Comentario del Comentario a María Elena Lora. Por Pilar Cerna

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Comentario del Comentario a María Elena Lora *

Por Pilar Cerna**

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Por encargo de María Hortensia Cárdenas, a quien agradezco la invitación, esta Noche de Escuela quiero compartir con Uds. más que un comentario al comentario sobre la pregunta encomendada a María Elena Lora: ¿Cómo se presenta hoy la agresividad ante la fugacidad y precariedad de las identificaciones?1

Esbozaré algunas ideas sueltas y dejaré algunas interrogantes para la conversación. Ha sido muy valioso preparar este trabajo pues me ha permitido lograr un primer acercamiento para investigar las tesis sobre Agresividad en la enseñanza de Lacan, tema que se viene trabajando para el XIX Seminario del INES que se realizará la próxima semana en el marco del congreso del ENAPOL en Sao Paolo- Brasil.

 

María Elena Lora indaga con suma claridad y nitidez y parte argumentando que” para comprender la naturaleza de la agresividad en el sujeto y su relación con la formación del yo y sus objetos, Lacan plantea una encrucijada estructural llamada estadío del espejo, organización pasional a la que llamará yo. El “yo es otro” y cristaliza una tensión conflictual interna al sujeto que precipita la competencia agresiva, de donde nace la tríada del prójimo, el yo y el objeto. “2

 

En 1928 en su texto Psicología de las masas y análisis del yo, sostenía Freud “El hombre no es una criatura tierna y necesitada de amor que sólo osaría defenderse si se le atacara, sino, por el contrario, es un ser entre cuyas disposiciones también debe incluirse una buena porción de agresividad. La pulsión agresiva es una disposición pulsional inherente a la naturaleza humana e independiente.”

En el texto Freud aborda también, diversos aspectos vinculados a la violencia que se producen en la masa y sostiene que la identificación sería el núcleo de las agrupaciones sociales. La masa se articula en torno a una persona o a un ideal con quien se ve identificada. Esta identificación al ideal posibilita la regulación del goce y el soporte del lazo social.
En 1948 Lacan aborda la noción de agresividad en sus Escritos 1 bajo el título La agresividad en psicoanálisis, y postula cinco tesis, siendo la cuarta, donde propone: “La agresividad es la tendencia correlativa de un modo de identificación que llamamos narcisista y que determina la estructura formal del yo del hombre y del registro de entidades característico de su mundo.”

Lacan sostiene que es en el estadio del espejo donde se presenta esta “pasión narcisista “que está en relación con la imagen, “relación erótica en la que el individuo humano se fija en una imagen que lo enajena a sí mismo, tal es la energía y la forma en donde se origina esa organización pasional a la que llamará su yo.”3

Así pues, el Yo se cristalizará junto con esa tensión agresiva que es interna al sujeto, conflicto que determina el despertar de su deseo por el objeto del deseo del otro y que lo lleva a una permanente competencia agresiva con su semejante.

Hay agresividad entonces, y esta agresividad es constitutiva de la primera individuación del sujeto.
Lacan nos dice: El yo se constituye por identificación con su propia imagen, lo cual estructura al sujeto como rivalizando consigo mismo, esto implica a la agresividad en el registro de lo imaginario en las relaciones con su semejante.

En esta tesis la agresividad queda ubicada en la relación del yo con el semejante. Nos dice Lacan: “…es en una identificación con el otro como vive toda la gama de las reacciones de prestancia y de ostentación, de las que sus conductas revelan con evidencia la ambivalencia estructural, esclavo identificado con el déspota, actor con el espectador, seducido con el seductor”.
Con Lacan nos dice Lora, la noción de agresividad es correlativa a una identificación primaria estructurante del ser hablante, terreno de tensión y pasiones narcisistas, que se reacomodará por la función pacificante del ideal del yo, lugar desde el cual nos sentimos mirados y pretendemos resultar amables.

 

Hemos visto que toda relación con el otro conlleva cierta dosis de agresividad hay un mal que amenaza al yo, y es el semejante. La semejante amenaza porque es yo, pero como al ser semejante no resulta siendo “idéntico”, esta sería la razón por la que esa “pequeña diferencia” se torna insoportable. Podemos decir entonces que la agresividad es como una respuesta ante la intimidación o amenaza de perder y perderse. Amenaza que siempre estará vinculada al semejante.
Nos dice M E Lora, “hoy asistimos a un culto al yo, que pone en juego la fragilidad de las identificaciones en busca de una “identidad radical”, otorgando un lugar preeminente a la agresividad, hasta el punto de confundirla con la fuerza, reconocida actualmente como una virtud. Esta promoción de la identidad articulada a la ética utilitarista, ocasiona el surgimiento de un “imperativo identitario” religioso, racial o de género conducente a actos crueles cuya lógica implacable no precisa del sí mismo, ni del Otro, ni del mundo.”

 

Y agrega que ” Este imperativo identitario evidencia la utilización social de la agresividad estructural; cómo esta última es extrapolada y es extraída de modo similar a la extracción de la plusvalía. Así, el discurso del amo apela a un saber, el saber del enemigo, un saber hacer con el aniquilamiento y la muerte; en lugar de la producción, los objetos de goce pasan por la destrucción del otro, haciendo del otro una escoria. En consecuencia, vivimos en un discurso de guerra, aunque no hay guerra declarada, pues nunca como hoy se ha producido una potenciación tal de la constitución del yo; una guerra actual donde las masacres al otro se dan inclusive sin haber vislumbrado su imagen. Estamos ante un discurso cuya vertiente capitalista y científica introduce la infernal dialéctica del “o tú, o yo”.

 

La agresividad es entonces inherente a la relación con el semejante; la agresión o violencia es el síntoma social que emerge cuando la diferencia se vuelve insoportable. y esto lo constatamos en las reacciones agresivas en la comunidad en la que se inscriben sus efectos, y que requieren comprender el sentido que las sostiene.  la agresividad no puede entenderse como hechos aislados, azarosos, que aparecen casualmente.

Ante lo señalado, es fácil sostener que a mayor semejanza mayor violencia. Así, las relaciones con los semejantes donde se anulan las diferencias se constituyen en relaciones de intimidación; en contraste, en las relaciones con los semejantes donde se incluyen las diferencias se posibilitan vínculos de intimidad.

Muy por el contrario, es necesario situar la agresividad en la dialéctica de la constitución subjetiva, en la perspectiva de desentrañar la naturaleza de los actos agresivos, su fuente, en relación con el encuentro originario con el otro, que funda una dinámica particular de relaciones del sujeto con su mundo

Para terminar, Lacan en su abordaje de la agresividad enseña que cada época articula sus mecanismos para expandir y mantener la agresividad y nuestra época esta avocada en anular las diferencias.

La agresividad de la época es una constatación de ese mandato de homologar, de globalizar o de competir sea en la escuela, en la profesión, en la empresa, en el hogar. Siendo la moral, aquella que condena la agresividad. es la moral aquella que, aislando, individualizándola, la incuba. Todo ello requiere de nuestro interés y atención en nuestra práctica analítica actual.

 

Si antes Freud sostenía que la masa existía a partir de un ideal, hoy estamos ante la caída de los ideales o de algún líder que goce con un mínimo de credibilidad por lo que imposibilita hacer lazo social, constituir grupos o masas

 

Al final de su análisis Lacan nos propone una fraternidad discreta por cuyo rasero somos siempre demasiado desiguales” es la salida a la difícil convivencia con el Otro, donde a mayor semejanza, mayor agresividad.

Todas las acciones sociales que se dan para anular las diferencias lo que logran es hacerlas más insoportables bajo la modalidad de la segregación, anulación del otro, la compasión, la caridad, el aislamiento o la autoflagelación.

 

Hoy estamos frente a una carrera frenética, paranoica hacia el placer por los objetos de consumo empuja a la descarga inmediata. Somos espectadores del consumo de armas virtuales de los videojuegos, cada vez más sofisticadas, son juegos accesibles a todo el mundo, a los que acceden cada vez niños más pequeños. Son juegos que se expanden en el mercado ante la demanda. El mercado es para ellos. no es que estas pulsiones agresivas se hayan incrementado, sino que siempre han habitado en el sujeto.

 

Es preciso traer a colación que aun 70 años después, del texto de Lacan encontramos que hoy goza de la misma actualidad en el tiempo, y, por ejemplo, si pensamos en las restricciones actuales en Europa en relación a la práctica psicoanalítica lacaniana para el tratamiento del autismo, (hecho además que amenaza con expandirse) entonces podemos decir que somos conscientes que también ahora, en la actualidad, son los fundamentos del psicoanálisis los que son atacados. Entonces mi pregunta sería ¿Habremos superado los

¿Temores de Lacan?

* Psicoanalista en La Paz, Bolivia. Analista Miembro de la Escuela (AME) de la Nueva Escuela Lacaniana (NEL) y de la Asociación Mundial de Psicoanálisis (AMP).

**Psicoanalista en Lima, Perú. Analista Asociada de la NEL Nueva Escuela Lacaniana
1 el Correo del INES N°7, XIX Seminario del INES La agresividad en Psicoanálisis Jacques Lacan.  Pregunta a María Elena Lora ¿Cómo se presenta hoy la     agresividad ante la fugacidad y precariedad de las identificaciones? Nueva Escuela Lacaniana del Campo Freudiano  www.nel-amp.org | comunicados@nel-amp.org
2 Lacan, J., “La agresividad en psicoanálisis”, Escritos 1, Siglo veintiuno, Bs. As., 1986, p. 106.

3 Lacan, J., “El estadio del espejo como formados del yo (je)”, Escritos 1, Sigloveintiuno, Bs. As., 1986, p. 89.

 

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Esa insondable agresividad. Por María Hortensia Cárdenas

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Esa insondable agresividad

María Hortensia Cárdenas *

JL-5401
En su Seminario La ética Lacan cuestiona el amor al prójimo cuando recuerda a Freud en “El malestar en la cultura” que dice de la maldad como el núcleo más profundo del hombre:

“…el ser humano no es un ser manso, amable, a lo sumo capaz de defenderse si lo atacan, sino que es lícito atribuir a su dotación pulsional una buena cuota de agresividad. En consecuencia, el prójimo no es solamente un posible auxiliar y objeto sexual, sino una tentación para satisfacer en él la agresión, explotar su fuerza de trabajo sin resarcirlo, usarlo sexualmente sin su consentimiento, desposeerlo de su patrimonio, humillarlo, infligirle dolores, martirizarlo y asesinarlo”.1

Freud se topa con algo imposible de traspasar. En el fondo, lo que aparece es el mal del prójimo, hay una tendencia innata en el hombre a la maldad, a la agresión, a la destrucción y a la crueldad. ¿Quién no flaquea en nombre del placer y da rienda suelta a su goce? Es lo que la experiencia analítica nos enseña.3 La maldad fundamental es la paranoia fundamental del hombre, tanto la del otro como la mía. ¿Por qué amar al prójimo –pregunta Lacan– si lo que habita en ese prójimo es la maldad fundamental? Pero también en mí mismo. Lo que me es más próximo es el goce, el núcleo de mí mismo del que no quiero saber nada. “Pues una vez que me aproximo a él… surge esa insondable agresividad ante la que retrocedo”.4

Lacan reafirma que la psicosis paranoica y la personalidad son la misma cosa.5 Bajo las coordenadas del estadio del espejo, querer el bien del otro es anularme a mí mismo, el otro me despoja de mi ser. La intrusión del semejante, los celos y la envidia son la base de las pulsiones destructoras del prójimo. La aparición temprana del hermano es vivida como una intrusión e inaugura el vínculo social.  El otro me resulta insoportable y se fija la rivalidad imaginaria. De ahí que toda búsqueda del bien del otro social implique el esfuerzo de mantener a raya el goce con el que no se las puede arreglar. Tarea inútil porque las pasiones no se hacen esperar hoy en día, especialmente las pasiones fundamentales que Lacan subraya: “del poder, de la posesión y del prestigio en los ideales sociales”,6 que no hacen posibleamar al prójimo como a mí mismo. La fraternidad esconde la cara auténtica de la segregación. Por eso Lacan dirá que los buenos sentimientos son un desplazamiento: “Ustedes son moldeados como cuerpos por el discurso del amo. Entre el cuerpo y el discurso están… los afectos. Es muy evidente que ustedes son afectados en un análisis… Los buenos sentimientos, ¿con qué se hacen? …en el nivel del discurso del amo, se hacen con jurisprudencia”.7

Así como con la sexualidad, nunca hay una buena relación del sujeto con la agresividad, algo ahí permanece inasimilable y, por lo tanto, hay traumatismo. Se trataría en la experiencia analítica de encarnar el traumatismo, el analista; que acompañe al sujeto a acercarse a sus modos singulares de gozar y a las defensas que construyó frente a lo real. Sin embargo, estamos advertidos de la agresividad del sujeto proclive a la transferencia negativa, nudo inaugural del drama analítico. La clínica de la sospecha, de la desconfianza, que es propia de la estructura del Otro, no es solo patrimonio de la paranoia. El Otro es malo, el Otro quiere gozar de mí. Por eso Lacan pudo indicar el análisis como una paranoia dirigida. El análisis revela que el sujeto quiere el mal del prójimo que implica el goce en sí mismo, el goce es el mal. En otras palabras el goce hace surgir un principio paranoico que pone en acto la maldad que habita en el prójimo y en nosotros.

Pero así como la agresividad es la del otro y la mía, Lacan invita al analista a mantenerse más cerca de su propia maldad. “Encarnar el traumatismo supone no recular ante la propia maldad, no dejarse fascinar por “hacer el bien y ser bueno”. Hay una maldad del goce que está imbricada a ustedes, que los corroe, los atrapa, los conquista, que los arrastra y los desborda. El analista está allí para encarnarla”.8

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Psicoanalista en Lima, Perú. Analista Miembro de la Escuela (AME), de la Nueva Escuela Lacaniana (NEL) y de la Asociación Mundial de Psicoanálisis (AMP).
1 Freud, S., “El malestar en la cultura”, Obras completas Vol. XXI, Amorrortu, Buenos Aires, p. 108.
2 Ibíd., p. 116.
3 Lacan, J., El Seminario, Libro 7, La ética, Paidós, Buenos Aires, 2000,  p. 224.
4 Ibíd, p. 225.
5 Lacan, J., El Seminario, Libro 23, El sinthome, Paidós, Buenos Aires, 2006, p. 53.
6 Miller, J.-A., Piezas sueltas, Paidós, Buenos Aires, 2013, p. 160.
7 Lacan, J., El Seminario, Libro 19, …o peor, Paidós, Buenos Aires, 2012, p. 224.
8 Miller, J.-A., “Vida de Lacan”, Curso de la Orientación Lacaniana, clase del 3 de febrero 2010, inédito.

No todo solo. Por Renato Andrade

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No todo solo

J19-5273

A algunos sujetos, su psicoanálisis les cuestiona que se pueda vivir todo solo.

Lo que llamamos “Escuela”, es en sí mismo el cuestionamiento de nombrarse “psicoanalista” sin otros.

Si lo piensan, la Escuela implica renunciar a andar uno todo solo, y como algunos no quieren renunciar a eso, renuncian a la Escuela.

Concibo las Jornadas de una Escuela como una declaración de “puertas abiertas”. Nos hacen recordar que es así como deben permanecer.

Lacan les propuso a los psicoanalistas la Escuela, no toda para los egresados de psiquiatría. Hoy no es sencillo imaginar una Escuela no toda para los psicoanalistas… miembros.

Si el síntoma no necesita del Otro, los otros no necesitan del psicoanalista, se las arreglan bastante bien. Son los psicoanalistas quienes necesitan de los otros, del Otro y de lo Otro, para proseguir su infinita formación (claro está, si es que les interesa, si de verdad se preguntan ¿qué es un psicoanalista?) Las Jornadas –y me refiero a prepararlas, organizarlas, presentarlas, participar…-, son un modo de hacer lazo con eso Otro. No es el único.

Mientras inventamos otros modos, ¡bienvenidas las XIV, las XV, las XVI Jornadas!…

Las Jornadas hacen serie: de las XII a las XIII, de las XIII a las XIV, de las XIV a las XV… de la madre al padre, del padre al infans… Alguno podría decir que asiste por automaton –por qué no. Otro por el goce del coleccionista: no se puede perder una. Aquí estamos del lado del tema, de los invitados, del programa, de los textos, del lapicero y del papel… de los significantes.

Sin embargo, en lo que hace serie está la posibilidad de lo que hace marca. Y ahí se juega otra cosa: el cuerpo, la sorpresa, el acontecimiento, a veces angustia, a veces “impacto” “vivificante” y “digno”. Lado del AE y del Pase.

Esas marcas no se pueden contabilizar –como los ingresos y egresos. Ni medir, ni evaluar. Es más, se requiere tiempo para darles el uso que conviene.

Gracias a la Escuela, a los colegas y en especial al directorio de la NEL-Lima por estas Jornadas. Por la serie y por lo que hace marca.

Arequipa, 21 de agosto de 2019

Efectos de que el Otro no exista en la clínica contemporánea. Por Elida Ganoza

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Pregunta a Elida Ganoza, miembro de la NEL-Lima

 https://mailchi.mp/7dbf7dfd880c/v-conversacin-clnica-boletn-1029401

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Si algunas consecuencias clínicas de que el Otro no exista se han traducido últimamente en un retorno obsceno de la pluralización de los nombres del padre ¿Cómo constata usted estos efectos en la clínica contemporánea?

Elida Ganoza: Con la pluralización de los nombres del padre, al no haber un único significante amo que oriente a los sujetos, presenciamos cómo cada vez más se ligan de manera restringida y fanática a un significante cualquiera. Un ejemplo podrían considerarse a los grupos LGTBIQ+, que se definen por una forma de goce determinada, salen a la plaza pública con provocación y escándalo, para reivindicar su nombre ante el Otro.

La pasión por lo efímero, la satisfacción instantánea favorecida por el mercado de consumo, las soluciones “listas para llevar” sin necesidad de esfuerzo, las identificaciones frágiles o de moda, los lazos afectivos laxos sin compromisos duraderos e inclusive promiscuos, que se llevan al análisis, muestran el fondo pulsional que sienta las bases para las identificaciones y las nuevas adicciones contemporáneas. Consumimos objetos ofrecidos por el mercado, imágenes, y somos consumidos por ellas, tanto así que el parlêtre ya no se sorprende ni se divide por la súbita aparición de la imagen obscena, y lo que se manifiesta en una tendencia al exceso y a la adicción generalizada.

Esta era del Otro barrado trae consigo el descreimiento de las garantías universales. El comando del superyó, con su voz obscena y feroz, que incide cada vez más sobre los objetos a -que la civilización los ha elevado al cénit- da cuerpo al goce sin pasar por los circuitos del deseo. Reina un régimen sin intercambios, sin palabras, lo íntimo se vuelve público, todo se da a ver: el cuerpo, el sexo, la muerte. Los velos caen y lo obsceno convive con nosotros hoy de muchas maneras.

“No solo hemos pasado de la interdicción al permiso, sino a la incitación, a la intrusión, a la provocación. Se trata de la clínica de la pornografía, que no cesa de estar presente cada vez más en los análisis”, manifiesta Jacques- Alain Miller en su presentación del tema del X Congreso de la AMP.[i]

Con la dimensión disruptiva del goce presenciamos el aumento de los feminicidios. “La violencia, es otro S1 en posición de agente, en el discurso actual”. [ii]

[i] Miller, J-A. El inconsciente y el cuerpo hablante. En
https://www.wapol.org/es/articulos/Template.asp?intTipoPagina=4&intPublicacion=13&intEdicion=9&intIdiomaPublicacion=1&intArticulo=2742&intIdiomaArticulo=1
[ii]Brousse, M.H.: “Violencia en la cultura. De la violencia legitimizada a la radicalización de la violencia”, Violencia y explosión de lo real. Bitácora Lacaniana. Número extraordinario, Grama Ediciones, 2017, p. 18.
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DE LA INDIGNIDAD DEL SÍNTOMA A LA DIGNIDAD DEL SINTHOME por María Hortensia Cárdenas

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DE LA INDIGNIDAD DEL SÍNTOMA A LA DIGNIDAD DEL SINTHOME

María Hortensia Cárdenas (NEL)
mhcardenas@gmail.com

 https://ix.enapol.org/es/boletin-oci-9/

JL-5476

La indignación es sin mediación

Podemos abordar el tema de la indignación desde varios sesgos y se podría decir que de lo que se trata es de un afecto insufrible ante una afrenta, como la injuria que viene del Otro como indigna, que deja al ser ignorado, desestimado, desalojado, en la indiferencia, en la injusticia. Desde una posición subjetiva, la indignación puede ser un obstáculo a la dignidad de la singularidad. La indignación supone haber perdido la dignidad, cuando algo de la pulsión surge separada del semblante y es el goce el que aparece acompañado de angustia.

Pero cuando se trata del goce pulsional de cada uno, nos topamos con un imposible de resolver de modo colectivo¹. Los movimientos sociales, públicos, ‒y en este punto se puede argumentar que la lectura de lo social es fantasmática‒ no dicen nada del goce privado que hace falta tramitarlo en la experiencia analítica.

Del actuar sobre las pasiones

Cada uno construye su estrategia neurótica para defenderse de lo real y la indignación está presente desde el vamos de la demanda de análisis, cuando la singularidad del sujeto es suprimida o rechazada. En el curso de un análisis las pasiones tienen su lugar y forman un nudo pasional analista-analizante con los restos sintomáticos². Las pasiones atraviesan la experiencia analítica, llevan la marca de lo insoportable del goce. La indignación, cólera, ciertas tristezas, se fundamentan en una relación de amor que conlleva un resto fundamental de rechazo, de odio.

¿Cómo la política del síntoma se muestra en la intervención analítica o en el actuar sobre las pasiones?

Lo que los testimonios enseñan es que se trata del actuar de un analista, pero sobre todo del actuar del analizante. De parte del analista de alojar de la buena manera, sin pasión del analista, lo que Freud llamó la neutralidad del analista y Lacan precisó mejor desde la ética en tanto se supone operatorio el deseo del analista. De parte del analizante arribar a reconocer que quien rechaza lo más singular de uno es el propio sujeto, no el otro. En cada caso es la división del sujeto contra sí mismo. El odio a mi propio goce del cual estoy separado³.

Un recorrido analítico iría de la indignidad del síntoma a la dignidad del sinthome. En última instancia solo hay la dignidad del sinthome. Los testimonios de los AE demuestran cómo la pasión analítica se puso en juego y la resolución que encontró al final en la relación con el analista. Demuestran también que la dignidad del significante no resuelve la cuestión del goce porque más allá de la dimensión fantasmática con la que cada uno se las arregla para sostener su Ser lo que realmente dignifica es lo Uno de la diferencia incomparable del parlêtre. Ellos enseñan que ante el encuentro con Un real y el cuerpo depurado de su revestimiento fantasmático, se puede tener la oportunidad de otorgarle una nueva dignidad al sinthome. Esto implica ir del rechazo del goce del Otro a verse confrontado con su propio goce que hasta ese momento desconocía su real dimensión.

Billetes

¹ BASSOLS, M., Una política para erizos y otras herejías psicoanalíticas. Grama, Buenos Aires, 2018, p. 105.

² LAURENT, É., “Violencias y pasiones. Sus tratamientos en la experiencia analítica”. In: Bitácora Lacaniana, N° 5, Grama: Buenos Aires, 2016, p. 22.

³ _____________ “Ana Lydia Santiago pregunta a Éric Laurent”, video en Boletín OCI – 3, https://ix.enapol.org/es/boletin-oci-3/

 

Ley y Corrupción. Hacia una lectura psicoanalítica. Por Marita Hamann

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Ley y Corrupción

Hacia una lectura psicoanalítica*

Marita Hamann

Retablo-4667

La corrupción política, qué duda cabe, es uno de los principales significantes del discurso contemporáneo y, en tanto que tal, un síntoma que agita todo tipo de pasiones. Es, pues, el nombre privilegiado del goce que ensombrece a todo aquel que ejerza una función pública, por donde se demuestra la falla del orden social, evidenciando que no hay Otro, código o ley, capaz de regular el desvarío de los apetitos de la pulsión. Desde ese ángulo, si el tema nos interesa es porque su extensión corroe el pacto social, la confianza en las leyes y arrastra consigo la degradación de la palabra. Esa corrupción que ha llegado al escándalo remite a lo que se pudre y suscita un horror que los Ideales, hasta no hace mucho, habían velado. Hoy por hoy, no existe, prácticamente, actor político libre de sospecha. Pero también empuja a un nuevo Ideal: el de la acción purificadora de una justicia ciega e implacable.

La historia muestra que, por lo general, eso acaba en la decepción y la decepción, unida a la impotencia, suele llamar a lo peor.

Corrupción, siempre hubo

“La corrupción es el aire de la política”, dice J.-A. Miller[1], recordando a Robespierre, “el incorruptible”, quien intentó hacer una purga que acabó con su propia muerte.

Por estos lares, es cosa sabida que en los Virreinatos de la Corona española, desde México hasta Buenos Aires, pululaba la corrupción. [2] Corregidores e indígenas se las ingeniaban para evadir tributos, cooperaban en el contrabando burlando a las aduanas y hasta se vendían los cargos públicos por mucho que se pregonara la importancia del mérito para ocuparlos; incluso, esos cargos, llegaron a heredarse. Los Visitadores enviados por la casa de los Borbones durante el s. XVIII, intentaron imponer un ordenamiento que, finalmente, tampoco duró mucho tiempo después de su partida.

Ya entonces se revelaba que la autoridad no emanaba de Dios, aunque el poder de la Iglesia fuera innegable. En cualquier caso, se la podía burlar cuantas veces fuera posible sin sacudir demasiado cierto semblante de orden. Los habitantes de estas tierras mostraban así que su sujeción a la Corona no era total y que establecían una cierta separación respecto a sus ideales y propósitos. Era un modo velado de no someterse totalmente ya que tampoco se pertenecía por completo al Reino, del que, sin embargo, se servían para preservar su lugar en la jerarquía social. Se mantiene, así, durante tres siglos, una regulación de las castas y la gradación social apoyados en la idea de raza, sexo y origen.

Otros intentos moralizadores ocurrieron en el Perú durante la Republica. Destaca entre ellos el Tribunal de Sanción Nacional creado por la entonces Junta Transitoria de Gobierno luego del oncenio de Augusto B. Leguía, quien fuera derrocado por Sanchez Cerro en 1930. La Junta se propuso restaurar el equilibrio de poderes del Estado y sancionar los delitos de peculado y enriquecimiento ilícito.[3] Cualquier ciudadano podía denunciar a un funcionario público ante el Tribunal. Pero, luego de una serie de avatares, solo unas quince denuncias llegaron hasta la emisión de una sentencia y no involucraron a los funcionarios más importantes, salvo al propio Leguía y a su hijo.

Leguía administraba el gobierno casi a su antojo; por ejemplo, le otorgó una comisión metalúrgica a un contendor político, según contó él mismo en sus memorias publicadas póstumamente, luego de que este le enviara una carta contándole sus penurias y prometiéndole no volver a actuar contra él nunca más. El Presidente quedó tan conmovido que, luego que cesara la comisión que le encargó, le concedió, además, treinta años nominales por servicios prestados a la Nación, “a pesar del dictamen en contrario que la Comisión de Policía del Congreso suscribió”.[4] Lo llamativo, en este caso, es que, en su criterio, no había nada que objetar a su decisión, tan convencido estaba de su propia autoridad.

En una época reciente, comenzando el siglo, fueron llevados a juicio y encarcelados el ex Presidente Alberto Fujimori y su siniestro asesor, Vladimiro Montesinos, además de un conjunto de militares y paramilitares de los que ese gobierno se sirvió. Pero, como todos sabemos, al gobierno de Fujimori le sucedió el gobierno de Alejandro Toledo, quien había liderado “la marcha de los cuatro Suyos” poco antes del destape de los llamados “vladivideos”, en los que se mostraban las montañas de dinero con las que Montesinos compró a políticos y medios de comunicación. Una de las primeras decisiones de Toledo fue nombrar a un Procurador Anticorrupción, solo que esta Procuraduría especial nunca recibió dinero de las arcas del Estado para ponerse en acción. El resto, es historia conocida.

No obstante, es patente que los liderazgos de Fujimori (“Un Presidente como tú”) o de Toledo (“el cholo sano y sagrado”) no responden a las mismas coordenadas que las de Leguía, pues aquí no se trata más del carisma que arrastraría un fiel representante de la oligarquía.

La corrupción de hoy, la democratización del goce

La corrupción del sistema político de hoy es la verdad del sistema económico neoliberal. Para ganar mercados, las empresas no tienen más remedio que pasar por los Estados: su modo de competir es fraguando componendas con los agentes del Estado, entre otras cosas, para sobrepasar el fardo de la burocracia y la multiplicación de reglamentos que traban el acceso a las empresas que no tengan experiencia contractual de larga data con el Estado. El mercado libre es un mito; las empresas que dicen defenderlo, en realidad, no lo soportan.

Si en países como los Estados Unidos la corrupción parece mejor regulada, es así porque en ese país la construcción de lobbies con los Parlamentarios es legal y pública. Asimismo, si se diera el caso, la defensa de sus mercados puede mantenerse mediante su posición como gendarme del mundo, bajo cuya ala otros países se resguardan, por cierto, cosa que hizo parte de la campaña de Trump sin que por ello esa posición se haya modificado drásticamente.

Tampoco podemos olvidar que las denuncias contra la más alta corrupción se acompañan, muchas veces, de la fascinación que suscita el supuesto goce al que acceden quienes ostentan el poder. Como recuerda J.-A. Miller[5], “La rebelión en nombre de la justicia es a menudo habitada por una rebelión causada por el goce, por una envidia de goce… [De estos celos de goce] conviene estar en guardia si queremos rebelarnos de la buena manera, es decir, sin llevarlo a cabo en el modo suicida”.

El caso es que, actualmente, poco importa si algunos líderes políticos como el propio Trump caen bajo la sospecha de actos corruptos. Los nuevos liderazgos, en muchos casos, no están encarnados por personas que parezcan reunir grandes virtudes o cualidades excepcionales; antes bien, son una suerte de hermano mayor, uno como ese “nosotros” constituido por una mayoría que se siente marginada del disfrute de los bienes del mercado. Las minorías, poco interesan, salvo por el hecho de que el sentimiento de marginalidad es cosa de muchos.

Estamos ante la democracia del goce. “El goce hoy es necesariamente democrático, es un para todos, rechaza toda idea de privilegio”, dice M.-H. Brousse.[6] La diferencia ya no reside tanto en la exclusión de algunos ni en el lugar de la excepción ocupado por otros según alguna jerarquía social: para conquistar la satisfacción, no hay excepción que valga.  Es aquí donde se afianza el empuje a la imposible fraternidad contemporánea.

“El término hermano está en todas las paredes, Libertad, igualdad, fraternidad. Pero les pregunto, en el punto de la cultura donde estamos ¿de quién somos hermanos?”, dice J. Lacan. [7] No es casual, como hemos visto en el caso de la corrupción del poder judicial, el caso Lavajuez por analogía con el de Lavajato, que se denomine a esta organización criminal como la comunidad de “los hermanitos”, en vista de la frecuencia con la que se llamaban a sí mismos de ese modo. Es esa supuesta fraternidad del goce, ciertamente engañosa, lo que la vuelve obscena: una complicidad que comparte el secreto del goce oscuro y disfraza la rivalidad por el poder que la sustenta. Podemos distinguir así, aunque la línea divisoria no siempre sea clara, la corrupción en el ordenamiento jerárquico, como en la época de la Colonia o aún en la de Leguía, versus la corrupción en la época de los unos solos: cada uno, uno entre los demás y, eventualmente, uno como los demás, pero, en lo más íntimo, cada uno a merced de sí mismo.

Y continua J. Lacan: “Sepan que lo que crece, que aún no hemos visto hasta sus últimas consecuencias, y que arraiga en el cuerpo, en la fraternidad del cuerpo, es el racismo. No dejarán de escuchar hablar de él”.[8] Pues, esa relativa fraternidad consigo mismo está siempre lista para rechazar al vecino, que hace su fiesta de otro modo.[9]

Cicatrices de la evaporación del padre

La profunda decepción causada por las promesas de la izquierda de Lula ha dado lugar, en el Brasil, a una revuelta orientada a la expulsión de todo lo que se considere hetero. En Brasil, acecha el retorno de la bestia inmunda, como se expresa A. Harari[10], llevada al poder por la mayoría de los electores independientemente de toda consideración acerca de la legitimidad de sus propuestas. Como señala M.-H. Brousse: “Tocqueville ponía ya en evidencia que la democracia, hasta el presente, ha elegido siempre como S1 a la mayoría, es decir, lo cuantificable, el número. Lo que hace oponer implacablemente las libertades generales y la libertad de cada uno.  Esta tensión es hoy en día patente en el primer plano de la escena contemporánea. La mayoría, en posición de S1, ha reemplazado al padre”.[11]

Pero no se trata de cualquier mayoría. Es patente que términos como lucha de clases u otros análogos han quedado en desuso mientras que aquellos relativos a los nacionalismos y a la discriminación de todo tipo adquieren cada vez más importancia para indicar el supuesto lugar del conflicto social. La discusión tiende a apartarse del campo de la economía política, en el que el margen de maniobrabilidad parece estrecho. Antes que las derechas o izquierdas otrora vigentes, encontramos movimientos conservadores que anhelan un retorno a la tradición y pretenden reforzar algún residuo patriarcal y, al lado, la lucha de las minorías por conquistar derechos legítimos, trátese del reconocimiento de los derechos de los movimientos LGTBI o de los migrantes, por ejemplo.

Siguiendo a A. Di Ciaccia: “Cuando lo que se pone en juego es la función paterna, se produce una segregación simbólica que logra dar a cada uno su lugar consintiéndole el goce que le compete. […] Una vez que el padre se ha evaporado, la segregación en lo real no podrá sino expandirse como una mancha de aceite.”[12] Es decir que, como expresa J. C. Indart[13], hay una relación profunda entre la función del padre y la segregación simbólica, en el sentido de consentir o prohibir una satisfacción y proveer del semblante que permita acomodarse a un orden social; es la que tiene efectos represivos en la bipartición sexual. Pero cuando la función paterna se evapora y el orden simbólico se resquebraja, la segregación se produce en lo real de manera descarnada, tal y como evidenciaron los campos de concentración, cuyo último o primer origen es el rechazo del goce malo en uno mismo, catalizado esta vez por el semejante, cualquiera fuese.

Nótese que los movimientos conservadores, sea que se sitúen a la izquierda o a la derecha, suelen combatir los feminismos, y en esto, precisamente, reside su sello distintivo, o sea que, partiendo por las mujeres, segregan a todas las minorías. Los radicales que buscan el retorno de la tradición, tienden a agruparse bajo un orden de hierro, un ser “nombrado para…” que fijaría el lugar de cada uno y cada una en la sociedad a la que pertenece. Así pretenden resolver el temor al anonimato, al desamparo y la falta de pertenencia, suturando el agujero de la identidad y la desorientación sexual. Todos ellos, efectos, a su vez, del estado actual de la civilización, atravesada por el discurso científico y el neoliberalismo. El ascenso que vienen adquiriendo los movimientos religiosos evangelistas es, en este lado del mundo, expresión clara de esa cicatriz de la evaporación del padre que ha favorecido significativamente a líderes como Trump y Bolsonaro. Y de estos se sirven quienes pretenden ocupar el poder o mantenerlo.

El desorden simbólico contemporáneo también da lugar a la emergencia de lo nuevo, siempre amenazado, sin embargo, de ser arrastrado a lo mismo. Como advierte M.- H. Brousse: “De las minorías Lacan subraya su poder de innovación del vínculo social. Las sitúa del lado de la perversión y de la sublimación en tanto que atacan las normativizaciones de los modos de goce. Las minorías, ¿serán los escabeles de la democracia, o bien la causa de su transformación en segregación generalizada?”.

El caso del Perú

La lucha contra la corrupción en el país quiere instalar que ningún “Padre de la patria” quedará impune en esta oportunidad, trátese del Poder Ejecutivo, Legislativo o Judicial. De hecho, la denominación misma de “Padre de la Patria” resulta hoy molesta y excesiva. Dos son los fiscales principales en el caso Lavajato y dos mujeres las fiscales del caso Lavajuez; una contingencia colocó a los primeros en ese lugar, con consecuencias inesperadas. La indignación popular fue acogida por el Presidente M. Vizcarra, permitiéndole legitimar su representación, en vista de que accedió al poder debido a la renuncia del Presidente electo, P.P. Kusczyinki, dadas las acusaciones de corrupción que pesaban contra este. Así, un pequeño conjunto de funcionarios públicos, hasta entonces desconocidos, lideraron una ola que ha tomado al país en una suerte de miniserie que captura a su audiencia con una sorpresa nueva cada semana. No hay líder de izquierda o de derecha que quede libre ni Presidente que se escape, salvo que, por desgracia, prefiera el suicidio, como fue el caso del ex Presidente, Alan García.

Ni indiferencia ni cinismo: el país se ha movilizado en cada ocasión en que las denuncias han intentado ser desestimadas y los actores de la Justicia son representados como superhéroes.

También es observable cómo ciertos sectores políticos que buscan frenar este impulso se sirven de los movimientos evangelistas más recalcitrantes para sostenerse, los mismos que se han exacerbado en el acrecentamiento de su mutualismo. Es patente que la corrupción consigue servirse del miedo y el puritanismo acaba siendo solidario del encubrimiento.

Por otra parte, el discurso del Derecho se coloca en el primer plano: los abogados son, hoy en día, los principales intérpretes de la historia y se los busca para orientarse. El problema reaparece cuando se trata de las minorías LGTBI y aquellas otras cuyas formas de vida ancestrales se resisten a ser integradas a los mercados comunes, como es el caso de las minorías indígenas de casi cualquier parte: los asháninca en el Perú como los habitantes de Tierra del Fuego, Alaska y otros. Eventualmente, estas comunidades se prestan a la corrupción, pero también se oponen al llamado al orden cuando se pretende someterlas desconociendo sus modos singulares de organizarse; los Códigos legales no consiguen uniformizarlas. Asimismo, la Ley pierde autoridad cuando se premia con dinero a quienes detectan el incumplimiento de las normas, como en el caso de la SUNAT[14] y el de la Policía de Tránsito, lo que, en este último caso, tuvo que suspenderse debido al repentino incremento de papeletas dudosas.

Asistimos a un país convertido en un gran laboratorio. El combate ha permitido ganar en ciudadanía, el interés en la vida política ha resurgido. ¿Podemos suponer que la indignación ha sido fructífera? Eso dependerá del espacio público que encuentren ciertos populismos, aquellos que refuerzan la segregación real arrastrando a las masas al desvarío pulsional para distraer al sujeto de sus legítimas batallas. Esos populismos son mortíferos cuando se mueven por la pasión del número, a la conquista de nuevas mayorías, aboliendo las particularidades. No es ese el horizonte de una Democracia respirable.

Finalmente, el psicoanálisis habrá de desprenderse de todo prejuicio respecto a la distribución tradicional de los goces para leer los acontecimientos como corresponde.

*El presente texto introduce el III Foro Zadig, a realizarse en Lima el viernes 16 de agosto de 2019, en el marco preparatorio de las XIII Jornadas de la NEL-Lima, “¿Qué es un padre? Consecuencias clínicas y políticas de su declinación” (17 y 18 de agosto de 2019).

 

[1] Vidal, L., “Entrevista a Jacques-Alain Miller para el Diario El Punt-Avui”, Conversaciones clínico-políticas, Madrid, Gredos, 2013, p. 245.

[2] Cf. O’Phelan, S., “Orden y control en el siglo XVIII. La política borbónica frente a la corrupción fiscal, comercial y administrativa”, El Pacto infame. Estudios sobre la corrupción en el Perú, Red para el desarrollo de las Ciencias Sociales en el Perú, 2005, p. 13-34.

[3] Cf. Portocarrero, F. y Camacho, L., “Impulsos moralizadores: el caso del Tribunal de Sanción Nacional 1930-1931”,  op. cit., p. 35-74.

[4] Ibid., p. 47

[5] Miller, J. A., “¿Cómo rebelarse?”, Freudiana, no65, mayo/agosto 2012, p.75.

[6] Brousse, M.-H., “Democracias sin padre”, Intervención en el Fórum europeo de Turín de la EFP, “Deseos decididos por la democracia en Europa”, 18 de noviembre de 2017, https://zadigespana.wordpress.com/2018/01/20/democracias-sin-padre/

[7] Lacan, J., El Seminario, libro19, …o peor, Buenos Aires, Paidós, 2014, p. 230.

[8] Ibid., p. 231.

[9] C.f., Miller, J.-A., Extimidad, Buenos Aires, Paidós, 2010, p. 53.

[10] Harari, A., “A besta imunda está de volta”, Intervención en el Fórum de la EBP, “Psicoanálise e Democracia”, 10 de octubre de 2018, https://www.ebp.org.br/correio_express/extra002/texto_AngelinaHarari.html

[11] Brousse, M.-H., op. cit.

[12] Di Ciaccia, A., “Una carta”, Revista Lacaniana de Psicoanálisis, no20, junio 2016, p. 31.

[13] C.f., Indart, J. C., “Sobre la cuestión del padre”, Revista Lacaniana de Psicoanálisis, no21, octubre 2016, p. 115.

[14] Superintendencia Nacional de Aduanas y de Administración Tributaria.

Programa de las XIII Jornadas ¿Qué es un padre?

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XIII JORNADAS DE LA NEL-LIMA
Afiche Jornadas NEL-Lima cuadrado

¿QUÉ ES UN PADRE?

CONSECUENCIAS CLÍNICAS Y POLÍTICAS DE SU DECLINACIÓN

“Hay ocasiones en que descubro con cierta claridad que soy descendiente de japonés. Generalmente sucede en situaciones críticas, y me sorprendo porque siento que algo profundo viene y cambia el rumbo de mis reacciones previsibles. Mi normal tendencia al desánimo, por ejemplo, se hace temple inusual. No es una petulante apelación al estereotipo de japonés imperturbable ante la adversidad; es una íntima presión que me señala una responsabilidad: sé como tu padre. […]

Creo que el refrenamiento, la contención, es el aspecto que más aprecié de mi padre, el que más me impresionaba. Mis hermanos y yo terminamos por controlar nuestras expansiones ante él. Nunca nos lo pidió, pero de alguna manera supimos que él siempre esperaba de nosotros un comportamiento más discreto, más recogido de maneras. Era una forma de represión, sí, pero no castrante, sino para estar más cerca del orden natural. La naturaleza, aun cuando es violenta, no hace aspavientos. Cuando somos aspaventosos estamos haciendo comentarios agregados e innecesarios a nuestros actos, que son naturales, todos”.

(“Elogio del refrenamiento”, José Watanabe)

 

 

Lugar: Hotel Estelar, Av. Benavides 415, Miraflores

 

Sábado 17 de agosto

9:00 – 9:15 am
Bienvenida
Elida Ganoza. Directora de la NEL-Lima

9:15 – 10:15 am
¿Qué puede decirse de un padre? Primera parte del seminario

A cargo de Mauricio Tarrab. Analista Miembro de la Escuela (AME) de la Escuela de la Orientación Lacaniana (EOL) y de la Asociación Mundial de Psicoanálisis (AMP)

Coordina: Elida Ganoza. Miembro de la Nueva Escuela Lacaniana (NEL) y la AMP

10:15 – 10:45 am. Coffee Break

10:45 – 11:45 am
I Mesa Plenaria

El estatuto del padre en la subjetividad contemporánea

Padre síntoma y masculinidad en la actualidad
Ángela Fischer. Analista Miembro de la Escuela (AME) de la NEL y la AMP

Declina, en sororidad, un sentimiento sin nombre
Laura Benetti. Asociada a la NEL-Lima
Comentarios: Marita Hamann. Analista Miembro de la Escuela (AME) de la NEL y la AMP

11:45 – 12:45 pm
II Mesa Plenaria
Usos del padre en la experiencia analítica y sus consecuencias en la formación del analista
Ir más allá del padre como semblante a condición de servirse de él como función

Fernando Gómez. Analista Miembro de la Escuela (AME) de la NEL y la AMP

El sueño del padre

María Hortensia Cárdenas. Analista Miembro de la Escuela (AME) de la NEL y la AMP

Comentarios: Alfonso Gushiken. Miembro de la NEL y la AMP

12:45 – 2:45 pm. Almuerzo

2:45 – 3:45 pm
I Mesa clínica
Declinaciones del padre

Un nombre que produce y cuida

Carlos Flores Galindo. Asociado a la NEL-Lima

Un bosquejo de padre

José Miguel Ríos. Asociado a la NEL-Lima

Comentarios: Marcela Almanza. Analista Miembro de la Escuela (AME) de la NEL y la AMP
3:45 – 4:45 pm
II Mesa clínica
Usos del padre en la experiencia analítica

Un espacio en blanco

Renato Andrade. Miembro de la NEL y la AMP

Perfeccionista como mi padre

Renzo Pita. Asociado a la NEL-Lima

Comentarios: Raquel Cors. Analista de la Escuela (AE), miembro de la NEL y la AMP

4:45 – 5:45 pm

III Mesa clínica

Declive de la función o forclusión del Nombre del Padre

Enseñar lo imposible

María Cristina Giraldo. Analista Miembro de la Escuela (AME) de la NEL y AMP.

¡Soy una mujer aparte!

Mackling Limache. Miembro de la NEL y la AMP

Comentarios: Mauricio Tarrab

 

5:45 – 6:15 pm.  Coffee Break
6:15 – 7:15 pm

¿Qué puede decirse de un padre? Segunda parte del seminario

A cargo de Mauricio Tarrab.

Coordina: Patricia Tagle. Miembro de la NEL y la AMP

 

 

Domingo 18 de agosto

 

9:00 – 10:00 am

Conferencia

La formación del analista en la Escuela del Pase

Marcela Almanza. Analista Miembro de la Escuela (AME) de la NEL y la AMP, Presidente de la Nueva Escuela Lacaniana (NEL)

Coordina: María Hortensia Cárdenas

 

10:00 – 10:30 am Coffee Break

 

10:30 –11:45 am

Testimonio del pase

El impacto (épater) del padre

Raquel Cors. Analista de la Escuela (AE) de la Escuela Una, miembro de la NEL y la AMP.

Comenta: Mauricio Tarrab

Coordina: Elida Ganoza

 

11:45 am

Cierre

Elida Ganoza

 

 

 

 

 

Notas sobre el padre. Por Renzo Pita

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Notas sobre el padre

Cartel-5084

Me gustaría empezar leyendo algo que leí hace un tiempo del poeta nikkei peruano José Watanabe. Se trata de un fragmento de su texto titulado “Elogio del refrenamiento” que considero muestra de manera clara y sencilla lo que en psicoanálisis llamamos función paterna:

“Hay ocasiones en que descubro con cierta claridad que soy descendiente de japonés. Generalmente sucede en situaciones críticas, y me sorprendo porque siento que algo profundo viene y cambia el rumbo de mis reacciones previsibles. Mi normal tendencia al desánimo, por ejemplo, se hace temple inusual. No es una petulante apelación al estereotipo de japonés imperturbable ante la adversidad; es una íntima presión que me señala una responsabilidad: sé como tu padre.

[…]

Creo que el refrenamiento, la contención, es el aspecto que más aprecié de mi padre, el que más me impresionaba. Mis hermanos y yo terminamos por controlar nuestras expansiones ante él. Nunca nos lo pidió, pero de alguna manera supimos que él siempre esperaba de nosotros un comportamiento más discreto, más recogido de maneras. Era una forma de represión, sí, pero no castrante, sino para estar más cerca del orden natural. La naturaleza, aún cuando es violenta, no hace aspavientos. Cuando somos aspaventosos estamos haciendo comentarios agregados e innecesarios a nuestros actos, que son naturales, todos”.

Quisiera apoyarme en este pequeño fragmento para explicar algunos aspectos acerca la función paterna. Todo el texto de Watanabe en realidad en muy útil para esto.

En primer lugar, podemos señalar de qué manera la función del nombre del padre opera con un mecanismo propio de una metáfora. La función paterna consiste en fundar una metáfora en un sujeto. No es cualquier metáfora. Podríamos decir que la función paterna instaura algo que podríamos expresar con la frase “de aquí en adelante esto en lugar de aquello”. Cuando el autor nos dice que el padre esperaba un comportamiento más discreto, un refrenamiento, podemos suponer ahí, entre líneas, la operación de una metáfora.

Este acontecimiento tiene sin duda una serie de consecuencias, puesto que sabemos que habilita una serie de cosas y complica otras.  Quizás lo más interesante de la función paterna son sus límites, puesto que el sentido común que establece y el rumbo que intenta imponer al goce no deja de producir síntomas. Pero también vemos que la función paterna, en tanto instaura un “de aquí en adelante esto”, habilita un nuevo modo de situarse, un nuevo modo de establecerse en el mundo. Tal como lo expresa Marcelo Barros, a partir de la instauración de la metáfora paterna, se entra en una serie, en una sucesión, en una metonimia que tuvo su inicio en ese significante novedoso que es una orientación, y que en nuestro ejemplo remite al refrenamiento.

No es poca cosa tener una orientación, aunque a veces se la juzgue como algo de mala calidad. El autor de nuestro texto parece conocer bien las limitaciones de la suya, y comenta que siempre deseo que su padre fuera más expresivo.

También es posible pensar a la función paterna como un recurso, un instrumento significante que, como hemos dicho, permite introducirnos al mundo de una determinada manera y en ese sentido ya no se trataría del mismo mundo. No es equivocado referirnos a la función paterna como un comienzo. El nombre del padre es eso que inventa un origen, no se trata de cualquier metáfora. Lo propio de la metáfora paterna es su potencia fundadora.

Si esta función puede ser descrita como un recurso significante que marca un comienzo, que funda un antes y un después, es por su proximidad al goce y al sin sentido. Si esta función opera como una orientación que permite un nuevo modo de situarse, es por su estrecha relación con aquello para lo que no hay orientación. Topológicamente está ligado al agujero de sentido y al goce que irrumpe. Pretende ser el significante que viene a marcar el lugar del S(A/).

Es por eso que la angustia puede ser entendida también como la contraparte de la función paterna, ella puede ser entendida como una señal de la falla de esta función. La angustia puede ser también un llamado al padre, a un nuevo orden, a una metáfora que invente alguna orientación ahí donde no hay sentido y abunda un goce difuso.

Todo esto revela el carácter ficcional de esta función, muestra su artificialidad. Se trata de poner una invención ahí donde antes había angustia, invación de goce, etc. La potencia de esta metáfora está en que supone un acto frente al agujero, eso es lo que la convierte en una “metáfora viva”, dice Barros. No todas las metáforas tocan algo de lo real.

Este sustrato artificial de la función paterna, lo liga directamente con la creencia, con la fe. No tiene sentido tomar, por ejemplo, la orientación del refrenamiento. Hay una arbitrariedad en eso. La elección de ese camino supone haber creído en el padre. Se podría decir que el padre para funcionar necesita que se crea en él.

Hace un tiempo un analizante me contó que cuando era niño su familia se mudó a una nueva casa donde él tendría por primera vez su propia habitación. La primera noche en esa casa tuvo dificultades para quedarse dormido, por temor a que apareciera algún tipo de fantasma o algo por el estilo. Recuerda que la siguiente noche su padre lo acompaño hasta quedarse dormido y le dijo, buscando su tranquilidad, que no se preocupe, que él nunca habría comprado una casa donde haya algo que le pudiera asustar. Cuenta este paciente que las siguientes noches, para evitar el miedo y conciliar el sueño,  le servía mucho apoyarse en lo que su papá le dijo en aquella oportunidad.

Frente a lo nuevo, frente a lo extraño, puede ser muy útil para un niño creer en el padre.

 

 

 

 

 

 

Cólera y amor en la comedia de los sexos. Por Darío Calderón

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Cólera y amor

Texto para la noche de carteles del IX ENAPOL

NEL-4264

La convocatoria para la formación de los carteles del IX ENAPOL Odio, cólera e indignación pedía elegir entre uno de los tres conceptos del título. La elección fue rápida al asociar una frase que me resulta familiar: “¡Me da cólera que te quedes callado como si no te importara!” Palabras algo usuales en boca de mi esposa ante mi silencio. Casi sin notarlo -pues fue necesario esperar a la primera reunión de trabajo- ya había perfilado mi sujeto de cartel: cólera y amor en la comedia de los sexos.

Inicialmente fuimos cinco en el cartel, pero actualmente lo componemos Liliana Bosia, miembro de la APEL  Santa Cruz como más uno, Luciana Méndez, asociada de la NEL Maracaibo y yo. Nos reunimos quincenalmente a través de una llamada por Skype. Las reuniones suelen girar en torno a bibliografía que leemos en conjunto, como el argumento, extractos de los seminarios o algún artículo y comentamos cada quien a partir del rasgo elegido. La dinámica ha sido bastante libre, con presentación de algunas ideas personales y discusión abierta de los temas que nos interesan. Para darles una idea más concreta, para la última reunión de cartel antes de esta presentación, yo contaba apenas con tres párrafos y algunas ideas sueltas, así que aprovecho esta nueva convocatoria para producir algo más.

Más allá de lo dicho en el argumento del ENAPOL no encontramos mucho acerca de la cólera así que Liliana nos invitó a revisar la fuente. En el seminario 6 El deseo y su interpretación, Lacan comenta:

“[…] La cólera no es otra cosa que esto: lo real que llega en el momento en que hemos hecho una muy bella trama simbólica, en que todo va muy bien, el orden, la ley, nuestro mérito y nuestra buena voluntad. De repente nos damos cuenta de que las clavijas no entran en los agujeritos. Ese es el origen del afecto de la cólera. Todo se presenta bien para el puente de pontones en el Bósforo, pero hay una tormenta que agita el mar. Toda cólera es agitar el mar.”

Me gusta la imagen que plantea Lacan. Un puente de pontones –conocido por mí como puente flotante- consiste en un tablero apoyado sobre una serie de elementos flotantes que sirven para mantenerlo en una situación más o menos fija, pero capaz de adaptarse a las subidas y bajadas de la marea. Parece que la cosa anda, pudiendo ser incluso más estable que un puente fijo. Para mayor seguridad podemos recurrir a la ciencia con sus cálculos, los avances en la física y en la ingeniería, pero de pronto llega la naturaleza, la tormenta agita el mar y supera la adaptabilidad del puente fuera de todo pronóstico.

A estas alturas, el texto ya resuena en mí de manera especial, pero vamos por un detalle más. La referencia al Bósforo como un estrecho que separa la parte europea de Turquía de su parte asiática hace del puente algo casi romántico, con la función de unir aquello que por naturaleza está separado. Me recuerda a esa imagen de una media naranja unida rudimentariamente con un medio limón, a modo del monstruo de Frankenstein.

Entonces, leyendo la referencia de Lacan a los ojos de mi sujeto de cartel puedo tomar el estrecho del Bósforo como la no relación sexual. El puente podría ser el amor que genera la ilusión de una unión entre un hombre y una mujer. En este caso, Turquía europea y Turquía Oriental. El orden simbólico supone un escenario más o menos calmo, donde el puente se mueve ligeramente siguiendo el ritmo de la marea, pero permite la conexión de un lado con el otro. Es ese estado de la relación en que las cosas van bien, cuando uno se la pasa lindo. Lo real es la contingencia, el malentendido, la discusión, eso que sucede y uno se pregunta ¿y por qué está molesta?

Cuando el puente está en pie, aunque algo tambaleante por la corriente pero funciona, se da lo que Gerardo Arenas denomina goce del encastre. Etimológicamente encastre es el acoplamiento de dos piezas y en este caso para Arenas es la satisfacción por la creación de algo nuevo a partir de dos elementos diferentes. Entiendo que, si primero tenemos A y B separados, luego la unión AB es algo distinto y produce un goce.

Tenemos de un lado al sujeto femenino, con una idea más o menos clara de qué le falta y de dónde puede buscarlo. El sujeto femenino amante cree que del otro lado del puente se encuentra su amado, con aquello que ella necesita. Mientras tanto, del lado masculino el sujeto se encuentra amenazado por la castración, temiendo cruzar el puente y muchas veces prefiriendo gozar en silencio a partir de su fantasma.

Es momento de retornar a la frase del inicio. Cuando mi esposa dice “¡Me da cólera que te quedes callado como si no te importara!” son muchas las cosas que están sucediendo. Cuando ella habla y uno escucha, se sostiene el puente. Pero cuando deja de hablar y el silencio continúa, es decir, no obtiene la respuesta que esperaba, la clavija no entra en el agujerito.

Ahí donde no llegó la palabra de amor, el sentimiento de injustica ocupa su lugar. Se formula algo así como “yo que me parto contándole a este hombre todo lo que me sucede para que a él no le importe un comino”. Luego pasamos al deseo de venganza, pero no contra lo real de la no relación sexual sino dirigida a alguien, a aquel que debía estar del otro lado del puente y cruzarlo, pero no lo hizo. Ahí es cuando el mar se agita y las olas no sólo azotan contra las bases del puente, sino también contra ambas orillas. El rostro se enrojece, las palabras vuelan…

“Felizmente” hay un punto de elección de goce. ¿A qué me refiero? A que pasada la tormenta uno puede tratar de restablecer el puente y sostenerlo hasta la siguiente contingencia. Estando advertido que tarde o temprano sucederá. Pero también habrá quien decida pasarla mal, hacer de cada aumento de marea una tormenta y sabotear las bases del puente.

Hasta aquí he llegado. Un tema que tengo pendiente es revisar las fórmulas de la sexuación en búsqueda de las diferencias en la cólera del lado masculino y del lado femenino. El trabajo continúa.

 

Darío Calderón

 

El odio en el laberinto. Por Enrique Delgado

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El odio en el laberinto

Enrique Delgado

No habrá nunca una puerta. Estás adentro
Y el alcázar abarca el universo
y no tiene ni anverso ni reverso
Ni externo muro ni secreto centro.

(El laberinto, Jorge Luis Borges)

NEL-4261

El odio es polifacético. Tiene más de una cara, más de un lado. Lados que, en una suerte de topología laberíntica, pueden llevarnos hacia lugares conocidos o insospechados. Un primer lado, usualmente destacado en los textos lacanianos, es el del ser, el del odio como una de las pasiones fundamentales junto al amor y la ignorancia[1].  Desde este lado, se destaca al odio como una pasión que apunta a la destrucción del ser, al rechazo de la alteridad, del goce del Otro. Otra cara,  contigua a la primera, es la del saber. Desde allí el odio  puede ser, también, faro de lucidez. El trabajo realizado por Lacan nos permite, precisamente, orientarnos en este laberinto de pasiones y pulsiones en el cual “El verdadero amor desemboca en el odio” (Lacan, s.f. a, p.16).

Ahora bien, el lado del saber no es uno sino, cuando menos, dos. O, más precisamente, uno pero doble: el odio como condición para el saber y el odio como de-suposición de saber. Lacan nos recuerda cómo Freud retoma el dicho de Empédocles según el cual  “Dios debe ser el más ignorante de todos los seres, porque no conoce el odio” (Lacan, 2011, p.110). Asimismo, señala cómo la de-suposición de saber propicia una buena lectura. Sea esta la de Aristóteles o la que  Jean Luc Nancy y Philippe Lacou- Labarthe (1992) hacen de la obra del propio Lacan. En esta línea, señala Lacan, se ama a quien se le supone un saber y se odia a quien se lo de-supone (Lacan, 2011, p. 83).

Esta cara del odio, contigua a su vez a la del amor, nos sitúa entonces del otro lado de la ignorancia[2]. Pasión entendida por Lacan menos como déficit que como “una manera de establecer el saber, de hacer de él un saber establecido” (Lacan, 2012, p. 15). Es en este sentido que el odio, o cierto odio, puede suscitar un efecto de verdad. De allí que,  en Los objetos de la pasión, Eric Laurent nos recuerde cómo  en el Seminario XX Lacan “muestra a la transferencia negativa como un momento de lucidez” (2002, pp. 45-46). Y es también desde este lado que la interpretación misma, como señala Miller (2000, p. 21) puede implicar una de-suposición de saber “en tanto que interpretar es decir al sujeto<<tú no sabes lo que dices>>”.

Por supuesto, el elogio del odio o de la transferencia negativa podría llevarnos muy lejos y es preciso detenerse.[3] Por doquier nos topamos con los efectos mortíferos del odio en los sujetos y en el lazo social. El odio es un personaje en busca de autor. O más de uno. Una pasión desbocada en busca de un sujeto, un partenaire, un grupo, un bando, algo en lo cual colocar imaginariamente lo insoportable y, concomitantemente, intentar destruirlo. Esta es, justamente, la entrada desde el ser. O, más precisamente, la entrada desde  el rechazo del ser. Así como Lacan habla del verdadero amor, quizá este lado podría ser considerado el verdadero odio. Se odia el goce del Otro que no es otro sino el goce del Uno[4]. Este lado del odio es, paradójicamente, el reverso del primero. Mientras un lado permite o favorece el saber, el otro le hace obstáculo y cumple más bien una  función de desconocimiento.  Está al servicio del no querer saber nada de eso, del rechazo de la alteridad.

Pero en un laberinto podemos creer que estamos en un lugar y estar en realidad en otro. La entrada del saber nos  puede conducir también a la de la destrucción del ser.  Siguiendo la elaboración de  Rosa López (2019, 2012), es necesario distinguir el deseo de saber de un sujeto sobre la letra de su goce, propio de la experiencia analítica, del deseo de saber sobre el goce del partenaire. El segundo conduce a lo peor.

Partiendo del odio, este breve recorrido por el laberinto nos ha llevado también por el goce, el amor, el deseo, la ignorancia, el saber y la verdad. Podemos ahora retomar y, quizá,  releer el neologismo lacaniano del odioamoramiento (hainamoration) poniendo de relieve sus posibilidades para condensar algunas de las caras del odio. Como una puerta giratoria que lleva a más de un destino. La traducción al español más usada  coloca al odio en primer lugar,  a la manera freudiana. Pero ya que estamos en un laberinto podemos explorar la  otra posibilidad y colocar primero al amor.  Nos autorizamos a ello menos por una exquisitez en la traducción  que por el hecho de que es Lacan quien coloca en primer lugar al amor. Es el más grande amor o el verdadero amor el que termina en odio (ver Lacan, 2011, p. 176 y Lacan, s.f a, p. 16).

Pasemos entonces del odioamoramiento al En-amor-odio-miento. Tenemos expresado allí el viraje del amor en odio así como  la función de desconocimiento de este, de mentira. Pero el neologismo nos conduce también hacia otros lugares del laberinto. Permite dar cuenta sobre cómo esa invención  que llamamos amor (que suple la no relación sexual y que no es sin odio) se haya en relación con la verdad. Y, en tanto tal, miente.  Al final no es ella, ni él, ni elle. Pero no se trata de la mentira pueril y cobarde ante el deseo, sino al hecho de que la verdad falla pues “el significante no es sino un mero semblante frente a lo real” (Monribot, 2019, p.6)[5].Como comenta Lacan en el seminario 15 (s.f. b, p. 110), a veces no hay otra forma de enunciar la verdad del deseo que por la mentira. Una otra mentira. Una que considera amores y odios. Una de aquellas que, como dice la canción de Joaquín Sabina, valen la pena.

 

Referencias

Lacan, J. (1981). El seminario de Jacques Lacan: libro 1: los escritos técnicos de Fredu. Barcelona: Paidós.

(2011). El seminario de Jacques Lacan: libro 20: aún. Buenos Aires: Paidós.

(2012). Saber, ignorancia, verdad y goce. En: Hablo a las paredes (pp. 11-46).Buenos Aires: Paidós.

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[1] En el seminario 1, Lacan articula las tres pasiones del ser con los tres registros del siguiente modo: “en la unión entre lo simbólico y lo imaginario, esa ruptura, esa arista que se llama el amor; en la unión entre lo imaginario y lo real, el odio; en la unión entre lo real y lo simbólico, la ignorancia” (1981, p. 394).

[2] “Hace un rato me vieron flotar, retroceder, vacilar en inclinarme en un sentido o en otro, hacia el amor o hacia lo que llaman el odio, cuando los invitaba de manera apremiante a tomar parte en una lectura cuyo filo está dirigido expresamente a desconsiderarme (….) Si digo que me odian es porque me de-suponen el saber” (Lacan, 2011, p. 83).

[3] Al respecto Laurent señala que: “Podríamos ir muy lejos en la idea de un gran elogio de la transferencia negativa pero no se debe ir demasiado lejos. Este es también un punto en el que no se debe ir hasta el delirio” (2002, p. 47).

[4] “La expresión goce del Otro es un oxímoron. El goce es siempre del Uno y al Otro le corresponde el deseo” (López, 2012, p. 61).

[5] Monribot (2019, p.6) retoma en su texto el Prefacio a la edición inglesa del Seminario 11 en el que Lacan trabaja el concepto de “verdad mentirosa”.