puede conectar con la situación. En primera instancia, no parece siquiera que haya habido un deseo por el niño, dado que no tenían pensado cómo lo irían a llamar.

El padre de ella es parecido, tampoco estuvo en el parto ni en la pérdida del primer bebé de su mujer. Los hombres están en otra trinchera. Que el padre haya venido un rato es suficiente. Ellas saben que ellos las aman pero sin querer saber sobre ellas, sin palabras. Están asustados, de allí que intenten rebajarlas, reducirlas o alejarse. El parto, el bebé, son algo que se les escapa, el misterio de la castración femenina, del cuerpo femenino, del goce de la mujer.

Finalmente, el dolor de ella lo vence. Al término de la escena se evidencia que solo como ser culpable puede sostener su amor, siente que la ama en el preciso instante en que se hace patente que el amor falla para unirlos. Ese amor que así estalla le permite entonces recuperar al niño en la fantasía como el fruto patente de su amor por ella y, entonces, darle un nombre. Pero, también, hay amor en tanto y en cuanto él pueda admitir ante sí mismo que ha quedado en falta frente a ella, que tiene para con ella una deuda pues ha faltado al pacto de reciprocidad que el amor suele suponer.

Deuda de amor hay siempre, pero no siempre se puede admitir. En un punto dado, la imposibilidad de alcanzar esa misma reciprocidad hace insoportable la culpabilidad pues nada podría resolverla definitivamente. Quizás por esto mismo lo que observamos en la escena anterior es más bien el alejamiento de la pareja y al mismo tiempo, cierto sentimiento de soledad y desamparo. 

2. El matrimonio

 Otra lectura burocrática del matrimonio. Como en el primer caso, la lectura de lo escrito, de aquello que es válido para todos, aparece alejada de la subjetividad de la pareja, son palabras que sancionan hechos sin representar a los sujetos que, insertándose en esa ley, portan una vida, una subjetividad que no conseguiría nunca ser capturada por esa ley. No obstante, por acción de esa Ley en la que consienten ellos han realizado ahora la perfecta unión de sus vidas, son uno para el otro y desbordan felicidad.

La fiesta festejó el amor pero él no consiguió honrar a su esposa en la hora del  encuentro sexual. Y duerme, como si ahora nada le faltase ni lo perturbara. ¿Ya no te excito más? Pregunta ella. Sus padres, contagiados, todavía bailan, y el hermano busca a quien seducir, pero su flamante marido duerme.

Otra vez, de otra manera, podría suponerse que es una cierta culpabilidad la que la reenvía hacía él como amante. Te amo porque supongo haberte fallado en el amor, te amo porque no te he correspondido, porque te he traicionado con el hombre que encontré hace unos instantes. Pero más allá de esta lectura, se diría más bien que ella puede correr a sus brazos y perdonarle el desaire de la noche de bodas porque, a través del otro hombre, ha conseguido recuperarse a sí misma como objeto del deseo de un hombre y no solo como el objeto de su goce. Esta escena revela algo de su estructura femenina, la misma que, al final, le resulta imposible de sostener. Por eso la vemos feliz antes que culpable. Es que ella se ha recuperado a sí misma como la mujer del deseo en la medida en que se ha realizado como aquella que él no tiene del todo asegurada, se ha demostrado que es no toda de él, por el contrario, le guarda un secreto, esconde algo que no podría compartir con él; así consigue avivar su amor por él y proseguir en el intento de sostenerse ante Gilles como la mujer que suscita un deseo único.

1. El encuentro

 Es esta la escena principal, en realidad, porque es aquí cuando se pone de relieve la modalidad de goce de cada uno.

Gilles aparece con Monique, su novia anterior. Esta sostiene que una mujer no debe aparecer como alguien deseante, evidenciar su deseo ni su falta, ella no podría presentarse sola en un lugar como éste, al que se va a buscar pareja. Vale decir, se es sujeto femenino a partir de la relación con el hombre, se es una mujer porque la relación con un hombre la nombra así. Insatisfecha, como no podría ser de otra manera, se queja ante Marion de su falta de aventura, ella quería ir a Sicilia pero Gilles trabaja demasiado, etc.: él es un hombre burocrático y ella, aparentemente, no obtiene lo que desea, como si no tuviera más opción que resignarse a poseer al menos un hombre a partir del cual sostenerse como mujer. Así se presenta Monique.

Inmediatamente, Marion aparece como la otra mujer, la del deseo: la que ella desea para sí. Marion es presentada como la que no teme la castración: se ha registrado sola en el hotel y cuenta sin avergonzarse que su amiga la plantó, que aún extraña al novio que perdió hace 4 meses… Surge ante Monique como la mujer de la aventura, la que se muestra capaz de seguir el curso de su deseo; Marion es, desde este ángulo, la mujer que Monique no se atreve a ser, la que ante sus ojos sabe cómo sobreponerse a la castración que la embaraza. Tanto es así que también su pareja es, para Monique, un hombre algo disminuido, un poco ridículo, alguien que la avergüenza ante el público, en suma,  impotente para convertirla del todo en “la mujer” que ella querría ser ante el mundo.

“¿Estás tratando de vendérmela?”, le dice Gilles.  “¿Te gustaría que se lo hiciera?”. Atravesados por el fantasma de la Otra mujer, la pareja se encuentra en el deseo sexual, pero es Otra “la verdadera”, la que se encuentra ahora entre los dos y los separa. Gilles ha captado el mensaje inconsciente y es transportado por él, sin saberlo; él ignora de qué modo una mujer lo ha enviado a los brazos de la otra. Pero Monique, la primera novia, lo sabe, ella sabe que lo ha arrojado en brazos de Marion haciendo de él su hombre de paja, solo que, haciendo así, lo ha perdido. Su rostro de dolor en la última escena en la que aparece, muestra su relación con la feminidad perdida, la que le ha sido arrebatada, la que solo vislumbra haciéndosela arrebatar.

Gilles es permeable a la sensibilidad femenina pero en ningún momento el director nos lo presenta como un hombre ideal. Por el contrario, se trata antes bien de un hombre relativamente simple que  sigue sus apetitos así como sus miedos. Si parece un niño es porque cree en la mujer mucho más de lo que imagina: él actúa los fantasmas (o las fantasías sexuales, si se quiere), que ellas construyen para él, se empantana allí ignorando que es presa de una trama femenina que lo conduce inexorablemente al fracaso del amor. Finalmente, es su propia ansia de goce lo que le impide saber de qué modo su valía se soporta en la mujer que tiene al lado, puesto que en sus fantasmas él insiste en medirse con los otros hombres, los que supone que alcanzan un goce fálico que a él se le ha escapado. En otras palabras, él lee el inconsciente femenino desde su goce fálico, no va más allá.

De manera que, paradójicamente, Marion y Gilles están conectados pero solos, son dos y no el Uno que habían supuesto que constituirían adentrándose juntos en el mar, los dos al mismo tiempo. El amor ha fracasado precisamente por eso: querían ser uno identificados uno al otro, reconocidos uno por el otro recíprocamente, amarse a sí mismos en el otro… y resultaron ser dos, dos desconocidos ante sí mismos. Es que la armadura narcisista del amor deja de funcionar cuando ya no es posible amarse a sí mismo en el otro y cuando el otro evidencia no detentar la clave que conseguiría suturar la falla del ser.

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