Lecturas fragmentarias sobre el cuerpo

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Marita Hamann  
La sede del Otro es el cuerpo, íntimo a la vez que extranjero. Un cuerpo que se tiene, sin ser. El ser no existe como tal ya que solo un discurso lo soporta. Se requiere que algo haya para que ese Otro, falta en ser que existe, se sostenga. En primer lugar, lo que hay, es el trauma.
Como demuestra bellamente Ph. Lacadée, a propósito de la anécdota que Lacan cuenta en el Seminario. 11, el Otro para el niño, es un significante viviente que, como se ilustra aquí, surge de un encuentro que es traumático, aunque también pacificante. Significante único que impacta en el niño pequeño sin que para él eso tenga sentido ni significación; “este niño que, desde entonces, ante la ausencia de respuesta del Otro, no dirige nunca más un llamado, ingresando en una suerte de mutismo, incluso de autismo, y que encuentra por la vía del sueño en los brazos de Lacan ‘el acceso al significante vivo que yo era desde la fecha del trauma’”. Es que el Otro portador del significante “vive y goza en otra parte, fuera de él” y, cuando se aleja, inevitablemente, lo deja caer: si nadie responde al llamado, la palabra estraga, el silencio que la sucede se equipara al grito que la antecede, pulsión invocante pura.
¿Es inocente el niño? Se plantea Ph. Lacadée. Y responde: “Notemos cómo, para Lacan, el niño freudiano es culpable de dejarse llevar por un goce masoquista que ha sentido o experimentado. Hay en el niño una pendiente que lo empuja a hacerse el objeto caído del Otro. Hay en él una disposición temprana a la ruina, un masoquismo primario que lo lleva a sufrir su propia ruina y a extraer de eso una satisfacción fundamental, un goce”. Para Lacan, se trata de algo que pone a cada uno a merced de ser dejado caer por aquel que lo sostiene simbólicamente en su experiencia de nominación. Entonces, el niño no es inocente, es culpable del goce que extrae valiéndose del significante y del que obtiene cuando se deja llevar por ese masoquismo primario.
Ante la pregunta acerca de quién es o ha sido ese niño, lo único cierto es que nunca se develará el misterio de su origen; la dimensión real de aquello que él es, no se introduce sino por el malentendido. “Es un inmigrante en el país de la palabra, en el país donde el llamado puede no encontrar una respuesta (….) El hombre nace malentendido”, continua Ph. Lacadée.  Básicamente, está traumatizado por un forado original en la comprensión de las cosas y de las palabras recibidas; hay un agujero en el saber sobre lo que vive y siente. Se trata entonces, esencialmente, del goce real puesto en juego en este encuentro por cuanto carece de palabra que lo nombre, de algo que siendo real no es simbolizable y puede retornar en cualquier giro de la propia historia.
Así es como “nominación y anudamiento se vuelven conceptos indisolubles, equivalentes”, al decir de N. Soria. Y agrega: “Cuando éste [el de la nominación edípica] es el tipo de anudamiento, el cuerpo es una construcción que se sostiene de una función eminentemente simbólica, que media entre el cuerpo imaginario y el cuerpo real. En esa mediación hay lugar para el acto de palabra, corazón de la intervención analítica, ya que el goce corporal está íntimamente atravesado por un orden simbólico flexible, aunque no extensible.”
No obstante lo dicho, prendido en el sin nombre del síntoma y del fantasma, por desconocer el modo particular en que lo determinan, y conducido por las significaciones que, sin saber, ha extraído del Otro y a las cuales dedica su existencia para no quedar del todo a merced de la ignorancia, el sujeto permanece alienado, mal que bien, a las identificaciones que ha forjado. Ellas funcionan al modo de una suerte de nominación de su ser manteniéndolo en estrecha dependencia de ese Otro que anhela conquistar para realizarse idealmente; vale decir, según los signos de la omnipotencia de ese Otro que dejaron marca en él. Entre tanto, el sujeto es ante todo un “sin nombre” a merced de un goce ignorado que lo aqueja y, eventualmente, lo arruina. Por eso, en definitiva, la experiencia analítica no culmina sino hasta que una nominación del sinthoma consiga ser alcanzada y que un uso de éste pueda ser encontrado.
El sujeto discurre en la ambigüedad, que es a la vez fuente de sufrimiento y goce; solo a nivel del goce alguna certeza se le ofrece. Pero eso que podría advenir al lugar vacío en el mar de los nombres propios, nunca será exhaustivo tampoco porque el Otro del saber no existe realmente, es un semblante. El Otro no solamente es el Uno en menos sino que todo lo simbólico puede reducirse a esta ausencia. Así visto, hay afinidad entre la imposibilidad de que un significante cualquiera suture un goce que se homologa a la inexistencia de La mujer, y la posición analítica. Dice L. Gorostiza,  a propósito de su salida del anonimato del fantasma: “El nombre del fantasma (ser el ojo del Otro) que apuntaba a calzar el ojo en la hendidura entre el significante amo y el saber, permite entender de qué modo las mujeres están advertidas de la locura inherente al  ‘todo’, es decir que  no son locas del ‘todo’. Es en esto que el deseo del analista se liga a la posición femenina”. Un paso más y se deduce, como anota más adelante, que el nombre del sinthoma, por ser inclasificable, demuestra la inconsistencia del Otro.
La diferencia es que, en este último caso, el nombre del sinthoma accede a una escritura que hace cesar los embrollos del semblante. Al decir de L. Gorostiza, los restos del síntoma, ahora, se confrontan con el nombre del sinthome y son tratados por este. El goce es innombrable en última instancia, pero puede ser “localizado e indicado por el nombre que se inventa cuando el síntoma llega a invertirse en efectos de creación”. En la hiancia entre el nombre imposible y el nuevo nombre, se sitúa el deseo del analista, concluye el autor, “si aún puede sostenerse tal noción.”
La cuestión de la nominación es palpable tratándose del goce femenino, como avizoramos líneas más arriba. Para desarrollar este punto, nos serviremos a continuación de algunas de las cuestiones planteadas por P. Monribot, en una conferencia que tuvo lugar pocos meses atrás.
Para comenzar, Monribot aclara que, como sujetos, todos nos situamos del lado hombre de las fórmulas de la sexuación elaboradas por J. Lacan en el Seminario 20, Aún. Así, pues, como sujeto del inconsciente, la mujer es un hombre; por eso, las mujeres pasan por la histeria y consiguen hacer  lazo social. Hace el hombre a nivel de las identificaciones del sujeto. El complejo de castración es la propiedad común en este conjunto y organiza el goce sexual: tanto para el hombre como para la mujer, la  función fálica permite acceder al goce, al orgasmo.
Pero del lado del conjunto de las mujeres, aunque se dirija al falo, una parte de su goce permanece problemática. Esta es la parte femenina del ser hablante, la que no es reductible a la posición sujeto. Se presenta como lo desconocido en el sujeto mismo, es una inquietante extranjeridad, tal como decía Freud a propósito de  la propia Dora.
Es que hay un goce femenino suplementario que escapa a la castración y no está al servicio del erotismo. No tiene significación y no es cifrado por el inconsciente. No tiene tampoco imágenes. Es Inquietante y angustiante. Produce efectos variados, da lugar a manifestaciones corporales inexplicables de este Otro goce no subjetivado. Por ejemplo, dice P. Monribot, puede tratarse de un llanto inmotivado en alguien que no es ni loca ni depresiva. Se trata aquí de la firma femenina del goce fuera de significación, y eso aísla profundamente porque esos efectos en el cuerpo no se pueden compartir. Una mujer queda sola frente a este goce enigmático que no puede comunicar ni aún a otras mujeres. En este nivel, Lacan habla de una excepción femenina que la deja en soledad.  El conjunto masculino es consistente porque uno remite al otro por el goce fálico, allí, se es “uno como los demás”. Pero no se puede decir “todas como una sola mujer”.
Se trata de un real imposible de sustraer. Una mujer puede intentar salvarse histerizándose lo más posible para sustraerse a la inconformidad que suscita ese lugar de la mujer, a la espera de subjetivar la totalidad de su ser. Ella quiere escapar al goce femenino y por eso la histeria es con frecuencia una elección de mujeres.
Esta es una de las claves del estrago: cuando una mujer se hace objeto a sin límite, queda toda envuelta por el rebajamiento que produce el ocupar exclusivamente el lugar de objeto para un hombre según las coordenadas de su fantasma. Así, ella pasa del agalma al palea. Se trata de entrar a la relación como objeto, sí, a condición de que tenga límite. La extracción del sujeto de esa posición implica coraje: el exponerse a otro estrago ligado ahora al La barrada.
Pero hay otra modalidad propia del goce femenino. Una alternativa remite a lo que Lacan dice de la posición erotomaniaca en la mujer. Se trata de un amor ligado a la posición femenina desde el La barrada: eso implica muchas palabras, ella quiere hablar y que le hablen, lo que es exactamente lo contrario de saberlo todo.
La histérica, de todos modos, quiere obtener un saber sobre la feminidad, aunque sin implicarse. Lo procura por delegación, al lado de otra mujer. La posición femenina, en cambio, busca acceder a su propio goce. Es porque una mujer es confrontada al goce fálico que ella puede ir más allá del goce fálico. No hay otra salida, es un pasaje de acceso indirecto al Otro goce y esto no es sin consecuencias. El goce fálico le permite ser Otra para sí misma y el amor femenino es una alternativa frente al estrago, la posibilidad de un nuevo amor que no sea el estrago perpetuo.
Entonces, se pregunta Monribot, si el dispositivo analítico histeriza al sujeto de manera máxima, ¿cómo se sale de él? Al final, por destitución del sujeto histerizado. Por otro lado, el análisis también feminiza al ser hablante por el efecto de la letra del síntoma. En definitiva, nombrar y formalizar un síntoma residual al final de un análisis, es una manera de bordear el goce femenino sin nombre, allí donde no hay sujeto para tratarlo. Para el analizante, la identificación conclusiva es una manera de asumir su ser de mujer más allá de que su posición subjetiva sea o no femenina. “El átomo de Demócrito como el sínthoma de Lacan, es a la vez, cuerpo y ‘elemento de significancia volante’. El goce del cuerpo es a la vez cuerpo y vacío, ‘no más cuerpo que vacío’. Esta no es la última palabra sin la articulación de una topología a producir, la del lugar de ‘no hay nadie’”.
El hablante se autoriza en su particular modo de existir desde una experiencia de goce que, por haber dado suficiente crédito a su síntoma, deviene, no sin ruptura, en un nuevo anudamiento con el cuerpo que se goza. Desde su soledad pero no a solas. Es que, para atravesar tierras inhóspitas, hay que emprender la trayectoria con un compañero de ruta, uno que te señale dónde  podrías hallar tu brújula; la decisión es tuya.
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